(Primera Columna publicada el 24 de noviembre de 2011)

Menuda sorpresa de César Pompeyo al pasar ayer por la Plaza Grande. Sorpresa con precedentes históricos: los tiempos aciagos de los gobernadores socialistas Felipe Carrillo Puerto y Bartolomé García Correa, entre los años veinte y principios de los treinta, cuando rectores de universidad, intelectuales, profesionales, comerciantes, burócratas y campesinos desfilaban por el parque principal vestidos todos de rojo. El rojo comunista que adoptaron las Ligas de Resistencias fundada en 1915 por Salvador Alvarado, antes de asaltar y saquear la Catedral. Resistencia a los valores sembrados, cultivados por la civilización cristiana y estropeados en nombre de los campesinos. Los pobres campesinos que quedaron peor que antes que los redimiera el Partido Socialista del Sureste, antecesor terrible del PRI.
Sorpresa de Pompeyo al ver que se desprendía del atrio de la Catedral un enjambre de trabajadores vestidos de rojo, de los tobillos al cuello, y cruzaba la calle 60 para trepar con andamios por los muros del palacio de gobierno y penetrar en la Plaza Grande, enjaulada por primera vez en la historia. La ola roja de Ivonne Ortega revive recuerdos y temores que se creían enterrados. ¿Hacia dónde vamos?
No hay memoria viviente o escrita de que alguna vez se hubiera encarcelado a la Plaza, donde ayer la piqueta destripaba el pavimento blanco. La Plaza era blanca, el símbolo de Mérida, llamada alguna vez la ciudad blanca.
Es hora de recordar a Eugenio Noel, novelista, ensayista y periodista español, compañero y vocero de la generación del 98, como se designa en la literatura a un grupo de próceres de las letras castellanas que coincidieron en la vida y algunos en la muerte: Miguel de Unamuno, Ramón de Valle Inclán, Pío Baroja, Azorín, Menéndez y Pelayo, Jacinto Benavente, Ramiro de Maetsu…
No era un cualquiera Eugenio Noel. Se asignó la tarea de sanear los entrepaños cuarteados de la sociedad y las estructuras infectadas del gobierno. Se empeñó en rescatar al idioma, asediado ayer como hoy por el maltrato plebeyo. Cuatro veces cruzó el Atlántico para conocer todos los países de Hispanoamérica. No era un cualquiera: con respeto y solidaridad era acogida su opinión de hombre de mundo. Tenía eso que se llama buen gusto y permea todas las impresiones sobre el paisaje que nos rodea y la gente que viene y va.
Eugenio Noel vino a Mérida en 1920. Tiempo después, en Buenos Aires, declaró que nuestra Plaza Grande “es la plaza más hermosa de América”. Estamos obligados a proteger y defender esa belleza que el régimen de Ivonne Ortega ha enclaustrado hasta el 6 de enero —más de un mes— con intenciones que no están claras.
Nuestra historia, nuestras tradiciones tienen su custodio y portavoz en nuestra plaza principal. Propiedad nuestra, no lugar para poner en escena las ambiciones electorales. ¡No vayan a pintar de rojo socialista, como están pintando las aceras de barrio, el suelo venerable cubierto hasta ayer por el pavimento que está siendo asaltado y destrozado por la piqueta, que no tiene sentimientos, y la maquinaria, que no conoce de reverencias. ¡Cuidado con lo que están planeando y lo que quieren hacer!
La ola roja debe tener un dique que la contenga e impida que inunde el estado y, convocándolos con el látigo de nuevas ligas de resistencia, infiltradas en los sindicatos, pretenda uniformar a los yucatecos y obligarlos a desfilar con overoles rojos como tantos lo hicieron, perdida la dignidad y drogada la conciencia, en aquellos días iconoclastas de don Felipe y el ebrio consuetudinario que fue Bartolomé.
Terminemos con otro recuerdo más cercano: de los años cincuenta. El escándalo que se armó cuando quisieron recortar las aceras de la Plaza para ensanchar la calle 62. Cuando el “Diario” dio la voz de alarma, el gobierno dio marcha atrás y repuso los metros de banqueta que había destruido. Se quedaron las aceras como eran, como fueron hasta hoy: la falda espaciosa y elegante de la plaza más hermosa de América.— Mérida, Yucatán, 24 de noviembre de 2011.

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