(Primera Columna publicada el 30 de diciembre de 2010)

La visita inesperada de Carlos Salinas de Gortari a Mérida, el martes 28, fue ayer el tema de la charla cotidiana de Vittorio Zerbbera y César Pompeyo en la sacristía de la iglesia de San Juan.

—Nos ha sorprendido en Sicilia —comentó el enviado italiano— que el signore Salinas encuentre tiempo, en medio del ajetreo finidecembrino, para ocuparlo en un viaje relámpago a Yucatán, donde no pasa nada, según proclama vuestra gobernadora. El Movimiento Mundial contra la Mafia (MMM) me ha pedido, desde la sede en Palermo, una aproximación a las presuntas causas del viaje y sus posibles objetivos.

—Don Carlos dijo al “Diario” que vino a atender “un asunto particular”, pero en fuentes políticas calificadas se entrevé que aquí hay “gato encerrado” —respondió Pompeyo.

—Los eruditos en futurismo examinan con lupa esa palabra “particular”. Puede referirse, desde luego, a una actividad privada, aunque no se le conoce al señor Salinas ninguna relación económica o social que explique su visita.

—Se hace hincapié en que el vocablo “particular” tiene otra acepción castiza. El diccionario nos informa que “particular” también significa “raro, especial, extraordinario en su línea”.

—Si tenemos en cuenta que en Yucatán, como en el resto del país, se están marcando ya las líneas electorales; si aceptamos la versión insistente de que Salinas es el caballerango mayor del establo donde Enrique Peña Nieto practica su arrancada para la candidatura del PRI a la presidencia de la república…

—Si no olvidamos, César, que madame Ortega ha sido y es, nadie lo rebate, un instrumento al servicio de las querencias de don Enrique…

—Entonces, Vittorio, debemos admitir que la inopinada presencia de Salinas entre nosotros puede quizá tener algo de raro, porque no es común que un ex presidente reciba, o se asigne él mismo, la encomienda de venir a un asunto “particular”.

—Es lo que en Sicilia se sospecha, César: que escondido hay algo de especial, porque a un viaje para asunto privado se le dio el trato teatral que se acostumbra para un jefe de estado o el líder de un consorcio que ha movido dentro de vuestro PRI una ola de esperanza y otra de temor.

—En primer lugar, Vittorio, aclaremos que el PRI no es nuestro: nunca lo ha sido, no lo es y sostengo que nunca lo será: el PRI es de ellos; pero estoy contigo en la óptica del temor. Se perciben temblores en el “trust” de Manlio, Beatriz, Emilio, Ramírez Marín y otros militantes en establos diversos donde practican los jinetes de las carreras a la presidencia y las gubernaturas.

—Hay algo de raro, bastante de especial, Vittorio, pero seguramente mucho de extraordinario en la visita dadas las volcánicas circunstancias políticas y económicas en que ocurre: precisamente en tiempos de cólera cívica y empresarial por el rumbo desquiciante por el que la señora Ortega precipita al estado. Visita extraordinaria también no por lo que dijo Salinas sino por lo que dejó de decir.

—¿Qué fue lo que no dijo, César?

—Fíjate, Vittorio, que le preguntaron a don Carlos si había venido a darle un espaldarazo a Ivonne en estos días borrascosos. Fíjate bien en que Salinas se quedó sin palabras unos momentos, que se le fue la cabeza hacia atrás, como si le hubiera tomado desprevenido, como si se le hubiera descubierto algo secreto. Fíjate, sobre todo, en que, no repuesto aún del susto, eludió de plano la respuesta a la pregunta indiscreta.

—O sea, César, que Salinas de Gortari, el poder detrás del trono, se negó en redondo a manifestar su apoyo a madame Ortega, ¿no?

—Diste en el blanco, Vittorio. Esa es la interpretación particular, especial, extraordinaria, del viaje raro de don Carlos.

—¿Y cuál sería ese asunto secreto que no quiso revelar?

—Es difícil que sea un asunto favorable a Ivonne. Insinúale a Sicilia y al MMM que Salinas le trajo a la gobernadora un recado que se transmite en voz baja, en un tete a tete. Más que un recado, es probable que sea un aviso. Un aviso con tono de advertencia. O, Vittorio, un anuncio. El anuncio de una orden superior que no se tardará en trascender si se atan todos los cabos que hemos desatado en esta charla.— Mérida, 29 de diciembre de 2010.

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