(Primera Columna publicada el 19 de mayo de 2010)

En la sacristía del parque de San Juan, cuna de la libertad y la democracia en Yucatán, el embajador de la antimafia mundial, Vittorio Zerbbera (con zeta y doble be), César Pompeyo y el reportero se enfrascaron en un debate sobre las elecciones del domingo.

—Mis condolencias, César, ha perdido usted, ¿no? —fueron las palabras iniciales del profesional italiano.

—No, yo no he perdido —respondió Pompeyo—. No formulé pronósticos sobre la votación: a solicitud tuya, Vittorio, me concreté a examinar al principal de los contendientes en los comicios, a la fuerza más importante: el gobierno del estado.

—Pero usted, César, describió al gobierno de Yucatán como un mal mayor. En materia de administración de fondos públicos, inversión en destinos productivos, transparencia en la rendición de cuentas, impartición de justicia, respuesta oportuna y suficiente a las denuncias y apego a la verdad en la información y las declaraciones, usted, amigo Pompeyo, descalificó al gobierno de madame Ortega y consideró usted que el triunfo de su partido, el PRI, sobre todo en Mérida, representaría un retroceso y un peligro muy serios para la estabilidad y la prosperidad económica, política y social. ¿O no?

—Es cierto. Lo felicito, Vittorio, por este resumen cabal de mis advertencias durante la campaña. Advertencias que reitero. Todo es cierto. Por eso te repito que yo no he perdido. Perdió Yucatán. Sí: en el presunto triunfo del PRI el derrotado es Yucatán. Los pecados dignos de censura del gobierno de Ivonne Ortega se han vuelto virtudes dignas de imitación, garantizadas por el incentivo y la impunidad que le otorgan los resultados electorales.

—Son puntos de vista de usted, César. En contra vuestra está la realidad, representada por los números.

—¡Ah, los números! —replicó Pompeyo—. Desde una óptica cuantitativa, o sea cuántos fueron los sufragios, la votación, como la cuentan hasta ahora, no deja lugar a ninguna duda sobre las victorias del PRI. Pero todas las dudas alcanzan en el valor cualitativo de los votos.

—En cuestión de civismo, la calidad de la votación ha sido de una pobreza impresionante. Una votación depauperada por el refinamiento y la organización eficiente de los procedimientos contra la democracia en la campaña. Por su cumplimiento puntual durante las comicios. Sí, es impresionante hasta qué grado de éxito se ha conseguido investigar, localizar y explotar la falta de criterio y el exceso de pobreza, entre otras debilidades del pueblo, hijas de la ignorancia y el hambre.

—Un árbitro imparcial habría defendido la calidad del voto, no sólo el número. No lo tuvimos, Vittorio. En el Instituto de Procedimientos Electorales y Participación Ciudadana tuvimos una caricatura de árbitro, una dependencia visible del gobierno del estado y su partido. Esto que en fútbol se podría llamar “el árbitro vendido”, o “tijera” en boxeo, debe estar a la cabeza del catálogo de desgracias políticas que debemos prevenir y eliminar antes de las próximas elecciones. Porque eso fueron la campaña y los comicios: un catálogo de infracciones. Tú, reportero, publicaste las denuncias y las quejas, las pruebas y las estadísticas que las apoyan.

—Sí, los números. Números que confirman que, quizá por encima de Ivonne Ortega y su partido, la mayor fuerza electoral del 16 de mayo no concurrió a las urnas. El 25 por ciento de los electores meridanos, unos 145,000, votó por el PRI. El 23 por ciento, unos 133,000, por el PAN. El 45 por ciento, 275,000, no fue a votar. En esta abstención dominante recae la mayor responsabilidad de que Yucatán caiga bajo el dominio longevo de una mafia. Tú también perdiste Vittorio: tú también.— Mérida, 18 de mayo de 2010.

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