Cassius Clay, el hombre que hizo grande al boxeo
“¡Ali, Ali, Ali!”
Fue un grito que comenzó como un canto a principios de los años sesenta y aumentó en volumen durante las siguientes dos décadas, recordando y reconociéndolo en todo el mundo, desde Londres a Nueva York, de Manila a Zaire, con el acompañamiento de unos guantes de boxeo.
Muhammad Ali ganó el campeonato mundial de peso pesado tres veces, algo sin precedente. Luchó contra monstruos y agresores, en el ring y más allá del deporte. Sin embargo, su mayor victoria se anotó fuera del cuadrilátero. Le pegó duro al orgullo del Tío Sam. Revertió la opinión pública. Derribado, pero no eliminado, luchó para convertirse en uno de los atletas y personajes más populares y celebrados de todos los tiempos. Al negarse a enfilarse para el servicio militar cuando fue reclutado en 1967, durante la Guerra de Vietnam, fue despojado de su título, acusado por el gobierno y, aunque nunca fue encarcelado, se vio obligado a exiliarse profesionalmente durante tres años.
Se convirtió, sí, en un símbolo de resistencia para los negros y las personas oprimidas del mundo, pero gran parte del público estadounidense lo abofeteó con la etiqueta “holgazán”, uno de los términos más reprensivos y despectivos del orgullo patriótico de su país.
Después de tres años, fue reivindicado por la Corte Suprema. Regresó para reclamar sus coronas drásticamente, perderlas, recuperarlas una segunda vez y luego una tercera. Después de ganar la corona de peso pesado, el hijo de un pintor de letreros de Kentucky adoptó la religión musulmana y cambió su nombre de Cassius Marcellus Clay, como lo bautizaron, a Muhammad Ali. Otra línea para la leyenda.
Orador bajo el rin
Fue incómodo para el público verle en primera fila en eventos en que era orador. “Soy 90 por ciento predicador y 10 por ciento peleador”, sostuvo en Houston cuando rechazó el borrador militar con el argumento de que era ejemplo de conciencia y no uno más que se iba a una guerra innecesaria.
La intención y la guerra se desvanecieron; la popularidad de Ali se disparó. Y en el ring, era un excelente peleador, una elegante máquina de tirar y alejarse, con manos rápidas, pies danzantes y una explosión de golpes que llevaba el aguijón de un sable.
Pero más que eso, él era una personalidad: duro y descarado a veces, casi hasta el punto de la arrogancia, pero rara vez era ofensivo si de ir a los puños fuera del ring se trataba. “La boca que rugió”, le decían.
Intrigó y fue amado por las masas, acudía con potentados y reyes, que cortejaron sus favores y su atención. Era una personalidad reconocida en el mundo y siempre estaba en el escenario. Lo suyo era jactancia, reprensión, filosofar, escupir, como si fuera poeta de jardín de niños que quiere decir solo lo que quiere.
Y le dio al mundo algunas de sus mayores batallas en el ring: dos nocauts ante el temible Sonny Liston, sus tácticas de “rope a dope” contra George Foeeman en Zaire y tres grandes peleas con Joe Frazier.
“Todos deben caer en el momento que yo quiero. Le dije al veterano Archie Moore: ‘Cuando vengas a la pelea, no cierres la puerta. Te irás a casa después del cuarto raund’”, narra el libro “100 Sports” de AP, que le encasilla entre los más grandes personajes del siglo pasado.
De hecho, físicamente era un espécimen tremendo —1.95 de estatura y 95.2 kilos de músculo— con hombros y brazos de herrero, pero piernas ágiles que se movían como una luz fugaz.
“Flota como una mariposa, pica como una abeja”, se convirtió en su frase más famosa, usándola mientras bailaba sobre el cuadrilátero, desafiando a sus enemigos a que le lanzaran un golpe y él se moviera con uno de izquierda y un recio ataque al cuerpo a dos manos. La cita textual aparece en prácticamente todas las historias que consultamos en la red para esta reseña.
Hijo de un pintor de letreros, el niño conocido como Cassius abandonó la escuela temprano, frecuentaba la zona de parques y boxeaba en un gimnasio local. Acumuló 108 victorias como amateur y se abrió camino en el equipo olímpico de Estados Unidos a los 18 años, ganando la medalla de oro de peso semicompleto en Roma en 1960.
El joven de Louisville ganó 19 peleas antes de que lo consideraran listo para una oportunidad por la corona de peso completo, sostenida entonces por las garras de un oso impresionante: Sonny Liston, quien había noqueado dos veces a Floyd Patterson.
La pelea estaba programada para Miami, el 25 de febrero de 1964. Todos consideraban que Cassius era un cordero llevado al sacrificio. Cuando el retador hizo un berrinche salvaje en el pesaje, los médicos le atribuyeron miedo y consideraron frenar la pelea. Pero todo continuó. A la hora, un retador calmado y metódico bailó, aplastó y dejó hecho un fantoche al temible monarca, que no pudo salir para la séptima ronda. Fue después de esta pelea que Cassius anunció su conversión a la fe musulmana y su nuevo nombre: Muhammad Ali.
Primera prueba
En su primera defensa en mayo del año siguiente, Ali noqueó a Liston con un histórico “golpe fantasma” en la primera ronda en Lewiston, Maine. Luego siguió una serie de victorias, el conflicto del ejército, la expulsión de tres años del boxeo y finalmente la reivindicación.
El 26 de octubre de 1970 reapareció en un combate ante Jerry Quarry que solo duró tres asaltos, en un gimnasio de 5 mil asientos en Atlanta. Pero 300 millones de personas, en vivo y en televisión, fueron testigos de la “Batalla del siglo” en el Madison Square Garden de Nueva York contra Joe Frazier, el campeón reinante, el 8 de marzo de 1971. Fue una lucha brutal, el pegador contra el boxeador científico, ganada por el golpeo de Frazier, en una batalla que dejó a ambos gladiadores tan maltratados que necesitaron atención médica. Fue la primera derrota de Ali después de 31 victorias consecutivas.
Más tarde, Ali ganó una decisión cerrada sobre Frazier en una pelea sin título en juego, y recuperó su cinturón venciendo al gran Foreman en la famosa batalla de Kinshasa, Zaire, en octubre de 1974. Mantuvo la corona tres años, ganando un pleito de “escombros” (sobras de material) sobre el viejo Frazier en el sangriento y brutal llamado “Thrilla in Manila” (Suspenso en Manila es una de sus traducciones), antes de perder con el aun desconocido Leon Spinks en 1978.
Ali derrotó a Spinks más tarde para convertirse en el único hombre en ganar el cetro de peso completo tres veces, pero la edad y el castigo en el ring habían cobrado su precio.
El adiós
Anunció su retiro en 1981 después de perder ante Larry Holmes y Trevor Berbick. “Todavía soy el mejor”, gritó con voz cansada, casi inaudible. El mundo ya no le creyó como en sus mejores años.
La dura vida en el cuadrilátero dejó a Ali padeciendo Parkinson. A sus últimos años le acompañó el mal con el cuerpo temblando. Una imagen célebre, como toda su vida, impactó al mundo quizá por última vez: en la inauguración de los Juegos Olímpicos de Atlanta en 1996 fue portador de la antorcha. La cara ahora de un inocente enfermo que llevaba la flama olímpica contrastaba con el fanfarrón y gritón que revolucionó al mundo cuatro décadas atrás.
El mundo entero lloró el 3 de junio de 2016, no solo por la muerte de un boxeador grande. El que falleció ese día en Scottsdale, Arizona, Cassius Marcellus Clay o Muhammad Ali, fue y es uno de los personajes más grandes de la historia.— Recopilación de Gaspar Silveira Malaver
