Amigos aficionados…

Nunca olvidaré la deliciosa greca servida en la vajilla antigua de la casa de don Juan Castillo González y doña Carmita Pereyra Lizarraga, en el corazón de Maxcanú, luego de un día extraordinario en Sinkeuel entre corrales, pastizales y ganado bravo.

Fue lo primero que me vino a la mente al leer, anteayer, el lamentable deceso de José Luis Castillo Pereyra, “Pepe” para los que le conocimos. Inolvidable la delicadeza de trato a sus padres y la gentileza de atenciones a sus visitantes en las ricas viandas a Alejandro Flores y Fernando Acosta, que prepararon un reportaje por la cercanía de los cien años de la famosa casa ganadera en 1996. Yo era como el “colado” en aquella travesía por las marismas de San Simón.

Poco traté a Pepe, pero algo me caló hondo esa tarde que acudimos a la dehesa: los papás merecen respeto siempre. Son, deben ser, lo primero. En la tarde de los cien años, elegantes, de sombrero y porte ganadero.

Fausto Guadalupe, hijo menor del veterano ganadero que es un apreciado sacerdote católico, alistaba ayer su viaje a Cancún para los servicios fúnebres del hermano y comentábamos de una foto bien recordada: Pepe y don Juan dando la vuelta al ruedo, “creo que con un torero de apellido Huerta, ustedes la publicaron en el Diario. Está en el despacho de mi papá. Allá está como recuerdo grande”.

Así deben verse esos momentos que las fotografías nos regalan. Pepe, don Juan y Alberto Huerta, que ese era el nombre del novillero, daban la vuelta al ruedo tras una tarde en que los pupilos maxcanuenses regalaron interesante juego en el ruedo de la Mérida para celebrar el centenario de ese hierro. La encontramos de la edición física del 16 de diciembre de 1996, en color. Igual que otra en que posan padre e hijo frente a la placa develizada por la efeméride que se conmemoraba ese día. Obra de la lente de Ramón Celis.

Al César lo del César. Y que las voluntades se cumplan.

De voluntades, hemos hablado en los cotilleos taurinos desde el sábado último por lo que vimos de Antonio Ferrera en un día de fiesta, como era el aniversario 93 de la Plaza Mérida. La suya, quiérase aceptarse o no, fue no querer ver al quinto de la tarde. La voluntad de Joselito Adame, fue dejar ver su declaración de principios: “Me emociona que la gente me trate así”, confesó José Guadalupe, camino al patio de cuadrillas, a empujones de aficionados que querían un recuerdo del torero que, con el sexto, puso a vibrar a todos en la veterana plaza de la Avenida Reforma.

Fue una noche de interés grande. El interés, claro, lo dará siempre el toro. Y el lote de Xajay, aunque dio un juego para el olvido en los cinco primeros, mantuvo la expectativa, de forma especial, en espera de que pueda surgir una pincelada o un arrebato de valor que hiciera valer la pena el boleto.

Y fue, también, una noche de recuerdos, de ver a grandes amigos, de que aficionados de todas las líneas pudieran verse en los tendidos. Los que siempre van, los que a veces acuden, pero no se pierden una corrida “interesante”, los de relumbrón, los reventadores… usted sabe, en esto del toro hay muchas formas de mostrar afición. Ver la Mérida como estaba es algo grande.

Y, la moda impera, fotos y fotos para el recuerdo. El celular lo puede todo y nos permite almacenar una tras otra. Distinto a 1996, en que, sin cámara, no eras nada, y sin fotos impresas, no había recuerdos.

Por ello encontrar en el Diario las imágenes que el padre Fausto me señaló de su padre y su hermano, valen oro, aunque sea un pedazo de papel. El recuerdo de la Fiesta tendrá matices eternos, como uno que nos dejaron ayer los Recortadores Españoles, que, andando en el centro de Mérida tras actuar en el festejo del sábado, se apersonaron a esta casa editorial ayer en la mañana, antes de volver a su patria. Por agendas, estábamos fuera, pero nos enviaron una imagen frente al anuncio de letras doradas que identifica a esta casa editorial. “Queríamos estar en el Diario y estuvimos”, contó Sergio Recuero, que días antes hablaba de una visita años atrás en su tarde de debut.

Recuerdos grandes. Por los que estamos en esta que llamamos vida terrenal, y por los que se han adelantado en el viaje, como Rafael Báez (apoderado de Eloy Cavazos) y Joaquín Bernardó, el torero catálán más famoso, y otros más, acaecidos en el mundo taurino.

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