Y sí, la tercera fue la vencida para lograr la quinta estrella. Los Leones de Yucatán son campeones de la Liga Mexicana de Béisbol.

El equipo que, a ratos, fue el hazmerreír porque, siendo favoritos, comenzaron a desmoronarse; el equipo que, cambiando y cambiando peloteros y hasta mánager, se reinventó como el Ave Fénix; el que aguantó hasta balazos en carretera, y el que borró una desventaja histórica de ocho carreras en el meritito infierno. Y también el que puso fin a una malaria de dos derrotas dolorosas en la Serie del Rey.
Henderson Álvarez lanzó un partido épico después de recibir violento pelotazo, cubriendo la distancia en una época en la que con cinco entradas otros cobran millones, y José “Cafecito” Martínez vivió una noche para recordar siempre con cinco carreras impulsadas, para llevar a los Leones a vencer 6-1 a los Sultanes de Monterrey, ante los que borraron una desventaja de 3-2 y ganaron, contra todo pronóstico, los dos encuentros finales en el Estadio Monterrey.
Leones de Yucatán, contra la historia
Yucatán había perdido las dos finales pasadas, ante Monclova en 2019 y Tijuana en 2021, esta última con una debacle monumental de cuatro derrotas seguidas. Pero el equipo que dirige Roberto Vizcarra, que es también el mánager mexicano más ganador de la historia en la Liga Mexicana, sumó esta estrella tan añorada a las ganadas por aquellos Leones fundadores de la manada de 1957, luego los de 1984 y más recientemente los de 2006 y 2018.
Nadie daba un peso por estos Leones cuando viajaron a la Sultana del Norte con desventaja de 3-2. Pero ellos no se rajaron, ni sus fieles aficionados, el grupo reducido que los acompañó en este viaje y que escuchó abucheos cada que hacían sonar sus tambores y matracas. Y miles que los siguieron en Yucatán, en sus casas, en restaurantes, plazas públicas y, desde luego, en el Parque Kukulcán.
Henderson, con justicia el “Jugador Más Valioso” de la Serie del Rey, lanzó de forma impresionante. Los Leones le dieron ventaja en el primer acto con una combinación que los Sultanes van a soñar: todas las veces que Norberto Obeso se embasó, anotó, impulsado por “Cafecito” Martínez, y la primera fue en la primera.
En el cierre, fuerte línea de Peña golpeó la mano de Álvarez y se pensó que no seguiría. Pero nadie la quitaría la pelota al de Valencia. Ni nadie sospecharía que, con el dolor mostrado y lo que tardó en recuperarse, caminaría con una joya de cinco hits hasta la novena entrada. Solo en esa primera entrada hubo gente calentando. En el resto, la sapiencia de este serpentinero se mostró en todo momento. Dos o tres veces metió sus cambios de 57 millas, basura le llaman muchos.
Lo que llevó a los Leones a esta coronación para la historia fue el trabajo de todos. La víspera, Cristian Adames fue el puntal ofensivo, y la unión de labores de los relevistas acuñaron un triunfo de oro para forzar el Juego 7.
Los Sultanes, a rendición
El lunes, Henderson, con Obeso y “Cafecito”, quien en la quinta mandó a las regaderas a Yohander Méndez, la joya del pitcheo del equipo de un Roberto Kelly que, orgulloso, vio cómo el equipo que parecía favorito para ganar, terminó rindiéndose ante el equipo más ganador de los últimos diez años.
En la sexta, un gran lance de Adames en las paradas cortas evitó que la pelota se fuera al central y entrara una carrera, que hubiera mantenido viva la entrada y acercaba a los regios. Salvadora la acción de Adames porque luego vendría algo impensable para los aficionados de cassa. Y nuevamente fue “Coffe Time” en la séptima. Kelly mandó a Wander Suero, uno de sus ases del relevo, para tratar de nivelar las acciones.
Y los Leones aprovecharon que el derecho no llegó controlado para gorrear dos bases, una por Obeso y otra por Charles, en conteos muy cerrados, y “Cafecito” estremeció el gigantesco escenario con descomunal palo que se perdió entre los aficionados de las butacas del central.
El Palacio Sultán, entonces, sólo dejó oír a la Porra Melenuda que explotó. Lo demás fue un “buuu” de respuesta decepcionante cuando José Martínez, a paso lento, recorría los senderos. A como pudo, Lalito Cruz, el diminuto batboy de los Leones, saltó para chocar los cinco con el altísimo cañonero venezolano, en un momento de clímax para las fieras. No podían creerlo los más de 22 mil espectadores.
Muchos abandonaron el estadio después de que, en la novena, Wálter Ibarra sacudió a Neftalí Feliz poniendo la pelota sobre el bullpen de los regios. Era el acabose.
Solo se quedaron unos cuantos que, tragándose el orgullo, vieron a los Leones, el equipo insignia del deporte profesional yucateco, recibir, entre lágrimas incluso, el trofeo de campeones. La bendita quinta estrella.
