Historias que se viven, historias que se cuentan. Y el Diario, siempre allí.
Ahora que Memo Ochoa detuvo el penalti a Robert Lewandowski para salvar la valla de México en el estreno en Qatar sale al recuerdo que antes, solamente una vez un portero mexicano había detenido una pena máxima. Fue Óscar Bonfiglio, quien además de ser arquero formó parte del cuerpo militar mexicano. Todo un caso.
Bonfiglio fue luego entrenador de la selección de fútbol de Yucatán, que es la parte central de esta trama: su relación con el estado. Nativo de Sonora, donde el béisbol era el deporte predilecto, practicó antes esa disciplina, pero llegó a lo que hoy es Ciudad de México y se decantó por el fútbol.
Óscar llegó a ser parte de la histórica primera selección mexicana mundialista, la que fue a la Copa de Uruguay en 1930, como se detalla en una extensa charla publicada en el Diario, en el espacio llamado “Mundo Deportivo”, y que fue escrita por don Flavio Zavala Millet, una de las plumas más reconocidas en la historia de México. “Especial para el Diario de Yucatán”, dice en uno de los subtítulos de la edición del 15 de abril de 1937, como se puede ver en la imagen tomada del Archivo de este periódico en Megateca y que también aparece en el libro “Sobre lajas y henequenales rodó el balón en Yucatán”, presentado recientemente.
La plática, dice la entrevista especial, fue gestada en el Café Tupinampa, en las calles de Bolívar. Amplios son los detalles que se muestran, claro, como punto central la participación mundialista en Uruguay-30. Y destaca el penal que detuvo ante Argentina.
Lo cuenta el periodista en palabras de Bonfiglio. Era, dice el Diario, “único lance de esa especie que se efectuó en dicho certamen mundial” en tierras charrúas.
O sea, el primer penal parado en una Copa fue de un mexicano, en 1930, y el último, hasta ahora, también por un tricolor, en 2022.
La explicación del portero Bonfiglio es la siguiente:
“Estábamos jugando ante una concurrencia apenas inferior a los cien mil personas, cuando marcaron el penalti contra México. Sentí un escalofrío y me resigné. Los delanteros —cinco shutadores (tiradores)— se negaron a tirarlo y entonces el entrenador designó a Paternoster, en quien yo veía un verdugo. Consideré rápidamente que si los cinco delanteros, todos figuras de renombre y gran clase, se negaban a tirarlo, Paternoster debía ser un fenómeno en ese aspecto. El juego iba 2×1 y México resistía frente a los argentinos mucho más de lo que se esperaba. Llegó la hora, yo pude escuchar en aquel entonces un pavoroso y trágico silencio. Paternoster se preparó, rápidamente me fijé en que el argentino me lanzaría el penalti con el pie derecho y comprendí que lo tiraría a mi izquierda. Apenas hubo tocado el balón me lancé hacia ese lado y logré detener el tiro. No sé cómo pudo ser, pero allí estaba yo con el balón en la línea de gol, y cerca de cien mil almas me aplaudían…”
Una historia que enchina la piel, como cuando ahora vimos a Ochoa pararse en la línea frente a Lewandowski. Noventa y dos después, Ochoa seguramente habrá sentido el mismo nervio que su predecesor en estas historias de detener pénaltis. A Bonfiglio le vieron miles de personas, solamente en vivo; a Ochoa, millones, en vivo, en tele, en redes sociales. Son nuevos tiempos. El Diario contó las dos historias. Y la vida sigue.
