Cada héroe tiene siempre un momento especial.

El de Miguel Canto Solís, el mejor peso mosca de todos los tiempos, fue en un día como hoy, en 1975.

La pelea que sirvió para que Miguel realizara la tercera defensa de su histórico reinado fue ante Ignacio Espinal. El Diario, con una crónica igual de magistral que el combate, la firmó Juan Brea y la tituló con “Miguel Canto da una cátedra de boxeo”. Uno de los subtítulos reza: “Amo y señor del cuadrilátero, el yucateco anula a Espinal en un alarde de gran rapidez”. Grande, sin duda.

El mayor compendio sobre la vida de Miguel Canto, dentro y fuera de los cuadriláteros, lo preparó con ahínco el doctor Gonzalo Cárdenas Ríos, seguidor del “Maestro” desde que era un párvulo en las lides del boxeo hasta la consagración como el más grande de su división. Analiza cada una de las defensas que realizó Canto, con sentido crítico.

De la tercera defensa, da cuenta de varios apuntes. Hoy, recordando la efeméride, a 47 años de distancia, merece la pena señalar, de forma especial, los previos, y el post al combate. Canto y Espinal habían chocado dos veces en fechas recientes, con decisiones cerradas que favorecieron al yucateco, por tanto, era esperada la tercera confrontación.

Canto, cuenta en “Nacido para boxear” el retirado galeno, nonagenario vecino de la colonia Itzimná, ganó por esa pelea la cantidad de 160,000 dólares. Hoy Miguel vive humildemente en la única propiedad que le quedó tras ser literalmente estafado por el socio que, en teoría, estaba encargado de cuidar y velar por sus intereses y recursos, como se cuenta también en el libro. Aquejado por problemas cerebrales, como el Alzheimer, Canto Solís está bien de salud, si puede llamársele así. Habla bien, pero conoce prácticamente a nadie. Una visita reciente a su domicilio, junto con uno de sus admiradores más fieles, José Valentín Canto Presuel, nos permitió verle, saludarle, sonreír incluso dentro de las limitaciones por el padecimiento.

La tercera defensa

El relato inicial de ese pleito es el siguiente:

“Todo el mundo boxístico esperaba la ansiada revancha entre Miguel Canto e Ignacio Espinal. Este peleador dominicano, por las dos demostraciones previas que había hecho frente a Miguel, había demostrado que era el retador más peligroso que Canto podía tener en la actualidad.

Los periódicos de la metrópoli alababan tanto a Espinal que parecía que él era el campeón. Y en efecto, lo consideraban el campeón sin corona y así le llamaban.

Miguel Canto aceptó la pelea con Espinal y explicó el motivo: “Para demostrar que soy un auténtico campeón tengo que pelear con los mejores”.

El Consejo Mundial de Boxeo, cuyo presidente era el Profr. Ramón G. Velázquez, quería forzar a Canto para que fuera a Japón a defender el campeonato contra Oguma, como retador opcional, pasando por alto los derechos de Espinal.

Los periódicos del Distrito Federal comenzaron entonces a protestar y a criticar al Consejo Mundial de Boxeo. Fue tanta la presión, que el Consejo desistió de sus intenciones y la reconoció a Espinal sus derechos como retador oficial.

Mientras se hacían todos los trámites en torno a la pelea con Espinal, Miguel seguía con su rutina de siempre, entrenando y planeando la táctica que debería emplear al pelear contra el dominicano, pues éste era un peleador alto, bastante hábil con una potente pegada.

Se programó la pelea para que se realizase el 13 de diciembre de 1975 en el Parque de béisbol “Jardín Carta Clara”. En algunos periódicos los reporteros indicaban que no había favorito para la pelea, pues la veían muy pareja.

A las 11 de la mañana del 13 de diciembre se realizó el pesaje oficial de ambos contendientes, que dieron en la báscula el mismo peso: 50.500 kgs. En la noche, en el camerino, antes de subir al cuadrilátero, “Cholaín” Rivero, el maestro de Miguel, le recordaba a éste la táctica que deberían emplear durante la pelea. Jesús Rivero estaba seguro del triunfo de su alumno estrella.

Subieron al ring y Espinal estaba muy elegante con una bata negra que le cubría hasta los tobillos. Se le observaba muy alto y Canto le dijo a su maestro: “Don Jesús, yo creo que Espinal se ha estirado mucho en estas últimas horas”. “Cholaín” sonriendo le dijo a Miguel: “Recuerda que mientras más grandes son, más duro caen”.

Sonó la campana y Espinal salió muy seguro de su triunfo. Canto tiró dos jabs seguidos que se estrellaron en la cara del dominicano, quien respondió con tres golpes que falló al realizar Miguel un movimiento con la cintura. Sorpresivamente Miguel se para y tira combinaciones de golpes arriba y abajo, Espinal se desespera fallando de nuevo varios disparos.

En el tercer capítulo Espinal sale muy decidido, pero desesperado, por alcanzar con sus golpes al campeón. Inopinadamente Miguel se para y finta abajo a Espinal, quien se agacha y entonces el campeón, como relámpago, estrella un terrible oper en plena nariz de su adversario, que comienza a sangrar abundantemente por las fosas nasales.

La epistaxis es tan importante, que le impide a Espinal respirar adecuadamente. Miguel lo mantenía a distancia a base de fintas, tirando jabs y rectos de derecha que llegaban fácilmente a la humanidad de Espinal, que no entendía qué era lo que sucedía. Los golpes de Espinal se perdían en el aire, merced al elegante y preciso bending del monarca.

Canto, más que pelear, jugaba. Más que jugar, sustentaba una cátedra de cómo se debe golpear sin ser golpeado. Sustentando cátedra de boxeo, en una noche inspirada, el monarca fue anulando totalmente al recio y espigado retador, quien a pesar de su superior alcance y punch, poco pudo conectar al campeón, quien en la mejor demostración de su carrera boxística, ganó por decisión unánime e inobjetable.

De esta manera, Miguel Canto superó en forma rotunda a su enconado rival, considerado el peso mosca más temible de la actualidad. Las boletas del réferi y los dos jueces reflejaron la realidad de lo acontecido en el cuadrilátero. El árbitro Jay Edson votó 149-143 a favor de Canto. El juez yucateco doctor Gonzalo Cárdenas Ríos, igualmente, 149-143 a favor del campeón.

El juez dominicano Luis Horacio Lugo Castillo votó 149-142 siempre a favor de Miguel. La boleta del comisionado en turno Mario Martínez Campos señaló 149-143 a favor de Miguel Canto, quien cobró esa noche 160,000 dólares por impartir una magistral cátedra de boxeo.

La noche del 13 de diciembre de 1975 Miguel Canto puso en juego inteligencia, técnica y táctica arrolladora a Ignacio Espinal. Esa noche Canto ofreciendo un recital de boxeo, hizo de éste un arte. Al día siguiente, en el aeropuerto, Ignacio Espinal declaró a los reporteros que allí se encontraban: “Solo otro Miguel Canto puede derrotar a Miguel”. De este modo, Espinal reconoció la superioridad del rival.

Triste final

La historia deportiva de Miguel Canto no tuvo el final esperado. Tras retirarse del boxeo con 14 exitosas defensas y aparentemente todo para vivir, la vida del “Maestro” dio un vuelco: sin dinero, por ser defraudado por su socio, tuvo que volver a pelear, tras haber colgado los guantes años atrás. Dice el libro del doctor Cárdenas Ríos que, en 1980, peleó dos veces “con boxeadores que en su época de gloria no se hubieran servido ni de sparrings”. Sin embargo, los enfrentó su su percepción económica era mínima.

En 1981 combatió en cinco ocasiones. En una de ellas teniendo hipertermia, que le hizo perder sus últimos dos combates. Apostilla el texto: “Estaba recibiendo en esos dos últimos años más golpes que los que había recibido en toda su carrera”.

El 24 de julio de 1982 perdió con Rodolfo “Colorina” Ortega y la Comisión de Boxeo le retiró el permiso y la licencia para continuar peleando. Tenía el “Maestro” 34 años de edad.

Saludo afectuoso

Le saludamos por última vez en octubre pasado, en su casa de Jardines Miraflores. Nos atendieron su esposa, señora Irma Hernández, el gran excampeón, recordando lo que pudo recordarse con él de una vida llena de éxitos deportivos. Uno de sus distintivos era un par de guantes que colgaban al cuello, identificados con su nombre, pero que fueron tristemente extraviados durante una pelea de exhibición en Quintana Roo, en los vestidores.— Recopilación de Gaspar Silveira Malaver

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