Dice Óscar Rivera Ruiz: “¿Qué si imaginaba que iba a lanzar un juego perfecto? Nunca… Ese día solo quería ganar porque era un partido decisivo”.
Y así deben pensar, como comenta “Mr. Perfecto”, todos los lanzadores que han inscrito su nombre en la leyenda del béisbol.
Domingo Germán, dominicano de los Yanquis de Nueva York, acaba de hacerlo. Se convirtió el miércoles pasado en autor de la gema sin mácula número 24 en la historia de las Grandes Ligas. Es, dicen los que saben, la más difícil de todas las hazañas del juego diario. Se puede acabar el sueño desde la primera pitcheada, y romperse la racha de outs en cualquier momento. Pero mantener la perfección, como hizo Germán ante los Atléticos de Oakland en el Estadio del Condado de Alameda, es algo que ocurrirá una vez en miles de intentos. O, más certeros: ha ocurrido solo 24 veces en más de cien mil partidos disputados en las Ligas Mayores.
“¿Te imaginas si se iba el rodado que atrapó Rizzo en primera? O, no sé, a cómo salió el rodado fuerte para el último out, una línea que botó antes de la tercera base… Es que es una locura pensar eso”, dice Rivera al Diario, hablando de esa gema, también de la suya, lograda en la postemporada de 2005, cuando lo hizo en el Parque Kukulcán ante los Guerreros de Oaxaca.
Rivera Ruiz, entonces un jovencito en un equipo que haría historia, labró la única joya de ese tipo en la historia de los juegos de playoffs en la Liga Mexicana.
“Tienen que pasar muchas cosas. Circunstancias que, te lo juro, yo al tercer, cuarto día, todavía no dimensionaba. A veces, ahora, despierto pensando: ¿En realidad tiré un juego perfecto? No sé, es de locos”.
Locos, o personas (antes que peloteros) tocadas por la varita mágica. Dicen, por ejemplo, que David Wells logró esa gema con los Yanquis en un juego de medio día que le llegó después de una borrachera “marca Wells”. Conocido por su irreverencia, “Boomer” no rechazó subir a la loma a pesar de la cruda fenomenal que dijo sentir al momento de ir al cerrito en Yankee Stadium. El resto de la historia, ya se sabe.
Por ejemplo, Don Larsen lanzó el único juego perfecto en Serie Mundial, en 1956 ante los Dodgers de Brooklyn, pero su carrera transcurrió sin tanto brillo. Claro, lo recuerdan ni más ni menos que por esa hazaña. En 1998, Larsen estaba en el Yankee Stadium cuando David Cone logró su joya ante los Expos de Montreal.
Y vea, circunstancias: Dallas Braden lanzó un perfecto para Oakland en 2010. Y el miércoles de la gran noche de Germán, Braden estuvo en el palco como cronista de televisión. Dallas fue otro “perfecto” que ve un perfecto.
Óscar Rivera asocia muchas cosas. “Oye… recuerdas que ese día bateó jonrón el ‘Rayo’ Arredondo. O sea, ¿te imaginas? El ‘Rayo’ casi nunca batea cuadrangulares. Estaba raro ese partido”.
Lo que Óscar confiesa es que ese día despertó pensando en que necesitaba que los Leones ganen para ir a la otra serie. “Me la pasé piensa y piensa todo el día en que co… teníamos que ganar”.
¿Te diste cuenta que lanzabas juego perfecto?
“Creo que por allí de la cuarta vi que había retirado a todos en fila, pero pues comenzaba el juego. Lo único que le pedía a Diosito es que me dejara ganar. Si me lo rompían, pues no importaba, lo que quería era que ganáramos ese partido”.
Óscar sabía que “tenía que estar perrón en ese juego” porque era de vida o muerte. En el caso de Germán, el dominicano lo que rogaba era salir de un bache enorme, que incluso tenía a la crítica encima por dudar de su capacidad. Y las cifras apabullan cualquier pensamiento: Aunque nadie puede anticipar un juego perfecto, el de Germán fue particularmente improbable. En su última salida ante los Marineros, el 22 de junio, el dominicano permitió 10 carreras con ocho hits. Esa apertura tiene ahora un lugar en la historia, porque de los 24 juegos perfectos que se han lanzado en la historia de las Ligas Americana y Nacional, Germán es el primero en conseguirlo luego de permitir al menos 10 carreras en su salida anterior, según Elías Sports Bureau.
Factor fundamental para lograrlo es que todos jueguen. Óscar recuerda que “Willie Romero hizo una gran atrapada en el center field, que salvó el perfecto. También Alan Arredondo hizo dos o tres buenas jugadas en tercera base, Luis Borges tuvo una bien chin… en short stop. O sea, todos tienen que jugar. Héctor Castañeda (el receptor) me dijo: ‘Tú deja que te guíe, no pierdas la calma. Y no le rebatía sus señas, siempre decía que sí a todo’. Te lo digo neta: el beis es un deporte de equipo”.
Óscar, parte del equipo de scouteo de los Leones, estaba detrás del plato llevando las estadísticas del partido ante los Mariachis. “Lo estábamos siguiendo en el teléfono. No tienes idea qué emocionante es seguirlo así, ver que alguien alcance esa hazaña. Pasaron tomas, comenzando la novena entrada, con las caras de todos los fildeadores de los Yanquis. Caras de nervios, nadie quiere regarla, a lo mejor, nadie quiere que vaya la pelota por su zona. No sé, son tantas cosas que pueden pasar por la mente”.
Germán hizo solo 99 pitcheos esa noche, algo sorprendente hoy en día porque generalmente los serpentineros llegan a ese número de lanzamientos rondando cinco o seis entradas.
Previo a la jornada del miércoles, los Atléticos tenían la seguidilla activa más larga entre los equipos de Grandes Ligas sin recibir un “no-hitter”, de acuerdo con MLB: 5,010 partidos sin recibir un doble cero. Ahora, la seguidilla activa más prolongada le pertenece a la franquicia de los Nacionales/Expos, que recibió un sin hit ni carrera por última vez en el juego perfecto de David Cone el 18 de julio de 1999.
Y eso de lanzar juegos perfectos lo puede hacer cualquiera en un día menos esperado. Nolan Ryan, le decimos a Óscar, lanzó siete sin hit ni carrera, pero nunca ganó un Cy Young ni fue a la Serie Mundial. Roger Clemens ganó siete veces el Cy Young y no lanzó ni siquiera un sin hit. “Yo, Óscar Rivera, un flaquito zurdo que no tiraba piedra que asuste, tengo mi perfecto, un sin hit (en 2006, de siete entradas) y mi anillo de campeón con el equipo de mis amores”.
Y lo recuerdan como a Larsen y a los otros grandes pitchers de leyenda que lograron un juego perfecto.— Gaspar Silveira Malaver
