Qué pena que una corrida extraordinaria, con tanta expectación levantada, no haya sido lo triunfal que pudiera esperarse. Así ha sido y es la fiesta de los toros.

Lo de ayer en la Plaza Mérida era la cereza del pastel porque traer a Julián López “El Juli”, torero de época y de épica, merecía la pena por el esfuerzo de contratarlo. Amargo el sabor, sí, tal vez, pero así ha sido esto del toro en todos los tiempos. Dicen que las figuras imponen, o no las ves.

Titulamos señalando “división de opiniones” porque habrá quienes hayan pensado que los toros chicos que lidió el de Madrid no correspondían a una figura de su categoría. Le pitaron en el primero y le arreciaron los abucheos en el segundo, que presentaba cara de novillo, eso que ni qué, no se puede tapar el sol con un dedo. Al César lo que es del César y los que pagan el boleto son los que pitaron.

Eso empañó la expectación de esta corrida extraordinaria, que no se iba a dar y se dio solamente porque se logró el milagro de traer de vuelta a Julián López, el de las siete Puertas del Príncipe, a un coso donde como matador no ha podido salir en hombros. Pero ni él, ni Morante, ni Ponce ni Roca Rey lo han conseguido en estos años, en que han impuesto sus condiciones: “toreo estos toros o no voy”.

Estaremos de acuerdo igual con los que dicen que es el fenotipo del toro de Fernando de la Mora, de cara chica. Se respeta igual.

Y antes de ir a lo que alegró la tarde, les diré que, en su primero, el recorte que hizo Julián tras un quite, fue de pintura. Y la voluntad que mostró cuando el infierno ardía en los tendidos de la Mérida con el segundo. Lo intentó, sí. No hay duda. Pero fue nada, comparado con lo que se esperaba.

División de opiniones

Y regresamos con la “división de opiniones” porque armó una escandalera Arturo Macías con su primero, un precioso jabonero sucio llamado “Luna llena”. Una faena electrizante, que bien pudo no ser para nada artística, que generalmente es el toreo una cosa de arte, pero el valor gigante del diestro de Aguascalientes se puso a toda prueba desde la salida del toro, al que, rodilla en tierra, realizó tres largas cambiadas pegado en tablas.

Había contado al Diario un par de días antes su deseo de hacer que se les erice la piel a los aficionados. Y Macías lo logró, pero también le puso candela a su propia sangre, porque parecía inmolarse ante el toro en cada momento que se acercaba, que acariciaban los pitones su terno. En un momento, le perdió el ojo y fue levantado feamente, en peligro total. El toro le pisoteó y pudo pegarle la cornada, pero el pitón se fue de lado.

Y se paró Macías entre una gritería bárbara, para ofrecer su ser, en ese juego de vida o muerte que es el toreo. Podrá no gustar el estilo, pero no puede quitársele mérito al que se entrega. Una hora después de finalizada la corrida firmaba autógrafos y se tomaba fotos. Nos dijo: “Esto es gloria, pero si cortamos las dos orejas me iba en hombros, y de aquí nunca he salido así”.

Disfrutamos, se tiene que decir así, algunos lances suaves de Alfredo Ríos con el capote y dos o tres pases igual de finos, lentos, con la muleta. Él también lo disfrutó, como había declarado: “Me siento bien en esta etapa porque estoy disfrutando cuando corro la mano ante el toro”. Pero hubo a quienes eso no les pareció.

Una pena más es que… ¡se acabó la temporada!

Seis festejos con lo más granado del escalafón mundial desfilando por el coso de Reforma. La Mérida y sus gestores cumplieron, trayendo a esta y la otra figura.

Que pasan cosas de estas en el toro se sabe, como lo de anoche con “El Juli”, eso pues ha sido de ayer, fue hoy y lo será siempre. Así, no queda más que frotarse los brazos porque llegue octubre otra vez. El listón quedó alto. Los de fuera lo han reconocido.