Amigos aficionados…
Los toros, o cualquiera que sea el astado que sea anunciado, son los que ponen siempre el espectáculo. Sin el eje central, no puede darse los resultados que se esperan en la fiesta.
Las últimas corridas lidiadas en la Plaza Mérida por equis o por ye habían adolecido precisamente de eso: falta del toro. Llegó Zacatepec y dejó firmada una tarde interesante en todos los aspectos, por presencia y juego, en la tarde de rejones de Año Nuevo.
Y ahora se anuncia para conmemorar el aniversario de la Mérida, el domingo 28 de enero, un encierro que puede llegar con las mismas características que el del lunes pasado, pues los de Barralva son procedencia de sangre Atanasio, un encaste español que deja ver toros de otra presencia. Los de Zacatepec son de origen español de Murube.
La Mérida se había caracterizado por dejar ver en su arena toros con características que las figuras de ahora no quieren ni voltear a ver. Eso pasa aquí, pasa en todas las plazas. Ahora, los toreros de la parte alta del escalafón se anuncian con toros cómodos, de las llamadas líneas “comerciales”, y las corridas, como se vio en su momento aquí también, más parecen un desfile de modas con diestros de corte famoso (o “mediáticos”, como les llaman), que atraen gente, pero dejan de lado lo que es la tauromaquia: toreo y juego con el peligro.
En todos lados, sea por lo visto desde los tenidos o en la televisión, se habló bien del lote de seis toros de la centenaria Zacatepec (celebra su cien aniversario en febrero). Hubo intensidad, bravura, peligro. Esa es, en realidad, la esencia de la fiesta. Así fue, narraba Ele Carfelo ante un humeante café, el inicio de la fiesta de los toros: el hombre se jugaba el físico, a caballo y a pie, para lidiar astados que lo que querían era acabar con el que estaba enfrente.
Cuando, años atrás, se anunciaron toros de Barralva o La Cardenilla, para ruedos yucatecos (Mérida y Motul), se levantaba alta expectación.
Recordaba con varios amigos taurinos sobre las grandes gestas de los toreros de otras épocas. Basta decir, sin duda, que a Manolete le mató un toro de Miura. Y que la consagración de otros toreros de épica fue ante lo que hoy le llaman encastes “duros” o incluso hasta “minoritarios”.
Pero la Fiesta está convertida en eso: comodidad para el torero. Ojalá la Mérida mantenga alto el listón que hizo que aficionados de otras las latitudes volteen a ver aquí. Porque, cierto, la México tiene a los toreros de “primera”, y Aguascalientes llena su Monumental en días de feria, pero sin el toro como se debe.
Los grandes toreaban todo. Como los campeones mundiales de boxeo de otras épocas: ¿querías llegar al trono? Pues tenías que ganarles a los mejores en el camino a la gloria.
Y, también entonces, varios agarrones de figuras con toros de las ganaderías más potentes. En México, los de Paco Camino y Manolo, con los Garfias en su mejor momento.
La Fiesta ha cambiado en casi todo. Ojalá que las plazas que puedan aún dar festejos, mantengan la esencia, por siempre.
