LONDRES, INGLATERRA (PAOLA HERRERA).— A lo que nos ha acostumbrado el Real Madrid en estos últimos diez años no es normal. En octubre ya se cumplen nueve desde que dejé Mérida para vivir en Madrid y me siento plenamente afortunada por ser testigo, tan de cerca, de esta profunda historia de amor del equipo blanco con la “Champions”.

Y, como premio a esta temporada tan emocionante, eliminando a los grandes favoritos de Europa, el Madrid le regala al madridismo esta final de Liga de Campeones en un escenario de la magnitud que esta cita se merece, en la “Catedral del Fútbol”, como bien la nombró Pelé hace algunos años.

Hoy parecería una final de mero trámite. Se podría pensar que esa Orejona viajará en vuelo directo a la capital española, pero esos 90 minutos hay que jugarlos, porque al Borussia Dortmund, que no tiene nada que perder, nadie le ganará en ilusión y tampoco se puede olvidar que tiene una de las mejores aficiones de Europa. Por eso, se espera una supremacía alemana, pues más de 40 mil aficionados hicieron el viaje a pesar de no tener entrada, por lo que abarrotarán las calles de Londres.

Me emociona saber que cuando ruede el balón en la máxima competición de clubes, viviremos un capítulo más de la historia del fútbol: Wembley albergará su octava final de “Champions League” y el Dortmund, después de once años, la jugará de nuevo.

Sigo pensando que los grandes torneos y las grandes finales son la recompensa al trabajo que realizamos durante toda una temporada. Así que deseo que disfruten allí de una final divertida, con buena comida y un calorcito que se extraña aquí.

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