Reviso la enorme cantidad de atletas que se quedaron en el camino a los Juegos Olímpicos de París y, como persona que vive pensando en deporte, reflexiona uno sobre la grandeza que es estar en la máxima justa.
Adoro la Serie Mundial, me empacho de fútbol cada cuatro años con la Copa del Mundo, su Eurocopa y su Copa América y cada primer domingo de febrero veo paralizarse el planeta a las 5 de la tarde con el Super Bowl.
Pero ninguna actividad tendrá la envergadura de los Juegos Olímpicos.
Recordaba una charla en diciembre pasado en el Co Working del Diario con tres muchachas yucatecas que nos acompañaron en nuestro especial de fin de año. Adirem Tejeda, Dalia Alcocer y Julia Gutiérrez ya tenían algo que millones, todos los que hacen deporte, sueñan con tener: un pase a los Juegos Olímpicos.
Y ellas afirmaron que “es lo más grande que vamos a tener en nuestras vidas”.
Ayer, en la impresionante inauguración de París vi desfilar (en la tele y en las fotos) a Rafa Nadal, Federer, Djokovic, Murray, a Serena, Amelie Mauresmo… Y LeBron James no mostró sus ojos llorosos por las elegantes gafas que llevaba, igual Michael Phelps (el máximo ganador de medallas de la historia), a Zinedine Zidane, el genio de genios del fútbol francés, tener la antorcha en sus manos. Una lista inmensa de los héroes del deporte universal, muchos ganadores de medalla, otros “sólo competidores”.
Y es cuando más entiendes a quienes lucharon, dieron alma, vida y corazón, pero no les alcanzó. Ejemplifico a uno: Josué Medina Andueza, que a diario levantaba casi cinco toneladas con las pesas, entre sudor y agobio, por querer llegar al Olimpo.
Y como mexicano, valoras más cada instante de esfuerzo de quienes nos representan. Si fuera posible soñar otra vez, que sea estar en una Olimpíada.
