El figurón que fue Joe Morgan, de la legendaria “Gran Máquina Roja” de Cincinnati de los años 70, nos dijo una vez en Monterrey (1999, previo al juego Rockies-Padres), cuando hablamos de que él era un buen bateador, chocador y de cierto poder: “¿Bueno yo? Creo que nunca has visto a Rickey Henderson. El mejor primer bate que ha dado el juego”.
Claro que lo había visto.
Fue, Rickey Henderson, uno de los más admirados peloteros de MLB de los que he seguido o leído, con Ruth, Gehrig, DiMaggio, Musial, Ted Williams, Pete Rose, él y Jeter, de los de aquella era dorada de inicios del siglo, y los más recientes.
Rickey bateaba y corría. Hizo del robo de base un verdadero arte del que hoy pocos se animan siquiera a intentar (tuvo 130 estafas en un año, batiendo la marca de todos los tiempos). Si tomaba base, cuidado con él porque seguro se iba a buscar la siguiente colchoneta.
Y elegante, además de controvertido. Pantalón con medias como marcaban los cánones de la época. Cuando Rose dejó el beis, Rickey estaba en su mejor momento y muchos de sus 1,400 robos fueron como el inolvidable Pete: llegando a base con las manos por delante.
El Diario, en los 90, editó un reportaje que lo incluía entre los cinco peloteros más completos de la época, con Robin Yount, Cal Ripken Jr., Don Mattingly y George Brett.
Morgan no se equivocó: Henderson fue un portento de pelotero, completo, líder. Amasó varios récords y los de robador, no creo que veamos pronto a quien pueda superarlos. De esos jugadores que los veteranos aficionados al rey de los deportes extrañamos.
