Stan Wawrinka, en acción durante su encuentro de individuales ante el polaco Hubert Hurkacz, durante la final de la United Cup, el domingo
Stan Wawrinka, en acción durante su encuentro de individuales ante el polaco Hubert Hurkacz, durante la final de la United Cup, el domingo

En la primera semana de lo que será su última temporada como profesional, Stan Wawrinka, a los 40 años, volvió a enfrentarse a una escena ya familiar: un rival al que casi le doblaba la edad.

El suizo peleó durante casi tres horas ante el joven Flavio Cobolli, de 23, y estuvo cerca de firmar una victoria significativa antes de que algunos errores en el tiebreak del set decisivo le arrebataran la oportunidad.

Decidir que 2026 marcará el final de su carrera debería permitirle jugar sin ataduras, pero no es tan sencillo. “Claro que me encantaría jugar con más libertad… pero me importa tanto que no es fácil”, admite en entrevista con “The Guardian”.

Esa intensidad emocional ha sido siempre su mayor fortaleza.

Wawrinka deja el circuito con un legado difícil de igualar: tres títulos de Grand Slam, una medalla olímpica de oro en dobles y una Copa Davis, logros alcanzados en plena era de los “Tres Grandes”. Hoy ocupa el puesto 156 del ranking y compite con frecuencia en torneos Challenger, pero su motivación permanece intacta.

“Logré mucho más de lo que podía soñar. Para mí, lo más importante es luchar siempre y no arrepentirme al final”, afirma.

Dueño de uno de los reveses a una mano más devastadores que ha visto el tenis, su carrera dio un giro definitivo tras una derrota memorable ante Novak Djokovic en el Abierto de Australia de 2013, un partido que le confirmó que pertenecía a la élite.

A partir de ahí, Wawrinka logró lo impensable: vencer a los números uno del mundo en cada una de sus finales de Grand Slam, incluida la consagración en Australia 2014 y los títulos en Roland Garros 2015 y el US Open 2016.

“Realmente creo que exprimí el limón hasta la última gota”, resume.

Fortaleza

Durante años, Wawrinka también vivió bajo la sombra de Federer, una situación que, lejos de frenarlo, lo fortaleció. Compartir entrenamientos, competencias y triunfos con su compatriota le permitió identificar sus debilidades y crecer. Incluso, tras tensiones públicas, como el episodio en las Finales ATP de 2014, ambos se unieron días después para conquistar la Copa Davis.

Tras una sólida actuación en la United Cup, con Wawrinka compitiendo intensamente contra algunos de los mejores jugadores del mundo, Suiza quedó subcampeona, por detrás de Polonia, el domingo pasado.

El suizo continuará su gira de despedida con una invitación al Abierto de Australia, escenario de su gran irrupción.

No habrá un final de cuento de hadas ni un cuarto Grand Slam, pero sí una despedida coherente con su carrera: intensa, exigente y honesta. Que aún viva cada punto con dolor y pasión, después de tanto tiempo, es su mayor triunfo.

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