Por motivos muy especiales, de amistad y parentesco familiar, por medio de este espacio en el Diario y a petición de muchos de sus amigos, que compartimos con él su afición por el sóftbol, me doy a la tarea de hacer este reconocimiento póstumo a Joaquín Reyes Franco, más conocido como “Tachín”.
Coincidimos como estudiantes internos en el Tecnológico de Monterrey y se inicia nuestra relación deportiva cuando él decide ser parte de nuestro equipo de sóftbol, que competía contra los fuertes representantes de Sonora, Sinaloa y Tamaulipas. También era muy buen estudiante y se daba el lujo de tocar, a las cuatro de la tarde, la puerta de mi habitación para que le sirviera de cátcher en su práctica de pitcheo. A esa hora la mayoría nos ocupábamos en hacer las tareas del día siguiente. Él las adelantaba.
Su dedicación fue tal, que llegó a ser uno de los lanzadores del equipo de la zona sureste en los campeonatos internos de la institución. En ese entonces yo era el manejador y jardinero central y para convencerlo de que había que cambiar de pitcher, vaya que pasábamos apuros. Era casi misión imposible removerlo del pitcheo.
La historia se repitió en nuestra querida ciudad, cuando ya con un título en la mano regresamos al terruño y recorrimos los campos de la Escuela Modelo, el Deportivo Bancarios, San Sebastián, la colonia Alemán y finalmente, el Club Campestre.
No se cansaba de estar en los campos jugando y lo hizo hasta muy entrado en edad. Recuerdo cuando se le hizo un homenaje por sus 50 años en el sóftbol, y participando en otras jornadas de reconocimiento a leyendas de este bonito deporte.
Lo mejor de Joaquín fue que disfrutó del sóftbol. Fue su pasión. Siempre quería tocar el tema, recordar aquellos tiempos y, en los días en que lanzaba menos, procuraba dar tips a jóvenes y otros no tan noveles, sobre el arte de pitchear.
Descanse en paz el buen “Tachín”. Estoy seguro ya está pidiendo entrar a lanzar con algún equipo de allá arriba, en la gloria celestial. Mérida, marzo de 2026.
