Amigos aficionados…
Durante más de un mes, juntando la Feria de Abril de Sevilla y lo que se lleva ya de la Feria de San Isidro de Madrid, hemos visto tantas cosas. Lo mismo triunfos que fracasos, y arrebatos que han calado hondo.
Morante de la Puebla jaló una silla en la Maestranza para clavar banderillas, que sabe hacerlo bien. Es Morante y se le permite todo.
Llega a Las Ventas Antonio Ferrera en su segunda tarde y, con el tren de San Isidro yéndosele (sin nada para el anecdotario), se va a la mano con sus demonios, que ha mostrado tenerlos en serio, y hace algo que había hecho ya en ruedos mexicanos: subirse a un caballo para ser él quien pique al toro en el tercio de varas. Lo hizo ante un enemigo no planeado, pues ese toro le tocaba a su compañero Paco Ureña, que estaba siendo operado en la clínica del coso.
Y se arma la monumental. Ferrera dividió opiniones, que en los toros es algo vital porque los criterios nunca pueden ser iguales (no pensamos de la misma forma). Que si Las Ventas perdió su pureza como principal referente del toreo, que si el torero dejó salir sus duendes para expresarse como quiere ser. Que si equis, que si ye.
Creo que a Ferrera y a los aficionados les toca ponerse tal vez de acuerdo en algo: pasó y punto.
Los toreros puros son lo más grande que tiene la tauromaquia. Recordemos cómo al mito viviente que era Manuel Benítez “El Cordobés” los toreros llamados artistas no le daban cabida en sus carteles. Pasó lo mismo con nuestro querido Rodolfo Rodríguez “El Pana” (que ayer cumplió diez años de morir en un ruedo), a quien vetaron toreros y empresarios, hasta que destapó ese frasco de las esencias en la Monumental México.
Pues eso fue Ferrera ante los toros de Adolfo Martín en el meritito Madrid, con 23 mil personas viéndole en vivo y otras más en la tele. El mundo es de los locos y, queda claro, Ferrera es así. Sí, pero los cánones… Los cánones existen, pero no existen.
