Todo lo negativo creció

Ernesto Jesús Mena Acevedo (*)

El telón de 2017 cayó. Fue un año plagado de vicisitudes y de agravamiento de problemas sociales. Un año en el que todo lo negativo creció, comenzando con la reprobación a la gestión de Peña Nieto. Un año más en que los normalistas de Ayotzinapa desparecidos siguen relegados en la fila de espera de los casos no resueltos, a los que se sumaron más personas desaparecidas en el territorio nacional.

Se fue otro año en que la corrupción gubernamental ocupó un lugar preponderante, pero no por su combate ni solución, sino por su manifestación. Corrupción en el “socavón” del Paso Exprés de Cuernavaca, Morelos, que costó más de 2 mil millones de pesos y que apenas tenía tres meses de inaugurado. Corrupción a gran escala con la “estafa maestra” en la cual estuvieron involucrados 11 dependencias de gobierno, universidades públicas y empresas fantasmas, y en la que se desviaron 7,670 millones de pesos y de los cuales 3 mil 433 millones se desconoce su destino final.

Corrupción con los sobornos de la empresa brasileña Odebrecht, que según declaración ministerial de su ex director en México, Meneses Weyll, le habría entregado a Emilio Lozoya 10 mil millones de dólares a cambio de contratos que sí se llegaron a concretar.

Corrupción en la causa de la detención de Alejandro Gutiérrez, ex secretario general adjunto del comité nacional del PRI, quien habría desviado 246 millones de pesos del erario de Chihuahua para destinarlos a las campañas de su partido en 2016. Y muchos más casos que se conocieron y otros que siguen escondidos, pero que algún día saldrán a la luz. Y como colofón, las presiones y artimañas que culminaron con el cambio del fiscal de la Agencia Especializada en Delitos Electorales.

Terminó un año manchado de sangre. Un año con un incremento sustancial en inseguridad pública, esto es, un aumento en violencia, en ejecuciones. Solo de enero a septiembre de 2017 se registraron 22 mil asesinatos, lo que significa la horrenda cifra de 68 homicidios por día. Y ante este fenómeno alarmante, el gobierno responde con la misma receta.

El pretexto perfecto para el endurecimiento del rostro autoritario. Primero fue la aprobación de la Ley reglamentaria del artículo 29 constitucional que abrió mediante la ambigüedad la posibilidad de que el titular del Ejecutivo federal decrete la restricción o suspensión de los derechos o garantías.

Recientemente le siguió la aprobación de la Ley de Seguridad Interior, con la que se amplían las facultades de las fuerzas armadas.

Fue otro año de crecimiento económico muy mediocre. La inflación se disparó y no cede, la más alta en los últimos 16 años, y no cederá, por el contrario seguramente se acentuará con el nuevo “gasolinazo” de enero. La moneda ha vivido sus peores momentos y se encuentra en condiciones de vulnerabilidad. El deterioro del poder adquisitivo de los ciudadanos y sus familias se resiente cada vez más y la desigualdad social sigue creciendo.

Los niveles de pobreza volvieron a aumentar, de acuerdo con el Centro de Estudios Económicos del Sector Privado y esa misma tendencia parece venir este año.

Así, con un panorama sombrío y nada alentador cayó el telón de 2017, teniendo como escenografía las precampañas electorales. Precampañas que en más de un caso apelan a la desmemoria, a la doble moral, a la retórica acartonada y al juego perverso de encuestas falsas. Porque han transcurrido varios años, pero las tácticas siguen siendo las mismas: Inflar a como dé lugar al candidato o candidatos del sistema y descalificar, atacar, destruir, a quien representa una amenaza a ese mismo sistema.

No importa que antes, que siempre, se haya cuestionado ácremente a programas sociales calificados de populistas: pensión a adultos mayores, becas para estudiantes y madres solteras, etc. Ahora, sin recordar el sistemático apoyo al neoliberalismo y sus reformas estructurales, se puede proponer el Ingreso Básico Universal, porque se requiere, porque urge, agenciarse la simpatía de la gente, del potencial electorado que puede marearse con propuestas o mejor dicho, con promesas que interesen.

El año se fue y se llevó el “xix” de un sexenio. Un mandato presidencial en franca agonía y rodeado del mayoritario deseo de que termine, caracterizado por un retroceso político en todos los frentes, pero que se evidenció con todo con el destape del candidato oficial. Un destape a la vieja usanza, que no se había visto desde hace 23 años, en aquel destape del malogrado Luis Donaldo Colosio Murrieta.

Se fue un año en el que como nación, como Estado, hubo muy poco o tal vez nada que celebrar. Sin embargo, el ánimo y la esperanza nunca deben flaquear, menos sucumbir.

Un nuevo año es la mejor oportunidad para replantearse objetivos y sueños personales, familiares, pero también colectivos. Es la ocasión para aspirar a cambiar lo inservible, lo pernicioso, y buscar alternativas diferentes, genuinas, que puedan conducir a resultados distintos. Y no hay momento más idóneo que el que se nos presenta con la próxima elección presidencial. Hagamos votos, como deseos, y votos en las urnas, el domingo 1 julio, para que acabemos de una vez y por todas con el actual régimen político corrupto, represor e injusto.

¡Feliz año nuevo a todos las y los lectores! — Mérida, Yucatán.

Maestro en Economía y Administración Pública. Docente universitario.