¿Cultural o biológico?
Héctor Velázquez Fernández (*)
Desde hace décadas, los especialistas en biología y psicología evolutiva se han preguntado si el origen de los celos se halla en las estructuras sociales que hemos heredado o bien en razones biológicas y evolutivas, comunes a los primeros seres humanos y a otras especies. En los años 90 se hizo célebre el experimento donde un grupo de hombres y mujeres respondían cuál infidelidad les representaba más dolor: si la sexual sin compromiso emocional, o la emocional sin implicaciones sexuales. Los resultados arrojaban que a los varones les importaba más la infidelidad física o sexual, mientras que a las mujeres la emocional; lo cual parecía respaldar el estereotipo según el cual las mujeres piensan que una infidelidad sexual sin compromiso emocional ni enamoramiento no es duradera ni preocupante; mientras que los hombres reaccionan ante el engaño, sin importarles si hubo involucramiento emocional o no. Hace dos décadas, los estudios sobre las activaciones cerebrales del varón celoso revelaban cierta semejanza con las que aparecen en la conducta violenta y el instinto sexual; mientras que en la mujer celosa dichas activaciones se asemejaban más a las del contacto social. De ahí se concluía que ante la infidelidad, la mujer experimentaba una amenaza de perder el vínculo sentimental, más que el físico; mientras que al varón le importaba más la invasión del espacio físico exclusivo dentro del que consideraba a su pareja.
Al pasar de los años estas conclusiones se fueron abandonando, porque nuevos experimentos mostraban que tanto hombres como mujeres reaccionaban con equivalente preocupación a la infidelidad física y emocional. Y en cambio, los estudios se enfocaron a las activaciones cerebrales y reacciones psicológicas, respecto de las diversas situaciones cuando solo hay sospecha de infidelidad, a diferencia de cuando está completamente confirmada. Conductualmente, ante la sospecha, suele aparecer ira e impotencia por una relación que se nos va de las manos; mientras que ante la confirmación, se experimenta una profunda tristeza mezclada de sentimientos de culpa, por la sensación de que la relación debió ser rescatada o sacada adelante.
¿Cuál es el origen de esta sensación de amenaza a nuestra propia identidad y valía personal, que está en el trasfondo de los celos? ¿Es de orden meramente cultural y social, o es biológica y evolutiva?
Desde antaño se ha documentado que los niños pequeños experimentan celos cuando sus padres manipulan muñecos con figura humana, porque sienten cierta amenaza a su provisión de alimento por la presencia de un eventual competidor, e intentan llamar la supuesta atención perdida de sus padres. De ahí que los hijos educados con cuidados y cariño equitativo por parte de los progenitores, sin mostrar preferencia por alguno de los hijos, genera menos celotipia en los hijos.
Para algunos biólogos evolutivos, desde el origen de nuestra especie los varones experimentan celos porque el rival pone en riesgo la propagación de sus genes; mientras que la mujer siente que tendría que compartir atención, tiempo y recursos, si la rival le quita al varón. Este argumento ya no se considera hoy del todo válido, porque supondría al hombre de las cavernas especialmente ocupado en el cuidado del hogar y la familia; de lo que no hay suficiente evidencia en nuestros ancestros neanderthales ni cro-magnon.
Así que en sentido estricto, la respuesta a la interrogante sobre el origen social y cultural, o biológico y evolutivo de los celos, sigue siendo una cuestión abierta. Aunque sí hay un consenso entre los expertos sobre que una educación afectiva equitativa hacia los hijos puede prevenir de manera importante el surgimiento de celotipias.— Puebla, Puebla.
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Catedrático
Desde antaño se ha documentado que los niños pequeños experimentan celos cuando sus padres manipulan muñecos con figura humana
