El oficio de incordiar
José Rafael Ruz Villamil (*)
Elías, el profeta de fuego, porque con fuego vino a defender y reinstaurar el monoteísmo, la fe en un único Dios, en el Yahvé de Israel que el pueblo, siguiendo las veleidades de la monarquía, había sido abandonado por los Baales, a cuyos profetas pasó a cuchillo ganándose la animadversión mortal de la reina; Elías, que enfrentó y condenó al rey Ajab por haberse apoderado de la viña de Nabot, después de que éste fuese asesinado por las maquinaciones de su esposa Jezabel; Elías, que según consignan los Libros de los Reyes, fue arrebatado por un carro de fuego.
Moisés, elegido y enviado por Yahvé a liberar a su pueblo de la esclavitud de Egipto después de desafiar y humillar al Faraón; Moisés que recibió de Yahvé la Ley de la Alianza como una estructura de organización y como un camino de bienestar para Israel; Moisés, considerado no sólo ni tanto como legislador, sino como profeta y que, según se lee en el libro del Deuteronomio, relató: “Y Yahvé me dijo a mí: ‘Bien está lo que han dicho. Yo les suscitaré, de en medio de sus hermanos, un profeta semejante a ti, pondré mis palabras en su boca, y él les dirá todo lo que yo le mande’”.
Elías y Moisés, mencionados en ese orden en el capítulo 9 del evangelio de Marcos cuando narra que Jesús de Nazaret, en un contexto de belleza, conversaba con ellos en la cima de un monte ante Pedro, Santiago y Juan, tres discípulos que subieron como testigos acompañando al Maestro y presenciando un momento por demás fascinante en el itinerario del Galileo, y que transmitieron usando los elementos de las teofanías del Antiguo Testamento. Y es que tanto monte, como nube y voz son componentes de los relatos que dan cuenta de la comunicación de Yahvé con su pueblo, siendo, además, Elías y Moisés los iconos más acabados de los profetas y la ley que, para entonces, venían a ser los referentes socioreligiosos de la ortodoxia judía y que habrían de normar todos los ámbitos de la existencia.
Pues bien y según transmitieron los tres testigos, no sólo vieron a su Maestro conversar con Elías y Moisés en un plano de igualdad, sino que, de repente, “se formó una nube que les cubrió con su sombra, y vino una voz desde la nube: ‘Este es mi Hijo amado, escúchenlo’ Y de pronto, mirando en derredor, ya no vieron a nadie más que a Jesús solo con ellos”. Y es que, si bien la ley y los profetas tenían preminencia en la vida judía, muchas otras voces en forma de tradiciones sonaban junto a ellos al punto de ahogar ese núcleo esencial del judaísmo. Con todo y por voluntad y decisión del Padre, a partir de Jesús de Nazaret habrá de ser su voz la que esté por encima, muy por encima de los profetas y la ley: una voz conservada y que sigue hablando en los evangelios.
Con todo, se suele olvidar que Jesús es judío y, como tal, nunca tuvo la intención de acabar con el judaísmo —por el que siempre mostró gran respeto— pero sí vino a hacer una, por así decir, lectura muy propia de los profetas y la ley al punto que, sumando el hecho de la pasión y resurrección del Galileo, judaísmo y cristianismo acabaron siendo dos religiones, sin que eso suponga que los profetas y la ley no han de formar parte del bagaje intelectual de quien, siendo discípulo de Jesús de Nazaret —o mero simpatizante suyo—, quiera una aproximación más cercana a su Maestro.
Hay que apuntar que el mismo Jesús previene a sus discípulos de las voces que, posteriormente a él pueden darse —como de hecho se dan—, llevando a la tergiversación si no es que al acomodamiento la voz del Maestro: “Entonces, si alguno les dice: ‘Miren, el Cristo aquí’, ‘Mírenlo allí’, no lo crean. Pues surgirán falsos cristos y falsos profetas y realizarán señales y prodigios con el propósito de engañar, si fuera posible, a los elegidos. Ustedes, pues, estén sobre aviso; miren que se lo he predicho todo”.
Y si bien no es vicio privativo de nuestra época la confusión provocada por el vocerío, hoy particularmente atribuido con cierta razón a las así llamadas redes sociales, la escucha de una sola voz —para los discípulos de Jesús, la de su Maestro— tiene que generar la integridad, la lucidez y la paz en cualquier ser humano.— Mérida, Yucatán.
ruzvillamil@gmail.com
Presbítero católico
