El oficio de incordiar
José Rafael Ruz Villamil (*)
A diferencia de la tradición de los tres primeros evangelios que plantean el enfrentamiento decisivo de Jesús de Nazaret con su destino final durante la oración en Getsemaní, la tradición del evangelio de Juan recuerda al Galileo ante su muerte en varias ocasiones a lo largo del arco temporal de su predicación. Una de ellas, quizá la más intensa y en el contexto de la última Pascua que el Maestro celebra en Jerusalén y que pudo ser en el recinto del Templo donde enseñaba, resulta a partir de la presencia de unos griegos que buscan a Jesús: la aparición de estos gentiles —no judíos pues, aunque tal vez conversos o en vías de conversión—, viene a ser como una señal que provoca en él una reacción intensa. Y es que consciente como habría de estar de la cada vez más fuerte animosidad de las autoridades judías a causa de su impacto creciente en el pueblo, bien pudo Jesús inferir que, si su nombre había llegado a las comunidades judías de la diáspora —de la que los griegos en cuestión vienen a ser referencia—, su presencia habría de resultar ya totalmente intolerable: “Entonces los sumos sacerdotes y los fariseos convocaron consejo y decían: ‘¿Qué hacemos? Porque este hombre realiza muchos signos. Si le dejamos que siga así, todos creerán en él y vendrán los romanos y destruirán nuestro Lugar Santo y nuestra nación’”.
Pues bien, es ahora Jesús mismo el que afirma que ha llegado su hora, la hora de mostrarse a mundo, y que él mismo explica con la parábola del grano que para ser fecundo ha de morir. Vale subrayar que en esta pequeña parábola referida a sí mismo, el Maestro pone el énfasis no tanto en el destino del grano, cuanto en el fruto que genera. Así y al hablar de su hora, Jesús de Nazaret habla también de la hora de aquellos que han de seguirle, esto es, que han de ser discípulos suyos y que aceptan compartir su suerte: “Si alguno me sirve, que me siga, y donde yo esté, allí estará también mi servidor”.
Pero, por encima de todo, la hora de Jesús —hora que le angustia, aunque finalmente asume: “Ahora mi alma está turbada. Y ¿qué voy a decir? ¡Padre, líbrame de esta hora! Pero ¡si he llegado a esta hora para esto! Padre, glorifica tu Nombre”— resulta ser el momento de glorificar a su Padre de la manera más paradójica imaginable: ser elevado de la tierra, esto es, morir crucificado. En este punto, no hay que descartar en modo alguno que Jesús intuyese cómo habría de ser su fin: sabedor de las relaciones de connivencia entre las autoridades de Jerusalén y el ocupante romano, y conociendo el concepto que de él habría de tener el Sanedrín —un revoltoso potencial—, la cruz hubo de estar presente en su horizonte existencial.
Ahora bien, resulta impresionante el sentido que Jesús mismo da a su propia muerte: la gloria del Padre. Y es que si por gloria se entiende no tanto el esplendor del poder, cuanto el honor que posee toda persona ya por el puesto que ocupa en la Creación, como por el lugar que tiene en la sociedad —y que se traduce en dignidad—, hay que inferir que se está ante una inversión total del código honor-vergüenza propio del mundo mediterráneo del siglo I, donde la cruz es, precisamente, el súmmum de la vergüenza. Es, pues, en esta transmutación de sentido donde el Padre es glorificado por el Hijo y, al mismo tiempo, el Hijo es glorificado por el Padre como referencia para la praxis de los discípulos de Jesús e, implícitamente, como crítica a lo que el mundo tiene por gloria.
Es así que si el interés de los griegos por ver a Jesús es el equivalente de Getsemaní, viene a resultar el nudo de la pasión del Maestro en el que él decide arrostrar los efectos no deseados —aunque ineluctables—, y que vinieron a afectar tanto los intereses religiosos y políticos que lo llevaron a la cruz. De este modo, Jesús de Nazaret lleva hasta sus últimas consecuencias el haber hecho de la causa de Dios la causa del hombre, quedando así tanto la cruz como el crucificado como el signo de un Dios que, siendo Padre, encuentra su honor en la solidaridad con quienes desechados, expoliados y excluidos por los poderosos son, en su rehabilitación, el icono de su gloria.— Mérida, Yucatán.
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Presbítero católico
