Lisette Olivier (*)
Y dijo: ‘De cierto os digo, que si no os volvéis y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos’ —Mateo 18, 3
Los saludo con emoción queridos lectores para compartirles humildemente este escrito relacionado con el mes de abril, cundo celebramos al grupo de personas más amadas y queridas: los niños.
Es admirable contemplar la forma tan sencilla y tan natural con que los niños aprecian el mundo en que vivimos. Me encanta la manera como se expresan; con toda la honestidad y pureza que los caracteriza. En ellos no existe la malicia y se comunican en todo momento sin filtro alguno.
Es así como todos deberíamos vivir en nuestra vida, disfrutando el día a día con todo lo que se nos presenta, siendo más optimistas y tener la facultad de apreciar y quedarnos con lo positivo, desechando lo negativo.
Desgraciadamente, llegamos a la etapa adulta y nuestra apreciación por la vida se va tornando más difícil de digerir, nos enfocamos y le damos más poder a lo negativo: críticas, insultos, envidias, inseguridades, preocupaciones, etcétera, factores altamente tóxicos para nuestra mente y en consecuencia para nuestro cuerpo y nuestra alma.
Si pudiéramos hacer un alto en nuestra vida y sentarnos a reflexionar hacia dónde quiero verdaderamente llegar y nos decidimos a descubrir nuestra verdadera identidad, por consecuencia podremos llegar a comprender cuál es la misión que nos fue asignada desde el momento de la concepción y para la que vine a este mundo.
Es entonces cuando nuestro grado de conciencia aumenta de gran manera, abriendo nuestro corazón y expandiéndose al mismo tiempo nuestra inteligencia divina. Aquí es cuando surge el “milagro” nos volvemos a convertir en niños, es entonces cuando vemos con los ojos del alma y escuchamos con oídos espirituales.
Logramos ver la vida de manera más sencilla, sin nada que ocultar ni nada que temer; somos transparentes y decimos con amor lo que sentimos; respetando a nuestro prójimo y ayudando al necesitado.
Es por esta razón que quiero invitarte, querido lector, a luchar juntos para convertir este mundo en “niños por siempre”; pues sería todo muy distinto dándonos la mano unos a otros, con menos guerras y más paz.
Nunca nos cansemos de luchar, tomados de la mano de Dios lo podemos todo; pues Él nos fortalece y nos da la fuerza necesaria para alcanzar los anhelos más profundos del corazón.
Luchemos por alcanzar ser niños otra vez, disfrutando al máximo cada detalle y así amarnos sin fronteras, ni raza ni religión.
Sentirnos plenos con las cosas más sencillas de la vida, pues lo invisible es lo más valioso y al final de nuestro caminar entraremos al reino de la paz eterna.
Espero profundamente, queridos lectores, que puedan ser una inspiración para ustedes estas palabras que llevan un poco o mucho de lo que quiero transmitir a cada corazón que persigue ser eternamente joven.
Con gran cariño y respeto.— Mérida, Yucatán.
Coach Familiar
