Nuestra Clínica de Mérida
Rubén J. Bolio Pastrana (*)
Jamás me dejaré inducir a administrar a quienquiera que sea un medicamento que conduzca a la muerte o al aborto —Hipócrates, 460-377 a. C.
En un confortable escenario adornado con distinguidos visitantes, el salón Regency del Hotel Hyatt, de gran renombre en esta capital, fue el marco idóneo para el cuadro tan acogedor en el que se plasmó el 25 de abril pasado la condecoración a la prestigiada Clínica de Mérida, mediante la entrega de la certificación del Consejo de Salubridad General, por implementar el modelo de seguridad del paciente que otorga el Sistema Nacional de Certificación de Establecimientos de Atención Médica, órgano colegiado que depende directamente de la Presidencia de la República.
La Clínica de Mérida estrenó su vida institucional gracias a la iniciativa del empresario, don Arturo Ponce G. Cantón, quien con su acostumbrada generosidad decidió legar a nuestra entidad un hospital que prodigara los mejores servicios médicos, ya que en aquellos lejanos tiempos era difícil la obtención de auxilios en la salud; como los doctores Luis Alberto Navarrete Ruiz del Hoyo, Raúl Cárdenas Torre, Gustavo Casares Rendón, Manuel Valencia Romero, Hernán Casares Ponce y otros que se fugan de mi memoria, quienes contagiados de su entusiasmo profesional se unieron a lo que parecía una complicada aventura, la que decidieron afrontar suscribiendo así el 15 de junio de 1961 ante el notario Rodulfo G. Cantón el acta constitutiva de lo que ahora es un hospital de excelencia reconocido en el país.
Pero ese documento sólo fue la formalidad legal de la dotación de una personalidad jurídica, el preludio para transitar en el espinoso sendero que conduciría a la cima del sueño anhelado, a la que se arriba el 15 de agosto de 1964, fecha memorable cincelada con letras de oro en la historia yucatanense, en la que el centro hospitalario empieza a brindar la misión ansiada, con la inauguración de su edificio ubicado en la avenida Itzaes de esta ciudad, que ha alcanzado grandes dimensiones en el entorno social.
Desde aquel entonces se han desprendido muchas hojas del calendario, el tiempo inexorable sigue su marcha, lo que se traduce en una gigantesca labor para mejorar de manera cotidiana, formando día a día un rosario de experiencias, configuradas con la modernidad del sanatorio, pues las mejoras que se han confeccionado al inmueble original, han refrendado la funcionalidad del nosocomio, se han ampliado importantes áreas, como la de urgencias, radiología, laboratorio, oficinas administrativas, adquirido equipos para estudios especiales, aumentando el número de consultorios, todo ello en provecho de la comunidad estatal, incluyendo un estacionamiento de varios pisos, en otra edificación aledaña, del que el usuario puede acceder a ciertos sectores de consulta externa, a través de un puente que atraviesa la vía pública y comunica ambas construcciones.
No hay que detenerse en la contemplación de la obra material, es necesario igualmente advertir que todo ello es producto de la voluntad de seres humanos que han encaminado su actividad hacia un destino específico, que es precisamente escalar muros venciendo adversidades, para generar la excelencia en el servicio, como ya se ha conseguido, cruzando fronteras hasta otros lares cuyos habitantes acuden igualmente en busca de auténticos profesionales de la medicina que se ejerce en el recinto, quienes con fidelidad cumplen el juramento hipocrático, al predicar que su único fin será cuidar y curar a los enfermos, responder a su confianza, no abusar de ella, manteniendo siempre religiosamente la promesa acordada.
El catálogo de terapeutas que engalana a la institución ha puesto muy en alto el nombre de ese instituto de sanidad, para vestirlo de adalid de la ciencia médica privada, con la colaboración de un personal ejemplar, tan servicial como competente, como los que integran la enfermería, que se distinguen por su eficacia, los vehículos de emergencia que hacen gala de puntualidad, los encargados de la administración de las finanzas, y muchos más que apoyan los pilares en que descansa el acreditado establecimiento que alivia los padecimientos de los enfermos, como paladín del profesionalismo.
Los capitanes de este hermoso bajel, que navega en aguas donde impera ahora la quietud, que no pudo ser hundido en los procelosos mares en que tuvo que combatir a engreídos que intentaron sumergirlo para hacerlo zozobrar, son el ingeniero Pedro Ponce Palomeque, doctores Luis Alberto Navarrete Ruiz del Hoyo, Luis Alberto Navarrete Jaimes, Rodulfo Montero Gutiérrez, Alejandro Millet Molina, Enrique Falcón Aguilar, Juan Carlos Navarrete Jaimes, Carlos Guillermo Rodríguez y Luis Rodríguez Bolio, que constituyen el Consejo de Administración, los seis primeros como propietarios y los tres restantes como suplentes, presididos por el ingeniero Ponce Palomeque y como director general el médico cirujano Navarrete Ruiz del Hoyo, quien por cierto ha sido el único con ese cargo desde que la Clínica abrió sus puertas; todos ellos de intachable trayectoria de honestidad, quienes dictan los ordenamientos, a fin de que su responsable encomienda conduzca la nave a puerto seguro, sin faltar la cooperación de los comisarios, doctores Carlos Humberto Wabi Dogre y Carlos Enrique Escalante Alcalá.
Mención especial merece el diligente secretario del Consejo, contador público Mario Enrique de Jesús Sobrino Navarrete, quien con su dinamismo es el celoso guardián, vigía incansable, para cumplimentar todo aquello que sea en pro de la organización y de la ciudadanía.
Muchas felicidades, Clínica de Mérida, por ese honroso trofeo obtenido merecidamente por una humanitaria labor de más de 50 años, con el privilegio de ser la primera institución curativa particular en el sureste de la República Mexicana, que recibe ese alto honor.— Mérida, Yucatán.
rbolionot56@hotmail.com
Abogado y notario público
La Clínica de Mérida se estrenó gracias a la iniciativa de Arturo Ponce G. Cantón, quien decidió legar a nuestra entidad un hospital con los mejores servicios médicos
