María Isabel Cáceres Urzaiz (*)

Ser madre es una de las experiencias más gratificantes, hermosas pero a la vez difíciles que puede experimentar una mujer.

La profundidad del amor que la madre siente al tener a la criatura entre sus brazos  por primera vez es indescriptible. Siempre ha presentado retos en los  diferentes entornos socioculturales y distintas etapas de la historia de la humanidad.

Y es que la carga del hijo en cuanto a su educación, desarrollo, alimentación, enfermedades, enseñanzas en el camino de la vida diaria que la madre da — especialmente durante siglos pasados— siempre fue  responsabilidad, en su gran mayoría, de la mamá.

No sólo es un reto el ser madre, si no que es el papel más importante que la mujer desarrolla dentro del seno de la sociedad.

Sin la madre no hay familia y no hay el alimento vital para sostener el crecimiento y la madurez de los hijos.

El Papa Francisco afirma que “en la familia está la madre y toda persona humana debe la vida a una madre y casi siempre debe a ella mucho de la propia existencia sucesiva, de la formación humana y también de la espiritual”.

Considero que el reto es mayor hoy que en generaciones anteriores por la necesidad de conciliar  vida personal, laboral y familiar.

La mujer carece del apoyo suficiente en el ámbito de trabajo, social y gubernamental para proveer a su familia cuando es necesario hacerlo. Aún hace falta la implementación de políticas suficientes para apoyar el crecimiento y cuidado del niño mientras la madre lucha por el sustento.

Es una carrera contra el tiempo que las divide y causa frustración y ansiedad.

Trabajar para sostenerlos, carecer de tiempo y espacio para ver y disfrutar de los hijos; pues cuando aún hoy existen más recursos para cuidar a los niños con artefactos y apoyos para el hogar que hacen más fácil y simple la limpieza, la cocina, y la atención a la familia, las cosas no se han simplificado al extremo de permitir a las mujeres más libertad y tiempo para sí mismas.

El avance en las nuevas tecnologías, el conocimiento profundo a nivel intelectual, los estudios recientes sobre la infancia, el matrimonio, la maternidad y los descubrimientos en la medicina y las relaciones interpersonales permiten a la mujer de hoy estar atenta a todo tipo de innovaciones, instruida sobre cualquier duda o problema que se le presente.

En estos tiempos solo no sabe y no aprende quien no quiere saber ni aprender. Las opciones educativas y la amplísima información, proporcionan a las madres más oportunidades que nunca.

Los pros y los contras de la maternidad en los tiempos modernos son interminables, pero podemos citar a Darwin que dice que  “la adaptación es el secreto de la supervivencia”. Ese es también un reto para  madres, abuelas y padres: adaptarse a los cambios que presentan los nuevos tiempos.

En algún lado oí la impactante frase “ser madre es caminar con el corazón fuera del cuerpo”, y es rara la buena madre que no lo experimenta, porque la maternidad cambia la vida y nada vuelve a ser igual.

El orden de las prioridades se trastoca, el mundo privado se transforma, el hijo ocupa e invade el claustro personal y la interioridad de forma avasalladora, convirtiéndose en un centro gravitacional con vida propia.

Se tiende a observar el mundo con una nueva perspectiva, o como decía hermosamente el padre Larrañaga: “con el don de unas venas nuevas”.

Inclusive la manera de observarse, mirarse y entenderse a una misma cambia.

Hablamos del instinto maternal como un vínculo afectivo especial que puede manifestarse diferente en cada mujer. Es ese vínculo particular que se establece entre la madre y el niño desde el momento de la concepción, en diferentes grados e intensidad según la mujer, generando la actitud de protección, el impulso de alimentar y proporcionar el máximo bienestar a su criatura; toda una nueva gama de sentimientos puede revelarse en la que es madre por vez primera. La experiencia varía de mujer a mujer. Y el mayor o menor grado de manifestación del instinto maternal no decide el que alguna sea mejor o peor madre.

La auténtica maternidad, como todo aprendizaje en esta vida, es un proceso que se internaliza lentamente.

Erikson afirma: “la relación con la madre determinará los futuros vínculos que se establecerán con las personas a lo largo de su vida. Es la sensación de confianza, vulnerabilidad, frustración, satisfacción y seguridad la que puede determinar la calidad de las relaciones. No mitificar la maternidad, sino aterrizarla, es  un objetivo que contribuye al bienestar de la madre y el vástago y por ende de la familia”.

Porque aunque es algo maravilloso y una experiencia única, no todas la mujeres tiene que ser madres para realizarse plenamente, !tantas han probado que no deberían serlo! Y esa es una realidad que vivimos.

Ayudar a los hijos a ser maduros e independientes para encontrar paz, felicidad y bien en la vida es tarea difícil, ya que la madre tiene que encontrarlos primero en sí misma antes de poder transmitirlos. Ellos dejarán de ser niños, pero uno no deja nunca de ser madre.

Y llega la hora de estar cerca sin interferir, cuidar sin asfixiar, presentes sin imponer, cercanas sin sobreproteger y observantes sin juzgar.

Son palabras que se dicen y escriben fácil. Practicarlas es uno de los retos más importantes que la madre tiene la responsabilidad de cumplir con los hijos.

La maternidad no es fácil. Una vez que te vuelves madre, no sólo tu cuerpo, sino tu mente y tu alma estarán siempre pobladas por las imágenes y necesidades del hijo, no importa la distancia, edad o circunstancia en la que viva.

A medida que van pasando los años te das cuenta que en casa recibiste la primera educación. En el matrimonio recibes la segunda en la convivencia con el esposo. La crianza de los hijos, si eres flexible, tolerante, y con deseos de aprender te obligará a adaptarte y entender un tercer tipo de educación, ya que ellos, los hijos, son grandes maestros.

Y con los nietos, si mantienes los ojos abiertos y alertas recibirás la más hermosa, alegre, divertida y tierna de las educaciones que debes  aprender y disfrutar en esta vida mortal.

Soltarlos, dejarlos ir. Creo que es lo más difícil  para la madre cuando de hijos se trata. Es una disciplina diaria y un esfuerzo consciente de la voluntad.

Dicen que la mirada de los hijos siempre es una ventana abierta hacia nuestra alma. Y debe ser cierto. La forma de amar a los hijos nace de una profundidad tan inconmensurable, de un amor tan poderoso que permite a la madre olvidar lo imposible.

Renunciar a lo que otros no renuncian, perdonar lo que otros no perdonan, aceptar lo que los demás no aceptan, mirar de frente y sin temor lo que sería (si no fuera por el hijo) intolerable. Todo y por la única razón de que se trata del fruto de sus entrañas.

Dice el Santo Padre que ser madre “es también una elección de vida”, la de “dar vida”. Porque los hijos no son una respuesta a las expectativas personales, son seres humanos. “No es importante si esa nueva vida te servirá o no, si tiene carácter, se ama a un hijo porque es hijo, no porque es hermoso o porque es de una o de otra manera”. Una sociedad sin madres sería inhumana”.

Rubrican este comentario las hermosas frases de la Madre Teresa de Calcuta refiriéndose a la maternidad y los hijos: “enseñarás a volar, pero no volarán tu vuelo; enseñarás a soñar, pero no soñarán tus sueños; enseñarás a vivir, pero no vivirán tu vida; enseñarás a cantar, pero no cantarán tu canción; enseñarás a pensar, pero no pensarán como tú… pero sabrás que cada vez que ellos vuelen, sueñen, vivan, canten y  piensen ¡estará en ellos la semilla del camino enseñado y aprendido!

¡Feliz día de las madres!

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(*) Abogada y escritora. maica482003@yahoo.com.mx

Vianey Alejandra Paulino Cuxin es editora web egresada de la Licenciatura en Ciencias y Técnicas de la Comunicación por la Universidad Interamericana para el Desarrollo (UNID). Se incorporó a la División de Medios de Grupo Megamedia en marzo de 2015.