feminicida de tahdziu

 

Jorge H. Álvarez Rendón (*)

He aquí que esta mañana me siento a escribir con la frente cruzada de recuerdos. Recuerdos de un hombre de mirada limpia y serena, como solo la tienen aquellos cuyo único atavío es el sentido del deber y el respeto a la justicia. Recuerdos de un hombre que mereció, como pocos, el nombre de maestro y se llamó Luis, aunque, para muchos, muchísimos de sus alumnos y colegas, tuviera otros, variados nombres, porque cada quien vio en él —me consta— un padre, un abuelo, un hermano en quien confiar en horas de vacilación o duda.

Recuerdo a un hombre todo espontaneidad, que extendía la mano para un saludo no solo cordial, sino comprometido con el carácter que él sabía reconocer. Un saludo caluroso, abierto a la posibilidad de cualquier diálogo; propuesto para la charla amena, refrescante, sembrada de anécdotas. Un hombre que fue, por décadas, la mente transparentemente lúcida de una escuela donde los alumnos fueron mucho más que un guarismo y un estado académico, y los maestros no tan solo los asalariados con vocación, sino los auxiliares en el riesgoso arte de la formación.

Perseverante, gozosamente dispuesto para la acción pedagógica, administrativa y de relación humana, recordamos a Luis moviéndose en el gran tablero de fuerzas con prudencia, cortesía y efectividad. Suyo era el vocablo de la concordia, el término apropiado para los acuerdos perdurables.

Supo de memoria los nombres de infinidad de niños y adolescentes cuyas fotografías y antecedentes familiares sabía atesorar, no solo en carpetas de la comunidad montejista, sino, lo que es mejor, en el inmenso archivo que hubo atrás de sus párpados de afectuoso administrador.

El sabía que —pasados los años— no hay un halago mayor que ser recordado de nombre y apellidos. Que Luis —ahora sí, don Luis— tenga la imagen del día que fuiste llevado al colegio, todo asombro, rodeado de sillares y columnas, para comenzar el redondeo de esa educación recibida en casa.

Hoy me siento a escribir con la sensación de una pérdida familiar. Quienes alguna vez recibimos la fortuna de su consejo, contemplamos su ejemplo diario, sabemos que hombres como don Luis Ramírez Rosado son dones que debemos agradecer con piadosa insistencia.

Cronista de la Ciudad

 

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