Una contienda entre dos visiones conservadoras
Juan Pablo Galicia(*)
Ésta es una respuesta al artículo “Guste o no, Mauricio será gobernador” de Antonio Salgado Borge, publicado el domingo 3 de junio en las páginas del Diario de Yucatán. A diferencia de otras respuestas que se han publicado a otras columnas, en este caso no es la intención controvertir las razones detrás del sentido que tendrá el voto de Tony.
Coincido completamente con el diagnóstico realizado por el autor de esa columna; resulta claro que la elección para gobernador de Yucatán es en realidad una contienda entre dos visiones conservadoras. La del PRI, con su candidato Mauricio Sahuí, y la del PAN, con su candidato Mauricio Vila, a quienes el autor ha englobado como “Mauricio”, debido a las similitudes que ambos presentan en temas fundamentales.
Sobra decir que, aunque sean cuatro los candidatos a la gubernatura, las opciones del PRD y Morena resultan excluidas no por su falta de oficio o por algún mal desempeño, sino por el enraizado bipartidismo que, una vez más, ha demostrado su buena salud en Yucatán. Sumado al hecho de que Joaquín Díaz Mena, cuya campaña dice que quiere derrumbar la hegemonía del PRI y del PAN, se ha convertido de facto en el mensajero de la guerra sucia contra un candidato en específico.
Dicho eso, las posturas conservadoras que Vila y Sahuí han demostrado en diversos foros es preocupante, sin duda, sobre todo para aquellos ciudadanos que en temas de Derechos Humanos, Medio Ambiente y Derechos de los Pueblos Indígenas no ven sólo un membrete, sino la posibilidad de ser reconocido como persona con plenos derechos por un Estado (con mayúscula) que sigue discriminando a la población LGBTIQ y a pueblos originarios.
Pero como decía al principio, ésta no es una respuesta que pretenda cuestionar el sentido del voto del autor, quien ha adelantado que anulará su boleta en la elección para gobernador de Yucatán, ante la imposibilidad de identificarse con alguno de los candidatos. Pues está en su derecho y nadie puede coartar el ejercicio de esa libertad.
Por el contrario, ésta es una carta dirigida a los lectores que (como el autor) consideran que ninguno de los candidatos llena sus expectativas, pero que aún no resuelven si anular su voto o darle la oportunidad a alguno de los aspirantes que aparecerá en la boleta el próximo 1 de julio.
Y lejos de ser un llamado a votar a favor o contra alguna de las opciones disponibles, es un amable recordatorio de que la elección es sólo un momento más de la democracia, pero no es “toda” la democracia. Me explico.
Reducir nuestra democracia a la posibilidad de elegir entre los candidatos a un cargo público sería igual que aceptar que como ciudadanos no tenemos nada qué decir ante los temas que son del interés de todos los que vivimos en un municipio, en un estado o en un país.
Los gobernantes electos nos representan, sí, y están investidos con la facultad para tomar decisiones en nuestro nombre, precisamente porque han resultado electos, es verdad. Pero la participación ciudadana y la democracia no se terminan ni se limitan al próximo 1 de julio. Pues un gobernante también es, en la teoría y en la práctica, alguien que debe construir su agenda de gobierno de la mano de la ciudadanía.
Sin presión de la sociedad, el gobernante puede delinear libremente sus acciones. Pero con el seguimiento de la ciudadanía, el gobernante siempre se verá en la necesidad de consensuar sus decisiones para no ser víctima de una manifestación, de una afectación a su imagen pública, o de un voto de castigo contra él y su partido en la próxima elección.
De igual modo, aunque los candidatos a la gubernatura se hubieran pronunciado claramente y en favor de los temas que ha puesto sobre la mesa el autor, no tendríamos ninguna garantía de su cumplimiento de los aspirantes. Es más, hasta existe evidencia de lo contrario.
Para la elección de 2007, la entonces candidata a la gubernatura Ivonne Ortega Pacheco prometió durante su campaña reconocer los derechos de la población LGBTIQ, logrando incluso el apoyo público de “Jacarandoso”, uno de los activistas más visibles de la causa entonces y ahora. Ya como gobernadora, Ortega Pacheco no sólo olvidó la promesa hecha, sino que operó, junto con otros actores, la reforma que mantiene —hasta hoy— a Yucatán como uno de los estados cuyas leyes discriminan abiertamente a las parejas del mismo sexo que buscan contraer matrimonio.
Además, no hay que olvidar que en un contexto donde se combina el bipartidismo con una contienda cerrada, todos los votos cuentan. Y que los partidos políticos no sólo buscan convencer a sectores de la sociedad mediante las campañas, sino que también preparan una estructura de movilización del voto que, por más indignante que resulte, les funciona y les funcionará una vez más durante esta elección. Y que mientras menos votos válidos haya en las urnas, mayor peso tendrán los votos que se emitieron bajo la presión de estas estructuras.
En suma, es evidente que no tenemos un escenario ideal. Es claro que por el miedo a perder votos de un amplio sector conservador han callado de manera estratégica e incluso se han pronunciado a favor de estas mismas posturas conservadoras. También lo han hecho respecto de otros temas igual de apremiantes y eso, sin duda, desanima como votante.
Pero la elección del 1 de julio no es el final del camino ni un cheque en blanco para entregarle a ciegas al candidato que resulte ganador. El día de la elección es realmente el inicio de un trabajo duro que, como ciudadanía, tenemos la obligación de afrontar.
Es el compromiso de que no se vota por alguien que decidirá todo, sino que se vota con quien queremos dialogar, argumentar y polemizar durante los próximos seis años, para que la agenda de todas y todos esté presente en el próximo gobierno.
Ésa y no otra es la verdadera elección.— Mérida, Yucatán.
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@jpgalicia
Politólogo por la UNAM, analista político y profesor en la Universidad Modelo
