El oficio de incordiar
José Rafael Ruz Villamil (*)
Hay un nexo existencial entre Jesús de Nazaret y Juan el Bautista expresado en el interés de los cuatro Evangelios por ocuparse de este último: la calidad y la realidad de profetas compartida por ambos, entendiendo como profeta, en el horizonte bíblico, a quien habla en nombre del Yahvé de Israel. Y es que, en la Palestina del primer tercio del siglo I, la aparición del Bautista, con todos los rasgos que lo definen como un profeta, trajo consigo toda una conmoción socioreligiosa en tanto que el profetismo había sido como extinguido por las instituciones de la Ley y Templo. Vale subrayar que Jesús participó del consenso para avalar a Juan como profeta no sólo sometiéndose al bautismo predicado por él, sino como continuando la praxis que el Bautista iniciara: “Después que Juan fuese entregado, marchó Jesús a Galilea; y proclamaba la Buena Nueva de Dios: ‘El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios ha llegado; conviértanse y crean en la Buena Nueva’”.
Y aunque la propuesta de conversión en la predicación del Bautista está orientada a librarse de un juicio inminente y fulminante de Dios, mientras que para el Galileo la conversión es como la llave de acceso al Reino de Dios, es, precisamente, esta misma propuesta de conversión lo que une a Jesús y a Juan en su calidad de profetas. La conversión, pues, como un cambio de la manera de pensar y de ser, viene a ser como la plataforma donde se asienta la esperanza que ofrecen tanto el Bautista como el Galileo; una esperanza en un futuro inminente en el que la paz, la justicia, la igualdad y la dignidad humanas, el bienestar, la reconciliación del hombre consigo mismo y con los otros seres humanos, con el entorno ecológico y más, no están sujetas a instituciones —tales como el sistema económico, la conformación de la sociedad, la estructura política— sino fundadas en la realidad trascendente y estable de Dios como Creador.
La conversión, entendida como la capacidad de detenerse, reflexionar, analizar y decidir para corregir el rumbo del camino tomado con referencia en una instancia crítica con valores objetivos, es una posibilidad antropológica necesaria en todo itinerario humano. Y es que dado que el hombre no es un ser acabado sino una realidad en cambio continuo, vive el camino a la adultez en el dialéctica del acertar o equivocarse; con todo y a su vez, esta experiencia de contraste se traduce en una de las realidades humanas más dramáticas: el desgarramiento entre deseos contradictorios que dispersan y, al mismo tiempo, la necesidad intrínseca de concentrar el tiempo y el espacio personal en un punto que unifique el pensamiento, la actividad y la existencia en la coherencia de un sólo sentido existencial.
Vale añadir que el ser humano no experimenta el desgarramiento únicamente como disyuntiva entre el bien y el mal —esto ya resultaría bastante llevadero—, sino ante una multiplicidad de opciones que no parecen tener un signo definido. De este modo la conversión —el cambio radical con base en una referencia exterior a sí mismo—, resulta una necesidad psicológica para acceder a la estabilidad en tanto que la unificación de los deseos elimine, o cuando menos disminuya, la fragmentación provocada por un cada vez más atomizado entorno social, económico y religioso, y, correlativamente, poner las condiciones para abrirse a la esperanza.
La simpatía que Jesús tuviera por Juan queda consignada en el elogio que el Maestro hiciera del Bautista: “¿Qué salisteis a ver en el desierto? ¿Una caña agitada por el viento? ¿Qué salisteis a ver, si no? ¿Un hombre elegantemente vestido? ¡No! Los que visten magníficamente y viven con molicie están en los palacios. Entonces, ¿qué salisteis a ver? ¿Un profeta? Sí, os digo, y más que un profeta”. Pero más que la simpatía, resulta importante la comprensión que Jesús tuvo del Bautista como el eslabón indefectible para la continuidad entre su praxis y la historia de Israel, en cuanto que la presencia del Padre en la historia —tal como Jesús la anuncia— coincide con la historicidad del Yahvé de Israel en el devenir de su pueblo como factor único de esperanza.
Así lo entendió el mismo Jesús de Nazaret: “La Ley y los profetas llegan hasta Juan; a partir de ahí comienza a anunciarse la Buena Nueva del Reino de Dios…”. Así lo entendieron sus discípulos al recordar el nacimiento y la infancia del último profeta de Israel al inicio del Evangelio de Jesucristo.— Mérida, Yucatán.
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Presbítero católico
La conversión viene a ser la plataforma donde se asienta la esperanza que ofrecen tanto el Bautista como el Galileo
