El oficio de incordiar

José Rafael Ruz Villamil (*)

Habían participado del banquete que Jesús de Nazaret ofreciera a una multitud que iba tras él; un banquete modesto —panes de cebada y pescados en salazón— pero abundantísimo: como los hombres libres de entonces se habían recostado para comer y no sólo se habían saciado, sino que los restos fueron bastantes. Los vientres satisfechos de quienes muy probablemente se mantenían a nivel de subsistencia permitieron que los ánimos se exaltasen y, en un intento de algarada, intentaran tomar a Jesús por la fuerza para hacerlo Rey. El Galileo, desde luego, huyó, no sin antes obligar a sus discípulos a que se marchasen.

¿Vinieron acaso a la mente de aquellos galileos algunas costumbres de la Roma contemporánea? Y es que, según narra Juvenal, hacia el 140 a. C. algunos políticos romanos encontraron que regalar comida barata y algún entretenimiento a la plebe que, por cierto, había olvidado su derecho a participar en la vida política, venía a resultar una forma sencilla y eficaz de acceder y controlar el poder: se dice que Julio César regalaba o vendía a muy bajo costo trigo que beneficiaba a un mínimo de 200,000 ciudadanos romanos. Se trata, pues, de políticas populistas que resuelven problemas reales, sí, pero momentáneamente y a costa de la dignidad y la autonomía de los favorecidos.

Así y como sigue relatando el capítulo 6 del evangelio de Juan, al menos una parte de la multitud saciada y entusiasmada emprende la búsqueda del Maestro hasta encontrarlo en Cafarnaún, donde éste la recibe con un reproche: “En verdad, en verdad les digo: ustedes me buscan, no porque han visto signos, sino porque han comido de los panes y se han saciado. Obren, no por el alimento perecedero, sino por el alimento que permanece para vida eterna, el que les dará el Hijo del hombre, porque a éste es a quien el Padre, Dios, ha marcado con su sello”. Y es que Jesús nunca estuvo en modo alguno por el asistencialismo: es recurrente, particularmente en la tradición sinóptica, que después de hacer un signo o un hecho de poder a favor de algún enfermo o excluido le dijese: “Tu fe te ha salvado”, como queriendo que su rehabilitación fuese no sólo física o sociorreligiosa, sino también psicológica, haciendo consciente al beneficiado de su propia capacidad de enfrentar y resolver su situación de calamidad.

Correlativamente y en relación con el signo de los panes y los peces, el Maestro, si bien vino a dar solución inmediata a una situación en cierto modo crítica, intentó, como siempre, darle una calidad precisamente de signo, esto es, de una referencia que llevase a quienes lo experimentaron a una profundización del hecho en sí. En este sentido y primeramente, a comprobar que las así llamadas leyes de la economía no son para nada ineluctables: argumentar que el alimento es escaso y la gente es demasiada es, para Jesús de Nazaret, totalmente falaz: así lo mostró al introducir a Dios en lo aparentemente poco y, sobre todo, en el partir y compartir sugiriendo que en una sociedad organizada como fraternidad nadie ha de pasar necesidad.

Pero el signo va más allá: en su reproche, el Maestro quiere que los ya saciados dejen, más aún, desafíen la inmediatez del materialismo como limitante que envuelve toda la existencia humana para remontarse a la conciencia de lo trascendente. Y es que, como afirma el libro del Deuteronomio: “… no sólo de pan vive el hombre, sino que el hombre vive de todo lo que sale de la boca de Yahvé”, sin más que el Yahvé de Israel habla y se manifiesta desde entonces en lo que sale de la boca del Galileo, y, como más adelante desgranará el evangelio de Juan, desde que el Galileo se hizo presente en la historia —y continúa en ella como el Resucitado— el hombre tiene la posibilidad abierta de vivir del mismo Jesús de Nazaret.

Es así que en el horizonte de la fe cristiana, el creer en Jesús de Nazaret no sólo teniendo por cierto cuanto lo que en relación con él resulta indemostrable, sino también como adhesión al Galileo como Maestro inseparable de la causa por la que vivió, murió y resucitó, resulta para el ser humano la mejor posibilidad —la única, para muchos— de acceder a una vida plena y llena de sentido.

Todo lo arriba expuesto no deja de contrastar patéticamente con una búsqueda de Jesús utilitarista que, generalmente, se traduce en arribismo dentro de la dimensión de la materialidad.— Mérida, Yucatán.

ruzvillamil@gmail.com

Presbítero católico

 

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