El cumpleaños del Diario

Roger Antonio González Herrera (*)

En la casa, durante mi infancia, el Diario de Yucatán era un miembro más de nuestra numerosa familia.

Siempre estaba presente en la sala o en el mostrador de la tienda de abarrotes de mis padres.

En esos maravillosos años, crecimos entre juegos en la calle y en aventuras fantásticas en el enorme patio de la casa. La banca de madera de la tienda “El Rosario” era el lugar favorito de entrañables vecinos que en las tardes, después de la jornada laboral, acudían a tomar su refresco o a comprar el sagrado pan vespertino. En la noche, la calle se llenaba de algarabía y el poste de luz de la esquina se convertía en la “base” para el juego de “busca ” y, de cuando en cuando, se armaban los equipos adolescentes para los juegos de “caza venado” o futbolito.

La vida en el pequeño pueblo de mi infancia transcurría apacible y sin grandes preocupaciones. Recuerdo que el “periódico”, como familiarmente llamábamos al Diario, pasaba de mano en mano y era leído por no menos de 10 personas al día (quizá hasta me quedo corto en mis estimaciones), entre miembros de la familia y clientes de la tienda; mi padre solía leerlo completito en las noches, después de cerrar las dos enormes puertas de madera y de la primera página a la última. Grabado tengo en la memoria esa imagen del periódico extendido en el mostrador y a mi papá atento en su lectura.

El sacerdote de mi pueblo era también lector consuetudinario del Diario y, regularmente, nos arengaba a leerlo porque era la mejor y más eficaz vía para obtener “cultura”.

El “periódico” nos contaba lo que pasaba en el mundo, nos transportaba a países lejanos y su sección cultural e infantil de los domingos era esperada con entusiasmo por muchos de nosotros. Pero también, nos informaba del despertar cívico de los meridanos a finales de la década de los años ochenta y de los principales acontecimientos de los pueblos del interior del Estado.

Otros elegían religiosamente la sección deportiva para enterarse de las hazañas en las grandes ligas de Fernando Valenzuela y, los más chismosos, devoraban la “sección de policía”.

Años después, el “periódico” fue una especie de herramienta del pueblo ya harto de los gobiernos autoritarios y de las imposiciones arbitrarias de los políticos de esos años. La gente usaba el Diario de Yucatán para denunciar la falta de servicios, las injusticias y para exigir y llamar la atención de las autoridades de otros niveles de gobierno.

El periódico cumplía un papel fundamental en la sociedad, como medio independiente y plural, daba voz a los que no tenían voz y su influencia era demoledora y eficaz para lograr cambios sustanciales.

Los caciques de los pueblos de esos tiempos le tenían pavor a las publicaciones del Diario y, regularmente, se veían en la necesidad de rectificar sus malas decisiones por la presión pública y publicada.

En ese contexto, fue un gran privilegio y logro personal ser admitido como colaborador del Diario de Yucatán y ver publicados, por primera vez mis escritos hace 26 años en la página editorial de la Sección Local (en el mes de junio de 1993). Un privilegio inmerecido, pero que asumo con honestidad y compromiso.

En el cumpleaños 94 del Diario y, sintiéndolo como parte de la familia, quiero agradecer cariñosamente al “periódico” todos estos años en los cuales me ha admitido en sus páginas y reconocer el gran aporte que ha realizado, en más de nueve décadas, para hacer de Yucatán un lugar más civilizado y feliz.— Mérida, Yucatán

rogergonzalezherrea@yahoo.com.mx

Director del Consejo Estatal de Población (Coespo)

 

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