Zandudisi
Laura Casares (*)
En una vivienda maya de forma ovalada, construida por varas de madera de bajarete; quizás cortadas cinco días antes o después de luna llena para evitar que se apolillaran, perfectamente cubiertas con barro, techada a dos aguas con hojas de palma de huano, sin ventanas, con una puerta delantera y otra trasera.
La casa rural maya es un hogar multifuncional, y según el horario, es dormitorio, comedor e incluso adoratorio, esta casa fue cuidadosamente construida por el esposo de la dueña, porque en la puerta delantera entran los rayos del sol de la mañana, y por la puerta trasera se veía el atardecer del mar, y junto a la casa un columpio.
Al caer la tarde, la mujer que vivía ahí, ya sola, viuda, en avanzada edad, se sienta en el columpio junto a un enorme árbol de ceiba (ya’axché) a ver la caída del Sol, dulcemente agotada, sin fuerzas y queriendo descansar viendo el mar con los tonos rojizos del cielo por el atardecer, quiere decirle a su esposo, un hombre de mar, que pronto estarían juntos otra vez.
Y así fue, esa misma tarde, Zandudisi la aluxita de la península de Yucatán, hecha de barro y miel, quien tenía la costumbre de ir a visitarla regularmente, era considera por la señora como una hija, observó como de su cuerpo, se desprendió la identidad anímica (corazón sagrado), es decir, el espíritu y el alma.
Zandudisi tenía muy presente que dentro de la cultura maya la muerte es considerada una bendición de la naturaleza, y al morir el espíritu (corazón sagrado) está presente, y es hasta los tres días se daba cuenta que ya no pertenecía a este mundo y no abandonaba la casa hasta siete semanas en que se ausentaba definitivamente (1).
Siendo así, Zandudisi acompañó a la mujer, en la coincidencia de la venida de la tradición del Hanal Pixán (comida de las ánimas) y decidieron juntas cocinar lo que para algunos es el antecedente del pib.
Y así fue, como prepararon el tuti-huaj con la pepita pequeña de la calabaza blanca, una capa de tortilla cubierta de pepita y otra capa se cubre con frijol, hasta llegar a nueve capas, nueve niveles del inframundo. (2)
Pusieron juntas el altar de Hanal Pixán, el mantel blanco, la cruz verde de ya’axché, las flores de cempasúchil, la fotografía del señor de la casa, junto a una copa de tequila blanco, las velas blancas y el incienso que guía las almas de los difuntos.
Ya todo listo, surgió del mar, su esposo guiado por los olores del altar, llegó para darle un beso a su esposa, y juntos disfrutaron de la comida.
El Hanal Pixán es una fiesta de tres días y fue hasta la noche del 2 de noviembre, quienes pidieron permiso al gran árbol maya ya’axché de regresar al mar.
Zandudisi ya había enterrado el cuerpo de la anciana, mujer eternamente enamorada, en el patio de aquella casa de huano, junto a un columpio, resguardados por las ramas de ya’axché.— Mérida, Yucatán
1 y 2 Ah Canul: Luis Humberto Chi Cohuó.
lalucasares2003@yahoo.com.mx
Miembro de la Asociación de Comunicadores y Emprendedores, A. C., y maestra de la UNID
