Editorial

El Macay en la cultura

Rafael Alfonso Pérez y Pérez (*)

Es común que nos encontremos con expresiones espontáneas que nominen a las personas como artistas o que los productos de su creatividad sean considerados como obras de arte, sin entender plenamente qué es una obra de arte.

Esta cuestión se ha tratado de analizar a través de los siglos y nos ha llevado al cuestionamiento sobre la creación artística y qué productos estéticos se pueden considerar en este rango, diferenciándolos de otros como la artesanía y el diseño. Tal vez su no-definición se deba a la complejidad que implica categorizar un trabajo como tal (arte) y ubicarlo de forma asertiva dentro de algunas nominaciones establecidas dentro del rango de las conocidas “bellas artes”.

Si bien los linderos de la creatividad han cambiado a lo largo del tiempo, y es importante señalar que para renombrar otras categorías que parecían menospreciadas frente al denominado campo artístico, otras producciones humanas importantes para el conocimiento se han redefinido como arte popular, artes aplicadas, artes industriales, artes decorativas, etcétera.

Lo cual indudablemente ha complicado aún más esta diferenciación estética y los límites entre una y otra actividad, haciendo que se busquen en la actualidad las enunciaciones a partir de la autodeterminación del creador o del productor, o sea, artistas, artesanos, orfebres, diseñadores, etc.

En este sentido, podemos decir que una obra de arte es el resultado del trabajo y la creatividad de los artistas. Sin embargo, el arte va más allá de esta mera relación productor-obra, ya que la misma debe trascender la territorialidad y el tiempo, así como poseer ciertos atributos que la definen como “arte” y que la diferencian de otras expresiones creativas, ya que se tratan de construcciones históricas y sociales con valores trascendentales de la civilización humana, tanto en lo estético como en el campo de lo simbólico.

La búsqueda de un concepto que se complica mucho más si nos basamos en la raíz etimológica, la cual nos lleva al término latino de ars (o del griego téchne o tekné) que se refiere a la técnica o habilidad para producir un objeto. Por lo que no basta decir que el concepto de arte sentó sus bases más firmes hasta el siglo XV, durante el Renacimiento, período en que por fin nuestro saber nos permitió distinguir por primera vez entre el artista y el artesano, la artesanía y las bellas artes, la producción múltiple y la pieza única.

Por lo cual también es difícil buscar una concepción que englobe con toda certeza qué es una obra de arte; esto nos lleva a pensar en un conjunto de disciplinas regidas por criterios estéticos, simbólicos, contextuales, únicos e individuales y, en ocasiones, irrepetibles para el saber humano, mismos que encuentran un eco en la sensibilidad del espectador. Una obra de arte es entonces el resultado del trabajo y la creatividad de los artistas y, por lo tanto, un producto que transmite una idea o expresión sensible, marcada por el estilo personal.

No obstante, su valía y trascendencia es tema de estudio de otras disciplinas del conocimiento como la estética, la semiótica, la historia del arte, etc., y permiten a los teóricos (críticos de arte, curadores, historiadores, etc.) determinar la importancia y los criterios de validez universal, fundados a partir del llamado “juicio estético”, el cual debe asumir como base fundamental la experiencia frente a la propia obra, su poder identitario que nos lleva a su objetualización para ser captada por la sensación y la percepción humana.

Director del Museo Fernando García Ponce-Macay.

 

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