Memoria y gratitud
Ligia Beatriz Durán Cáceres (*)
Flores rojas en la solapa atraen mi atención una tarde de noviembre. Intercambio miradas con un veterano impecablemente ataviado.
Anochece y numerosas personas se detienen junto a aquel soldado que sostiene una cajita de flores artificiales en la puerta de un supermercado.
Observo mientras una mujer le entrega unas monedas y dos simples palabras: “Thank you”, le dice, y él sonríe con la fragilidad de sus años mientras le coloca una amapola de papel en el abrigo. Esas flores rojas son símbolo de memoria y gratitud.
El 11 de noviembre Canadá y otros países recuerdan a miles de hombres y mujeres que han participado en operaciones militares desde la I Guerra Mundial hasta hoy, incluyendo también a sus numerosas fuerzas de paz.
La fecha tiene un importante simbolismo pues fue el dia 11 del mes 11 a las 11 de la mañana que en 1918 se acordó el fin de esa primera guerra donde más de 60 mil soldados canadienses perdieron la vida. Muchos de ellos fueron ciudadanos comunes, respondiendo a una causa más allá de sus fronteras.
El día se marca con varias ceremonias, siendo quizás la más emotiva la que se realiza en el monumento nacional a la guerra en Ottawa, donde se rinde tributo a quienes murieron en servicio, se honra a los sobrevivientes y se reconoce el sacrificio de sus familias.
Es fácil referenciar un conflicto armado como simple lección de historia cuando no se ha vivido en primera persona. Son las voces de la guerra el recordatorio más poderoso de la carga humana que se atrinchera en una batalla, como demostró John McCrae, médico de las fuerzas canadienses, al narrar esa realidad durante la batalla de Ypress (Bélgica, 1915) en su famoso poema bélico “En los Campos de Flanders” (In Flanders Fields).
Testigo de los horrores del conflicto, McCrae describe cómo las amapolas florecen en el campo de guerra, entre las cruces que marcan las tumbas de los caídos, en medio del trinar de alondras y el ruido de cañones.
“Somos los muertos”, dice el poema, “días antes vivimos. Sentimos el amanecer. Vimos el brillo del ocaso. Amamos, fuimos amados…”
Las breves estrofas resuenan cada 11 de noviembre.
El contraste entre la muerte y la fuerza imbatible de la vida, representada en el florecer del campo de batalla y el canto de las aves, encierra un mensaje de esperanza.
Vida que da vida. Vida que renace. Sus palabras se convirtieron en vehículo para ilustrar la realidad terrible de la guerra e hicieron que una humilde flor silvestre, la poppy ó amapola campirana, común y corriente en los campos de Bélgica y Francia, se convirtiera en un poderoso símbolo para jamás olvidar.
Dos mujeres, Moina Michael (USA) y Anne Guérin (Francia), inspiradas por el poema, iniciaron un movimiento para hacer de la flor un emblema que la Legión Americana adoptaría oficialmente en 1920, seguida por Gran Bretaña, Canadá y Francia.
Desde entonces, en días previos al 11 de noviembre, las amapolas artificiales florecen en las solapas de militares y ciudadanos comunes como respetuoso homenaje.
La Legión Canadiense sugiere portarlas en la solapa izquierda, cerca del corazón y depositarlas después en algún monumento. Los donativos se destinan a programas de apoyo para combatientes y sus familias.
Flores rojas en la solapa me llevan a decir: “Gracias”. El sonríe mientras coloca una amapola roja en mi abrigo. Yo pienso en la guerra. En todas las guerras.
Y comprendo que esas flores son símbolo de memoria y gratitud. Memoria, para no olvidar las consecuencias de la guerra. Gratitud, para apreciar la paz.— Mérida, Yucatán.
bea.duran@hotmail.com
@ParaMéxicoConAmor
Licenciada en Comunicación por la Universidad del Mayab y Especialización en Relaciones Públicas por Ryerson University
