Editoriales

Campañas electorales

Por José Antonio Gutiérrez Triay (*)

“Con el tiempo todo pasa. He visto, con algo de paciencia, a lo inolvidable volverse olvido y a lo imprescindible sobrar” —Gabriel García Márquez

Los naipes para este juego son de poco valor. Así resulta, es muy pobre la oferta que ofrecen los partidos políticos para la próxima elección, aunque se le presuma como la mayor de la historia.

Se acrecienta el número de candidatos y partidos políticos, eso sí, pero son de baja ralea, unos malos y otros por conocer, cualificados por la falta de credibilidad del menjurje ideológico en el proyecto político que representan.

La democracia no es la panacea que se esperaba desde que nos la enseñaron en la vida escolar en sus diversos conceptos, aunque sin duda son peores las dictaduras.

Cuando el antiguo partido hegemónico en México dejó de serlo, por su divorcio con las causas populares y por abanderar una ya muy lejana revolución que las nuevas generaciones no sintieron más que en las Historia de Bronce, y, además, con la apertura política a la que se vieron obligados aquellos revolucionarios que se bajaron del caballo para subirse al Cadillac, vimos al iniciar un nuevo milenio que la oposición legal y tradicional obtuvo la presidencia de la república, algo inimaginable apenas unos cuantos años antes.

El primer gobierno diferente fue encabezado por un boquiflojo, fanfarrón, como personaje de película ranchera mexicana de la llamada época de oro. Le quedó grande el puesto, nos salió a deber, y mucho. Calderón, el segundo, fue un explosivo ególatra que se sentía “sobrado”, tampoco pudo y sigue con sus berrinches.

Volvieron los viejos “revolucionarios” con el argumento de que ellos sí sabían gobernar. Los poco ingenuos electores, pronto entendieron su error.

De nuevo el PRI en el poder, con el “Nuevo PRI”. Inició con las reformas constitucionales consensuadas en los círculos intelectuales y claustros universitarios del extranjero, pero con insensibilidad social. El bolsillo de las clases populares cada vez aparecía más empequeñecido, la falta de oportunidades se incrementó y la brecha social se hizo mayor, amén de que impunemente la corrupción recomenzó a cabalgar. Esto no significa que los gobiernos panistas la hubiesen abatido, se les señaló públicamente que habían sido corruptos, solo les faltaban las oportunidades para demostrarlo.

Mismo defecto

Mientras tanto, cuchillito de palo, poco a poco, un candidato que pregonaba la esperanza, logró venderla y venció con contundencia en las elecciones. Advertía que el péndulo del reloj de la historia se había varado en la derecha y ofrecía aceitar los mecanismos para hacerlo funcionar en una convivencia pacífica, renovadora, respetuosa de la pluralidad, de los derechos humanos en consonancia con los sociales. Algo harto difícil de lograr.

Casi a mitad del sexenio la vida sigue igual y, sin querer queriendo, les pega a los pobres con sus unilaterales decisiones. Se siente infalible. Padece del mismo defecto que Fox: su verborrea. Sin resultados tangibles y con una pandemia galopante, cuya atención deja mucho que desear desde un gobierno central, llegaremos a un nuevo proceso electoral sin atisbo de la buena esperanza.

Cierto, aún es fuerte el presidente, sus medidas populistas le otorgan buena percepción entre las clases populares. Es probable que obtenga nuevamente la mayoría en el legislativo y con eso se pone en riesgo la división de poderes tan necesaria para la vida democrática, al menos en su concepto occidental.

La oposición no presenta buenas cartas, son los mismos cartuchos quemados de siempre, acomodaticios, camaleónicos, en ocasiones a través de interpósitas personas.

En el realismo ingenuo, las cosas son exactamente como las percibe cada persona, esto lo saben muy bien los publicistas expertos en marketing electoral que nos abruman desde los espacios oficiales con su propaganda.

¿Por quién votar? Esa es la cuestión.— Mérida, Yucatán.

pepetong@hotmail.com

Docente

 

 

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