De la asimetría interplanetaria
Los seres humanos no estamos solos en el universo. En este siglo conoceremos, finalmente, la existencia de vida extraterrestre.
Esta no es una afirmación hecha a la ligera. Importantes nombres relacionados con la astrobiología, la física teórica, la astronomía o la astrofísica comparten esta idea.
Gracias al estadio que ha alcanzado nuestro desarrollo tecnológico, la idea de que éste será el siglo en que haremos contacto ha dejado de ser material exclusivo de charlatanes pseudocientíficos para formar parte de un creciente consenso fundado en el conocimiento.
Y es que ahora sabemos que existen miles de millones de planetas con condiciones potenciales para la vida solo en nuestra galaxia —la Vía Láctea—. La duda no es entonces si se producirá alguna señal que indique que no estamos solos, sino la forma y el momento en que ocurrirá la comunicación que esta implica.
Algunas personas expertas piensan que esto sucederá primero a través de marcadores de vida que observaremos en otros planetas gracias a nuestras sondas o telescopios, mientras que otras consideran más probable que será mediante señales enviadas intencionalmente de un lado u otro.
Pero una diferencia fundamental separa a ambas posibilidades. La primera implica que seremos los seres humanos quienes descubriremos vida en otros planetas; la segunda abre la puerta a que nosotros seamos los descubiertos.
Una importante controversia se ha generado alrededor de la segunda de estas posibilidades. Supongamos que los seres humanos enviamos una señal en busca de establecer contacto con otra civilización o que contestamos alguna “llamada” entrante.
Dado que existe una altísima posibilidad de que existan civilizaciones con un desarrollo tecnológico superior al nuestro, el anuncio de nuestra existencia abre la puerta a que seamos visitados.
En este punto no hay mayor polémica. Sin embargo, una fuerte controversia surge cuando se discute la conveniencia de anunciar nuestra presencia en ese contexto. Dos lecturas principales han sido defendidas públicamente.
Por una parte, hay quienes, como el reconocido físico Michio Kaku, adoptan una lectura pesimista y afirman que enviar mensajes a civilizaciones en otros planetas sería el error más devastador en la historia de la humanidad.
El argumento detrás de este fatalismo es la siguiente. Como hemos visto, si logramos contactar una civilización y ésta puede visitarnos, seguramente tendrá un desarrollo tecnológico muy superior al nuestro. Pero entonces esa civilización muy probablemente no vendrá a dialogar, colaborar o a ayudarnos. Lo hará para colonizarnos, explotar nuestros recursos o esclavizarnos.
Quienes señalan esta posibilidad acuden a la historia de la humanidad para respaldar su premisa pesimista. Esto es lo que ha ocurrido cada vez que civilizaciones en etapas de desarrollo tecnológico asimétricas se encuentran. Por ende, esperar algo distinto sería ingenuo y suicida.
En esta lectura, enviar nuestra señal es suicida porque quienes puedan leerla y visitarnos, nos concebirán, si bien nos va, como los europeos colonialistas entendieron a los africanos o a los pueblos originarios del continente americano: como seres cuya mano de obra puede ser utilizada para extraer nuestros propios recursos y ponerlos en sus arcas.
Si mal nos va, nos verán como los seres humanos vemos a otros animales, incluyendo primates. Esto es, como alimento, daños colaterales en el proceso de explotación de recursos o como especímenes simpáticos que pueden adornar casas o zoológicos.
Si peor nos va, nos tomarán como nosotros tomamos a los insectos o, de plano, a elementos inorgánicos; es decir, nos pisarán por molestos o nos harán a un lado con indiferencia al momento de hacer lo que dispongan con nuestros recursos.
En cualquier caso, la llegada de la civilización que contactemos implicaría el fin de la humanidad como la conocemos.
La lectura pesimista choca con la lectura que adoptan quienes defienden nuestra búsqueda de contacto argumentando que esto puede traer enormes beneficios y evitar costos muy altos.
Quienes sostienen esta lectura optimista recurren a dos grupos de elementos en su defensa.
En primer lugar, si todas las civilizaciones adoptaran la versión pesimista, entonces los seres inteligentes en el universo evitarían mandar señales buscando establecer contacto extra planetario. Pero entonces cada civilización estaría condenada a vivir aislada y desconectada de las otras ad infinitum.
Esto tendría un costo alto para la humanidad, pues perderíamos una oportunidad sin precedente de aprender de civilizaciones más avanzadas o de que éstas nos ayuden a lidiar con nuestros problemas más urgentes.
En segundo lugar, los defensores de la versión optimista indican que es falso que el envío de señales represente un acto peligroso.
El argumento es que de cualquier forma los seres humanos llevamos millones de años haciendo nuestra existencia perceptible desde afuera de nuestro planeta. ¡Incluso hemos transmitido señales que revelan que somos inteligentes, como una grabación de “I Love Lucy”! En consecuencia, enviar nuevos mensajes no implicaría riesgo adicional alguno.
Además, enviar constantemente nuevos y mejores mensajes podría representar un seguro de vida para la humanidad. La idea aquí es que civilizaciones más avanzadas tendrían más contemplaciones con seres que se muestran inteligentes capaces de dialogar que con unos brutos enclaustrados.
De acuerdo con el argumento optimista, el envío de mensajes buscando establecer contacto sería entonces positivo, conveniente e incluso necesario.
Aunque el argumento pesimista y el argumento optimista son útiles para fines analíticos, encasillar en éste la discusión sobre el posible contacto con otras civilizaciones puede ser simplista y contraproducente.
Me parece que, para determinar qué debemos hacer, lo más conveniente es trascender el enfoque basado en polos antagónicos y tomar con seriedad ambos argumentos.
Por ejemplo, están en lo cierto los optimistas cuando afirman que está fuera de nuestras manos si otras civilizaciones son colonialistas, nos conciben como mano de obra, como alimento o como basura. El hecho de poder comunicarnos con mejores aparatos o que podamos mandar mensajes más articulados probablemente no cambiará gran cosa la forma en que seremos enfocados. También aciertan cuando aseguran que tarde o temprano seremos identificados por nuestras señales pasadas —si no es que ya lo hemos sido—.
Pero tienen también razón los pesimistas cuando afirman que los mensajes que se pueden enviar con la tecnología actual son muy superiores y deben ser tratados con cuidado. No es lo mismo mostrarnos por signos como nuestro impacto en la atmósfera o una transmisión con un alcance sumamente limitado que mandar una comunicación capaz de llegar a lugares donde es muy probable que existan civilizaciones avanzadas.
Es decir, existen distinciones finas que ninguna de las dos lecturas termina de capturar con la precisión deseable. Y estas distinciones son necesarias para analizar todas las implicaciones de lo que está en juego en este debate.
A ello hay que sumar que estas lecturas tienden a enfocar parte de su atención en asuntos incontrolables.
Por los motivos aquí discutidos, disimular nuestra existencia parece una empresa imposible y sin mucho sentido. Pero la humanidad tampoco puede controlar la naturaleza de otras civilizaciones ni el hecho de que éstas sean exponencialmente más avanzadas que la nuestra.
Lo que sí está en nuestras manos es el establecimiento de criterios y regulaciones globales para determinar qué mensajes vamos a comunicar hacia fuera del planeta. También depende de nosotros decidir y regular quiénes estarán a cargo de transmitir nuestras comunicaciones.
Y es que gobiernos, empresas o individuos con recursos podrían buscar avanzar sus propias agendas aun si éstas implican poner en riesgo a otros seres humanos. Y, si la historia de la humanidad nos sirve de guía, eventualmente habrá quienes buscarán hacerlo poniéndose al servicio de posibles excursiones colonialistas. No es lo mismo enviar una grabación “I Love Lucy” como señal de nuestra existencia que mandar mensajes articulados con propósitos específicos.
Si los criterios que están en nuestras manos no nos salvarán de una potencia interplanetaria colonialista, tampoco nos garantizarán la intervención semi-divina de civilizaciones más avanzadas. Pero sí nos ponen en la mejor posición que puede ser alcanzada con nuestros recursos actuales.
Nos guste o no, a eso es a lo que podemos aspirar en este momento. No es poca cosa, considerando lo que está en juego.— Edimburgo, Reino Unido.
asalgadoborge@gmail.com
Antonio Salgado Borge
@asalgadoborge
Doctor en Filosofía (Universidad de Edimburgo)
