Conocí y “disfruté” lo más negro del relleno negro

lunes, 18 de octubre de 2021 · 22:27

Por Jorge Álvarez Rendón (*)

Hará aproximadamente cinco meses, uno de mis amigos, periodista y asiduo investigador, me invitó a almorzar en Tutul Xiu, un restaurante de comida tradicional ubicado en el sur de la ciudad, ahí por un fraccionamiento que lleva el nombre de uno de mis tíos, el buen don Serapio.


En ese lugar yo comí el afamado poc chuc, con sus tortillitas hechas a mano, la cebollita roja, la naranja agria, la salsa de tomate aplastado con un poco de cilantro…. y mi amigo pidió relleno negro. Como observó que yo hacía muecas cuando trajeron el enorme y suculento plato de pavo, me preguntó la razón y le respondí que a causa de un recuerdo desagradable.


—¿Cuál es?— indagó con curiosidad y le expliqué enseguida que cuando ya terminara de comer, al rato, a la hora del postre, del pastel de coco o el queso napolitano, si todavía le interesaba, se lo contaría con gusto. Pero hasta entonces…


Como una hora más tarde, mientras fumaba un cigarro sin filtro, mi amigo insistió. Quería conocer aquella experiencia desagradable vinculada de alguna manera con el relleno negro, así que debí revivir la vieja anécdota. A Dios le pedí paciencia y a la mesera un vaso de agua con bicarbonato de sodio… y adelante cual valiente.


En mayo de 1961, su servidor apenas iba a cumplir los 15 años de edad. Estudiaba secundaria y oía rock por la radio porque la televisión aún no llegaba a estas tierras. “Perro lanudo déjame estar a solas con mi novia…”. También leía un poco novelas de aventuras y policíacas, vidas de santos, la pequeña Lulú. Me gustaba mucho ir al cine, sobre todo en las funciones de la tarde… Un estudiante con credencial pagaba un peso, 25 centavos.


Uno de tantos días llegó a mi casa, corriendo y sudoroso, mi buen amigo Emilio Esparza, a quien todos llamábamos Patín únicamente porque tenía uno con el que recorría velozmente las calles de la Mayapán, colonia famosísima en ese entonces por sus bandas de chicos golpeadores.


—¿Qué onda, Patín, qué te apura?
—Balito, no seas malo. Acompáñame a Sotuta. Se acaba de morir mi tío Fermín y no quiero ir solo.
—Hasta Sotuta.
—Dale, no seas chiva.
—Vale grillo, está re lejos. ¿En qué vamos a ir?
—En tren, Balito, en tren. Sale a las doce.


¿Cómo se le dice que no a un amigo que siempre me invitaba a las chelas y me pasaba teléfonos de muchachas? El trayecto, saliendo de la vieja estación de Mejorada, tardó más de cuatro horas. Chupamos mucha china, comimos mango verde con chile, corrimos de vagón en vagón fregando gente. Viéndolo bien, a los 15 años no hay manera de cansarse. Comes bien y a todas horas, duerme uno como oso a pierna suelta…


Llegamos a Sotuta con gran curiosidad ante el ambiente desconocido. El funeral fue algo fuera de lo común. La abuela pegaba de gritos como Chester Fólder cuando su esposa le cortó el pito en Minneapolis. Las hijas, vestidas de negro, parecían agentes de Saidén en huelga de hambre. Las ancianas rezaban rosarios de 15 misterios con las respectivas letanías:
—Santa Isabel de Hungría, esparce la alegría.
—San José, aumenta nuestra fe.
—San Martín, atrásanos el fin.


A todo esto, Emilio y yo, con seis chavos del pueblo que en caliente se hicieron cuates, acomodados como iguanas verdes tras la albarrada, rezábamos también la letanía, pero un poco diferente:
—Santa Teresa, manda la cerveza.
—Madre Santa Ana, pasa la botana.
—San Gregorito, que venga el frijolito.


Rodaron las horas como canicas y a eso de las seis de la tarde seguían los rezos, la quema de ruda, ladridos de perros encadenados, los llantos de vez en cuando, pero todavía no habían repartido la comida y mis tripas ya estaban cantando una de Juan Gabriel. Yo miraba para todos lados tratando de encontrar a mi amigo:
—¿Qué pasa, Patín? ¿No se come en esta casa? Ya me estoy quebrando.
—Ahorita, Balito, ahorita… le voy a preguntar a mi tía Rosa.


Dos minutos después, como si me hubiesen escuchado, una puerta se abrió hacia un amplio cuarto donde estaba puesta una larga mesa adornada con flores amarillas y hojas de ruda. Una mestiza muy alta y tiesa dijo con voz solemne para que todos escucharan:


—Ya se puede pasar a comer el relleno del muerto. La mesa está lista.
Qué rico… No me lo dijeron otra vez. Me senté y empaqué dos platos repletos de aquel guiso tan copioso en pechugas y sabrosas piernas de pavo. Lamí la cuchara donde escurría aquel caldo espeso y negrísimo.


Solamente un detalle llamó mi atención. De todos los presentes, los únicos que hicimos honor a la mesa fuimos Emilio y yo. Los otros deudos y los amigos sólo nos miraban con una rara mezcla de curiosidad y reverencia. Desde lejos parecían testigos de un suceso. Como si presenciaran actos de personas muy valientes.


Después del entierro, que duró dos horas, nos despedimos de las tías y la abuela de Emilio. La viejita, después de regalarnos mazapán y dulce de cocoyol hervido, nos tomo de las manos, y dijo:


—Eternas gracias por cargar con las penas del difunto. Dios se lo premie.
El compadre Mauro Puc aceptó traernos a Mérida en su camioneta Chevrolet y ahí nos fuimos, carretera arriba, platicando de lo lindo. De repente, cuando comentaba los detalles más curiosos del funeral, se me ocurrió preguntar:


—¿Por qué será que doña Gláfira nos agradeció porque cargamos con las penas del muerto?
Ahhh —dijo don Mauro— eso es porque ustedes fueron los únicos que se atrevieron a participar en el Bokoban.
—¿Qué es eso, tú?
—No me chinguen ¿a poco no conocen la costumbre? Es muy, pero muy antigua…


Los pelos de la espalda y más abajo se pararon de pronto como canarios de feria. ¿A qué se refería? ¿Cuál era esa bendita costumbre? Que lo dijera ya, pero rápido…


Está bien, se las explicaré, pero conste que ustedes lo quisieron…
De primero, al muerto se le cierran los ojos para que no sufra la vergüenza de saberse objeto. Se le amarra la quijada para que no dé la impresión de estarse riendo de la vida que ya no tiene. Con una concha de mar se cubre el ombligo para que no recuerde su nacimiento por ningún motivo.


Después, se le colocan bolas de algodón en los orificios de la nariz para que no regrese el alma que anda buscando por ahí a dónde ir porque se siente liviana y sola. Se le taponan las orejas con cera caliente. No sea que escuche el canto del pajaro Xax que se alegra con la muerte y se caga en las piernas del difunto. Una cruz de ceniza se traza cerca del lugar donde el cuerpo se rindió con un suspiro. Es por ahí donde el espíritu deberá salir hacia la nada.


Después de todo esto, los parientes bajan el cuerpo de la hamaca con mucho silencio, lo desnudan totalmente y lo colocan en una tina de ganado para bañarlo con inmenso cuidado entre agua tibia espolvoreada con ruda.
Así le quitan el sudor de varios días y los restos de la diarrea, le raspan las callosidades de los pies, le escarban la tierra de las uñas, le arrancan los hongos del xic y el sebo del bajo vientre, le exprimen los granos peludos del bobox y le sacan de la nariz toda la grasa gelatinosa y verde. Si tiene piojos se los retiran uno por uno con una pinza remojada en alcanfor. Si conoció la sarna, una lima raspa con naranja agria las zonas infestadas.


Esa agua, mezcla de dolores y tristezas, se recoge en palanganas y con ella, más tardecito, se elabora el relleno que contiene todas las penas del purgatorio. Así el muerto se purifica porque sus pecados se reparten entre los comensales. El que lo come toma para sí algunos de ellos. La suciedad pasa a su cuerpo. Chuuch, así Dios lo ampare.


Mauro tuvo que frenar su camioneta como si se en la carretera hubiese atravesado un elefante.


Era que Emilio y yo estábamos ya vomitando litros y litros de pecados, acumulados por décadas, pecados mortales y veniales, pecados de acción y de omisión, pecados simples y complejos, pecados de niño y de juventud, pecados de intimidad vergonzosa, pecados muy feos, pero sobre todo negros, muy negros.


*Cronista de la ciudad

*Artículo publicado en Diario de Yucatán el 28 de octubre de 2017

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