Editorial de Diario de Yucatán
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Mirada antropológica

Rodrigo Llanes Salazar (*)

“Distancia de rescate”, la novela de la escritora argentina Samanta Schweblin, publicada originalmente en 2014, y adaptada ahora como película por la directora peruana Claudia Llosa (con la colaboración de la propia Schweblin en el guión), aborda uno de los principales terrores de nuestra época: la intoxicación por plaguicidas.

En “Distancia de rescate” —tanto en la novela como en la película recientemente estrenada en Netflix—, el terror de los plaguicidas se entreteje con los miedos y ansiedades que sufren las dos madres que protagonizan la historia, Amanda y Carla. Novela y película se desarrollan a partir de una estructura singular, en la que, al inicio, no sabemos bien quién habla y cuándo lo hace. “Son como gusanos (inicia la historia, con cursivas en el libro, con voz en off en la película). ¿Qué tipo de gusanos? Como gusanos, en todas partes. El chico es el que habla, me dice las palabras al oído. Yo soy la que pregunta. ¿Gusanos en el cuerpo? Sí, en el cuerpo”.

Más adelante sabemos que quien habla en cursivas en el libro y con voz en off en la película es David, el pequeño hijo de Carla. Sabemos también que David se intoxicó al beber agua de un arroyo contaminado. El trasfondo de la historia es “el gran campo de soja recién cortada”, como leemos en la novela y vemos en la película.

“Distancia de rescate” ha sido considerada una historia de terror, incluso, una renovación del género de terror en la literatura y cine latinoamericanos, en el que la fuente de terror, el monstruo, proviene de la naturaleza. En un comentario sobre el libro publicado en “El País”, titulado “Los hijos tóxicos”, Carlos Pardo escribió que la novela de Schweblin es una inteligente variación del tópico del ‘monstruo exterior igual a monstruo interior’”, en donde “lo verdaderamente monstruoso es la naturaleza”.

Desde luego, lo verdaderamente monstruoso no es la naturaleza, sino lo que hemos hecho con ella. “Distancia de rescate” tiene escenas siniestras: caballos y patos muertos, niños deformes. “Chicos con deformaciones. No tienen pestañas, ni cejas, la piel es colorada, muy colorada, y escamosa también”. Sobre todo, vemos el terror de las intoxicaciones de una parte de los protagonistas de la historia.

Igual de terroríficas pueden resultar las amenazas invisibles: la contaminación del agua y del aire no se ven, aunque eventualmente somos testigos de un bidón con plaguicidas que se derrama y de una avioneta fumigando un campo. Estos elementos de la agroindustria transforman el paisaje y la vida cotidiana de las personas. Lo que podría ser inocente resulta potencialmente fatal. ¿Por qué un niño pequeño no podría jugar en un arroyo?, ¿por qué una niña no podría maravillarse viendo un avión en el campo?, ¿por qué la fumigación de glifosato y endosulfán tiene que confundirse con el rocío?

Así que el monstruo no es un caballo o un pato muerto, o un niño deforme. Todos ellos son consecuencias de la agroindustria y de sus múltiples manifestaciones: campos deforestados para la siembra de monocultivos, bidones, avionetas, fumigaciones.

De acuerdo con el “Informe del Relator Especial sobre las implicaciones para los derechos humanos de la gestión y eliminación ecológicamente racionales de las sustancias y desechos peligrosos” de las Naciones Unidas publicado en 2016, la Organización Mundial de la Salud estima que “en 2012 murieron más de 1.700.000 niños menores de 5 años a causa de factores ambientales modificables, como la contaminación del aire (más de 500.000 muertes) y la contaminación del agua. Esta cifra representa el 26% de las muertes de niños menores de 5 años”.

Por ello, el Relator Especial señala la existencia de una “pandemia silenciosa” —expresión que hace eco del famoso libro de Rachel Carson, “Primavera silenciosa”, que denunció las consecuencias de los plaguicidas en el medio ambiente— que se manifiesta en “discapacidad y enfermedad relacionada con la exposición a sustancias tóxicas y la contaminación en la infancia”. En palabras del Relator, las sustancias tóxicas interfieren “en la manifestación normal de los genes, el desarrollo cerebral, la función de las hormonas y otros procesos necesarios para que los niños se conviertan en adultos saludables”.

Estas sustancias, advierte el Relator, “están presentes en nuestras economías y persisten en nuestro medio ambiente”.

Caso real

La historia de David, el niño que protagoniza de manera espectral “Distancia de rescate”, es la historia de centenas de niñas y niños que viven en comunidades afectadas por la agroindustria en América Latina. Por ejemplo, el de Silvino Talavera, un niño de 11 años que murió intoxicado por los plaguicidas usados para la producción de soya en Paraguay.

Silvino Talavera fue expuesto —o “invadido”— tóxicamente por lo menos en dos ocasiones. El 2 de enero de 2003 una máquina le roció plaguicida en todo su cuerpo, por lo que tuvo comezón en los ojos, vómitos y diarrea. Pocos días después, el 6 de enero, otra fumigación en sembradíos de soya llegaron hasta la casa de la familia de Silvino. Entonces, sufrió dos paros cardíacos. Falleció, según el diagnóstico, por intoxicación grave. De acuerdo con pruebas de laboratorio, Silvino tenía en su cuerpo un compuesto de cipermetrina y glifosato.

El caso de Silvino Talavera llegó a los tribunales de Paraguay y sentó precedentes en la legislación ambiental, como la obligación de colocar barreras de protección vegetal en los cultivos y la prohibición de fumigar condicionados por la dirección que toma el viento.

En la península de Yucatán, apicultores, productores, organizaciones y académicos han documentado fumigaciones ilegales con plaguicidas altamente peligrosos, algunos de ellos prohibidos en otros países por su alto grado de toxicidad. De acuerdo con un estudio realizado por el doctor Ángel Polanco, en Yucatán se utilizan por lo menos cinco sustancias incluidas en la lista de plaguicidas prohibidos y restringidos en México. Entre ellos, el DDT, el Lindando, el Endosulfán y el Paraquat “son clasificados como altamente tóxicos y probablemente cancerígenos” (“Uso de agroquímicos cancerígenos en la región agrícola de Yucatán, México”).

Por otra parte, la doctora Norma Pérez Herrera y sus colegas han documentado que niñas y niños de Ticul se encuentran expuestas/os a diversas sustancias tóxicas en la manufactura de zapatos, la alfarería y la agricultura. “Una de estas sustancias —escriben Pérez Herrera y sus colaboradores— y de mayor preocupación para la salud pública es el benceno, relacionado con síntomas como dolor de cabeza, mareo, confusión, temblores, sueño, irritación de los ojos, piel y tracto respiratorio. El benceno también afecta la formación de las células de la sangre y disminuye las defensas, pero, sobre todo, es carcinogénico para los seres humanos” (“Experiencias de investigación y perspectivas de incidencia social en Ticul, Yucatán: actividades productivas emblemáticas y salud ambiental infantil”).

Temores

“Distancia de rescate” también trata sobre los miedos de la maternidad. De hecho, la expresión “distancia de rescate” alude a “esa distancia variable que me separa de mi hija y me paso la mitad del día calculándola, aunque siempre arriesgo más de lo que debería”, tal como explica Amanda, una de las protagonistas de la historia y madre de la pequeña Nina. Es la medida del peligro. Es, por ejemplo, la distancia que nos angustia cuando vemos a un hijo jugar en el borde de una piscina. ¿Cómo calcular la distancia de rescate cuando los riesgos se transmiten por el aire y por el agua de manera invisible?, ¿cómo medir el peligro cuando los plaguicidas que consumimos en el agua se transmiten por medio de la lactancia, ese otro gran vínculo material que une a madre e hijas/os?, ¿cómo estimar la distancia de rescate si, en cualquier momento, las/os niñas/os pueden ser como gusanos, como una plaga eliminada por los agrotóxicos, como nos sugiere la historia?—Mérida, Yucatán

rodrigo.llanes.s@gmail.com

Investigador del Cephcis-UNAM

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