Cosas del Mayab

Miguel Ángel Orilla (*)

En los días previos a los días de muertos, aquel joven maestro recién graduado había sido designado a impartir clases en lejana comisaría del Sur del estado de Yucatán.

Con ilusiones propios de su primer trabajo, emprendió el largo viaje hacia su destino; llegó de noche a la pequeña comunidad; llovía mucho y carecía de luz eléctrica. Preguntó a las autoridades dónde quedaba la escuela y le dijeron que en el cabo de la población y que ahí debía de dormir; y fue caminando hacia allá.

A mitad del camino, divisó una casona con muros y grandes rejas; notó que ahí se celebraba una gran fiesta, con mucha gente que animadamente bailaba y reía a carcajadas.

El maestro llegó a su escuela; presuroso amarró su hamaca y se puso a descansar, pero no podía dormir por el ruido de la citada fiesta.

Al día siguiente el profesor se dirigió al centro la población; y cual no se sería su sorpresa, porque al pasar nuevamente por la casona, se dio cuenta que era nada menos… que el cementerio general.

Sí, no cabe duda, durante estos tiempos melancólicos, es bueno desenterrar estas historias de difuntos que llegan una vez al año, y que según creencias retornan a la tierra.— Ixil, Yucatán.

Escritor

 

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