Perrícolas
Tengo en casa dos perros viejitos que me amaron desde que eran muy jóvenes y que conforme pasan los años parece que me aman aún más.
Ambos tienen sus achaques. “Cachetes” un adoptado de la calle que llegó a mi casa un febrero muy helado y se acurrucó en el porche buscando algo de calor. Desde ese día su vida cambió para siempre, fue la mejor lección de que todo puede mejorar de un día para otro.
Ha sido un guardián feroz y un amoroso amigo que me mira con un amor inmenso. Siempre me brindó mucha seguridad su presencia y hoy pasados los años sigue teniendo ese ladrido fiero que da miedo. El tiempo pasó volando. Ya se le cayeron algunos dientes, lo que a mi parecer lo hace lucir más tierno, su vista ya no es tan buena y oye menos, sus articulaciones a veces le producen dolor, más cuándo hay humedad o frío.
Dice el dicho que: “es de bien nacidos ser agradecidos” …, y después de los años que hemos convivido, que ha cuidado la casa y me ha acompañado me parecería desalmado no brindarle una vejez cómoda, digna de la clase de amor que “Cachetitos” se merece y se ha ganado.
Tengo su medicina para el dolor, su cobertor para las noches frías, un techo para que no se moje si cae lluvia, y estoy pendiente de que esté bien. Todos los días recibe mi apapacho y yo el suyo.
“Luther” es el otro viejito; lo rescaté de ser atropellado cerca del parque de la Alemán, no pude abandonarlo a su suerte, resultó ser tan cariñoso y bien educado que me robó el corazón. Por más que busqué a sus dueños, nunca aparecieron, así que lo adopté y su cariño es un consuelo a todas mis pérdidas.
Hoy tiene menos dientes también, es delicado de la piel y como la mayoría de los perros mayores, sufre de dolor en articulaciones. Ya duerme mucho más y se cansa con facilidad. Tiene sus medicamentos y un lugar cómodo para reponerse.
No sé el tiempo que les quede a mis viejitos, pero intento disfrutarlos cada día. Puedo sentir después de estar un rato con ellos bienestar y una alegría que me invade. En estos tiempos de pandemia han sido mi mejor antidepresivo.
Cuando nos ocupamos del bienestar de los que nos cuidaron y amaron recibimos un regalo que no se vende en las tiendas: Paz en el espíritu.— Mérida, Yucatán.
silviaglezr@hotmail.com
Presidenta de Voces de Prevención
