La conquista de espacios para la mujer
Amanecí pensando el Elvia Carrillo Puerto y lo que habrá significado ser una de las primeras tres mujeres electas para ser diputadas, en 1923.
Cuando aún no podía sufragar, ella junto con Beatriz Peniche Barrera y Raquel Dzib Cicero fue votada, por un padrón conformado en su totalidad por hombres.
No puedo evitar pensar también que el arrastre de estas mujeres tenía que ver con la protección y el impulso del hermano de Elvia, el gobernador socialista Felipe Carrillo Puerto, pero me gusta imaginarme escenarios en los que otras mujeres, encendidas por el apasionado momento que se vivía en el estado, platicaban con sus maridos, sus padres, sus hermanos, tratando de disuadirlos de emitir sus votos en favor de estas lideresas feministas mientras les servían la cena o realizaban sus labores domésticas con el vientre encendido por la llama de la esperanza y los anhelos.
Se animaban a hablar del tema en sus casas pues en otros campos había mujeres que hablaban por ellas, que marchaban por ellas, que enseñaban a otras mujeres, que se igualaban a los hombres y hacían entradas triunfales en las comitivas del gobernador.
Elvia duró poco en su encargo, pues tras la muerte de su hermano y ser anuladas las elecciones que la convirtieron en diputada, se ve obligada a dejar el estado tras recibir amenazas de muerte. Este breve episodio de su vida política fue todo menos efímero, pues sin duda marcó la historia del país y abrió brecha para seguir trabajando por las causas feministas, la igualdad y la normalización de la participación de las mujeres en diversos campos.
Algunos piensan que los objetivos de igualdad de género se han alcanzado, y que la participación de las mujeres en diversos ámbitos es otorgada consuetudinariamente, sin trabas y que los reclamos de la ahora son ociosos e incomprensibles. No es así.
Las mujeres que hablamos para opinar y nos atrevemos a disentir, todavía somos tachadas de “igualadas” tal como Elvia Carrillo Puerto y sus camaradas lo fueron hace cien años.
Las mujeres para opinar y trabajar, sentimos esa innegable necesidad de demostrar exhaustiva preparación, de dedicar más horas y más empeño a nuestras labores. Saber más, estudiar más y laborar más horas para hacernos indispensables es lo único que nos dará la credibilidad que necesitamos para sentirnos merecedoras de los espacios que son irrebatibles para los hombres.
Todavía, en el ambiente político especialmente, la idea de que si una mujer llegó a ocupar algún cargo o lugar de relevancia en la vida pública fue porque algún hombre “se lo permitió” subsiste latente, disfrazada de paridad.
Las Elvias de hoy tomarán ventaja de las leyes paritarias para ocupar esas sillas “sólo por ser mujeres” porque saben que en el pasado y aun en el presente, los hombres las ocupaban y las ocupan sólo por ser hombres. El reto mayor está en hacerse escuchar una vez que se ha alcanzado un lugar en la mesa.
Las mujeres que opinamos todavía somos objeto de reacciones recelosas que buscan inhibir nuestras voces; a veces esas reacciones provienen de nuestroscírculos más cercanos y son profundamente condescendientes: “¿qué necesidad tienes de incomodar?” “¿para qué te expones?”
Hablar sobre lo que se cree y opinar sobre los acontecimientos políticos, la toma de decisiones de los gobernantes y sus consecuencias sociales, o de los diferentes problemas que impactan el desarrollo de la humanidad es una prerrogativa que no debería ser cuestionada como sugiriendo ciclotímicas o mezquinas razones para hacerlo, sólo por el hecho de ser mujer.
Nuestras opiniones no deberían ser tampoco, una razón de vergüenza o temor para nuestras familias.
Deseo para todas las mujeres que hoy ocupan cargos públicos en el estado esa conciencia de la responsabilidad que tienen hacia el género que representan. Que la suya no sea una actuación complaciente hacia las cúpulas sino una oportunidad de incendiar vidas con el fuego de las convicciones propias en la búsqueda del bien común.
Deseo para las empresarias que se han abierto camino a punta de interminables jornadas de trabajo reconocimiento y también generosidad para compartir también ese impulso con otras mujeres trabajadoras y necesarias para el desarrollo de la sociedad.
Estas reflexiones no serían posibles sin la labor de creadoras y activistas como, en este caso, la del colectivo Corriendo con Lobas que realizó la conferencia performática “Igualada, como tú” de donde surgieron las ideas para escribir este artículo.—Mérida, Yucatán
erica.millet@gmail.com
Licenciada en periodismo y maestra en relaciones públicas; exfuncionaria del Ayuntamiento de Mérida y del gobierno del estado
