MIRAR

El próximo domingo, III del Tiempo Ordinario, por iniciativa del papa Francisco, en toda la Iglesia se celebra el Domingo de la Palabra, con el objetivo de que la comunidad eclesial valore más la importancia de la Sagrada Escritura en la vida cristiana.

Con tal motivo, en la basílica de San Pedro en Roma, el Papa conferirá el Ministerio de Catequista a varias personas de diversas partes del mundo, también a mujeres. Es un reconocimiento a un servicio evangelizador que siempre han desarrollado muchos laicos y laicas, y una misión que la Iglesia les confía y confirma.

Además, el Papa instituirá en los ministerios laicales de Lector y Acólito a varios hombres y mujeres. No falta quien vea en esto un pasito para el sacerdocio femenino. ¡Nada de eso!

Yo soy hijo de un catequista, un campesino que apenas sabía leer y escribir, pues en aquel tiempo no había escuela en el pueblito. El párroco iba muy de cuando en cuando a celebrar Misa. Mi papá llevaba, sobre todo para las fiestas y los “primeros viernes”, a un sacerdote español, misionero pasionista, para las confesiones, la Misa y la atención a los enfermos.

La evangelización y catequesis eran sostenidas por mi padre, educado para ello por mi abuela Rosa. Dos tías solteras se encargaban de nosotros los niños, con la catequesis semanal tradicional, para prepararnos a la Primera Comunión.

Mi padre pertenecía a la Acción Católica y frecuentaba los cursos que allí se impartían, para capacitarse. Los domingos, presidía a la comunidad celebrando lo que llamaban “Misa de los campesinos”, sin sacerdote. Se hacía todo como en una Misa normal, con oraciones y lecturas bíblicas, sin consagración ni comunión, como se hace hoy en las Celebraciones de la Palabra.

Como mi padre no leía muy bien, pedía que alguien proclamara las lecturas y él hacia la explicación, equivalente a una homilía, con aceptación cordial de la comunidad. Daba también temas semanales a jóvenes varones, a muchachas, a señoras y señores de la Acción Católica, para su formación cristiana.

Cuando llegó el primer obispo de nuestra nueva diócesis y se nombró al primer párroco, el obispo decía que mi pueblo estaba mejor atendido por mi papá, que por el sacerdote… Así nació y creció mi vocación sacerdotal. De esto, hace ya más de 70 años.

El servicio de las y los catequistas ha sido fundamental en la conservación de la fe en nuestras comunidades. Ahora se le reconoce como un ministerio con un rito litúrgico, pero su importancia siempre ha sido notable. ¿Qué sería de la Iglesia sin su servicio?

DISCERNIR

El papa Francisco, en su Motu Proprio titulado Antiquum ministerium, dice: “El ministerio de Catequista en la Iglesia es muy antiguo. Entre los teólogos es opinión común que los primeros ejemplos se encuentran ya en los escritos del Nuevo Testamento” (1).

“Desde sus orígenes, la comunidad cristiana ha experimentado una amplia forma de ministerialidad que se ha concretado en el servicio de hombres y mujeres que, obedientes a la acción del Espíritu Santo, han dedicado su vida a la edificación de la Iglesia.

Dentro de la gran tradición carismática del Nuevo Testamento, es posible reconocer la presencia activa de bautizados que ejercieron el ministerio de transmitir de forma más orgánica, permanente y vinculada a las diferentes circunstancias de la vida, la enseñanza de los apóstoles y los evangelistas” (2).

ACTUAR

Recordemos a nuestros catequistas y seamos agradecidos. Oremos al Espíritu Santo para que dé este carisma a muchos laicos y laicas, y encuentren su vocación en este ministerio, tan esencial a la vida cristiana de las comunidades.

Religiosas, sacerdotes y obispos, descubramos esta vocación en nuestros agentes pastorales y animémonos a confiar en su servicio.— Toluca, Estado de México.

arizmen@cem.org.mx

Cardenal, obispo emérito de San Cristóbal las Casas, Chiapas.

 

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