En 1972, la entonces “Universidad de Yucatán” decidió otorgar al Lic. Luis Echeverría Álvarez, presidente constitucional de la República mexicana, el Doctorado Honoris Causa.

Sin embargo, una de las razones principales del descontento fue que, como falla en la logística del reconocimiento, nunca se precisó claramente la razón de por qué se le ofrecía el doctorado.

Al darse a conocer las intenciones de la máxima casa de estudios de Yucatán, muchos consideramos que era una vergüenza, pero realmente no hicimos nada para impedirlo.

En contraste, un pequeño grupo de estudiantes decidieron alzar la voz para manifestar su descontento ante tal evento; era un puñado de jóvenes universitarios, contados con los dedos de una mano.

Y lo que lograron resulta ser una acción espectacular, valiente y admirable. Entre los que participaron en esta acción estuvieron: Rubén Pérez Villanueva (+), Tomás Pacheco, José Romero (+), Mario Montalvo Ortega, Humberto Salazar Carvallo, Rafael Molina Fitzmaurice y Gregorio Barcala Rubio. Si, por olvido, omito el nombre de alguno de los participantes, pido perdón.

Gregorio dirigía una revista universitaria llamada “Crítica”. Dicha revista se financiaba gracias a la venta del tiraje de quinientos ejemplares en formato tabloide. La publicación gozaba de gran popularidad en el ambiente universitario.

Estos son los hechos:

El Consejo Universitario, en sesión extraordinaria con fecha 2 de octubre de 1971, decide otorgar el Doctorado Honoris Causa al Primer Mandatario de la República y la fecha señalada para tal evento fue el 25 de febrero de 1972, dado que la presidencia había anunciado que el Lic. Echeverría Álvarez haría una visita oficial al estado de Yucatán, con dos propósitos en su agenda:

Por la mañana, firmar el fideicomiso para dar marcha al proyecto de la Ciudad Industrial y por la noche, en el patio central del edificio universitario, recibiría, de manos de las autoridades universitarias, el Doctorado Honoris Causa.

Cuando la noticia del próximo nombramiento a Luis Echeverría llega a sus oídos, deciden actuar en congruencia con sus ideas. Queda en manos de Rafael Molina escribir al respecto. En su artículo manifestaba dos cuestionamientos: si se le otorgaba como abogado, ¿cuáles eran sus méritos? Y si se le otorgaba como presidente, aún era prematuro calificar su mandato.

Para este asunto, en “Crítica”, se hicieron dos publicaciones: la primera, en diciembre de 1971, incluía el artículo escrito por Rafael Molina, en el cual señalaba las razones por las que Luis Echeverría no era digno de tal honor y por tanto no debía recibir el doctorado.

En dicho artículo, Rafael señala como argumento principal la incongruencia del Doctorado con la supuesta intención de Luis Echeverría de combatir el presidencialismo.

La segunda publicación se realizó en febrero de 1972. En esta ocasión, se inserta una carta abierta al H. Consejo Universitario, solicitando que se retirara el ofrecimiento hecho al presidente Echeverría. De alguna manera, los artífices de la protesta expresaban que el presidente no aceptaría tal honor, preparando el ambiente para que él mismo decidiera declinar una distinción inmerecida.

En esos tiempos, Luis Echeverría Álvarez era el símbolo de la opresión contra el gremio estudiantil del país entero por lo nefasto de los hechos acaecidos no hacía mucho tiempo atrás y que lo señalaban como pieza importante, si es que no principal en su ejecución.

Juntos, deciden que Gregorio entregue los ejemplares de “Crítica” a Echeverría durante la ceremonia de firma del fideicomiso para la Ciudad Industrial. Concluida la ceremonia, Gregorio se aproximó al presidente, logró pasar el cerco del Estado Mayor e increpó a Luis Echeverría con el grito:

“Señor Presidente, queremos dialogar con Usted”.

Éste voltea y Gregorio le entrega las revistas, diciéndole:

“Somos un grupo de universitarios que no está de acuerdo con la ceremonia del Doctorado que se va a realizar esta noche”.

Él respondió:

“Consúltenlo con los universitarios y yo haré lo que la mayoría decida”.

La respuesta de los jóvenes fue:

“Ya lo consultamos…”

Y le entregaron los periódicos que lo demostraban. Él se detuvo enojado, pero los jóvenes continuaron:

“No está claro por qué le entregan el Doctorado. Si es por méritos personales, sería conveniente esperar a que termine su mandato; si es por su trabajo como Presidente, deberíamos esperar a que termine su período para poder evaluar tal merecimiento…”

Al oír eso Echeverría se relajó y empezó a hacer una comparación con Benito Juárez, al que él estaba constantemente elogiando. Les dijo que lo iba a pensar y en la noche les daría su decisión. Echeverría se dio la vuelta para seguir su camino, y el Estado Mayor Presidencial apartó a Gregorio violentamente.

Ese día, Víctor Bravo Ahuja, secretario de Educación Pública y por órdenes de la Presidencia, convocó a una reunión con miembros de la Federación Estudiantil Universitaria (F.E.U.) y autoridades universitarias inmediatamente después de concluida la ceremonia en la Ciudad Industrial. Estaba molesto, nervioso y desconcentrado. Les pide a los presentes que averigüen quiénes estaban detrás de esta protesta y que necesitaba, sin demoras, contar con la seguridad de que en el evento de la noche no ocurriría ningún imprevisto que desluciera la ceremonia y humillara al Presidente.

Muy nerviosos y preocupados, tanto líderes estudiantiles como autoridades universitarias coincidieron en que no sabían qué estaba pasando ni quiénes eran los culpables. Se proponen buscarlos, mas fue en vano. Los pocos involucrados nunca pensaron impedir la ceremonia de entrega del doctorado.

Las autoridades involucradas, decidieron controlar la ceremonia. Permitiendo acceso solamente a “su gente”. Sólo ellos estarían ahí. Había nervios y miedo.

Llegó la hora y ante el asombro de los presentes y de los que seguíamos la ceremonia por la radio, Luis Echeverría Álvarez, presidente constitucional de los Estados Unidos Mexicanos, declinó el honor y rechazó el doctorado ante el desencanto del Rector, las autoridades universitarias, el propio gobernador y los líderes estudiantiles que querían adularlo.

El presidente, las autoridades universitarias y los estudiantes afines a rectoría nunca se imaginaron que fueran un pequeño grupo de estudiantes, decididos a cumplir su cometido. Siempre creyeron que había muchos más detrás. Al público presente, desconcertado, no le quedó más opción que la de aplaudir en conformidad la decisión de Echeverría.

Gregorio me contó que no lo podían creer. Él y los pocos involucrados estaban listos para perder la batalla pero ganar por haber dado una buena pelea, quedándoles la satisfacción de haber vencido en la razón del argumento.

Considero que la Universidad se condujo con servilismo ante la autoridad presidencial, lo cual es reprobable; pero en especial lo es, serlo ante una autoridad que claramente golpeó al gremio estudiantil en dos aciagos momentos: Tlatelolco el 2 de octubre de 1968 y el jueves de Corpus Christi el 10 de junio de 1971. Ambos sucesos tuvieron como actor principalísimo a Luis Echeverría Álvarez.

A este grupo de valientes, muchas gracias.— Mérida, Yucatán.

leconser@yahoo.com

Exdiputado y expresidente del Congreso del Estado.

 

 

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