Recostados en el piso del atrio de la iglesia, contemplando las estrellas y viendo, de cuando en cuando pasar un ave blanca que se aventaba a los cielos nocturnos, platicábamos de cosas de la vida y del futuro.

Éramos un puñado de adolescentes y monaguillos escuchando atentamente las anécdotas del padre Alfredo Estrada Quirarte.

En aquel entonces, recuerdo que había leído la novela de Morris West “Las sandalias del pescador” y, me resultaba increíble que el autor haya anticipado con tanta precisión el ascenso al trono de San Pedro de un cardenal de origen eslavo. El libro se publicó en 1963 y Karol Józef Wojtyla fue el Papa 264 de la Iglesia católica y soberano de la Ciudad del Vaticano desde el 16 de octubre de 1978 con el nombre de Juan Pablo II.

Un Papa que amamos por su don de gentes y porque era un hombre enérgico, cálido y cercano. Condujo a la Iglesia en una época convulsa.

Quizá, todo ese pensamiento derivado de la lectura, me motivó a preguntarle al padre Alfredo el por qué decidió ser sacerdote. Quizá, también porque en aquel tiempo ya nos habíamos hecho esa pregunta apasionante: ¿Qué he de hacer para que mi vida tenga valor y sentido?

Entonces, nuestro guía espiritual, nos confesó que, al igual que nosotros, alguna vez fue adolescente. Y que, en esa edad, al ver cómo muchos jóvenes se perdían en los caminos equivocados de los vicios, llegó a la conclusión de que era necesario hacer algo por ellos.

Y sintió “el llamado”. Entendió que Jesucristo no pedía unas migajas de su vida, sino toda su existencia, le reclamaba una entrega total. Y así, un día, la indecisión se convirtió en un sí.

De esa manera, comenzó una gran historia de sacrificio, de amor y de redención con un carisma muy especial a favor de los jóvenes. Desde luego que no fue fácil.— Mérida, Yucatán.

rogergonzalezh@hotmail.com

Profesor

 

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