La paz no es la ausencia de conflictos, sino la capacidad de las personas de resolver sus diferencias por vías no violentas.
Y es que el choque de ideas es propio de la naturaleza humana; más aún, la pluralidad de perspectivas y opiniones es una cualidad dentro de las comunidades, que permite el trabajo colaborativo cuando existe voluntad por unir esfuerzos y aplicar la diversidad de conocimientos y habilidades con el objetivo de construir progreso.
Sin embargo, claro está, los puntos de vista enfrentados y el contraste de formas de pensar, con frecuencia, se traduce en el nacimiento de conflictos que, de no ser correctamente encausados, pueden convertirse en expresiones de violencia, discordia y fractura del tejido social.
Por ello, la primera condición para construir un auténtico estado de paz es reconocer que los conflictos son inevitables, y que la solución no radica en aspirar a erradicarlos o invisibilizarlos, pues estas falsas salidas resultan contraproducentes a mediano y largo plazo.
En cambio, cuando se crean mecanismos y estrategias para identificar la aparición de conflictos o disputas, dirigir espacios de diálogo constructivo, y formular soluciones que beneficien a todas las partes, podemos comenzar a hablar de un proceso de edificación de la cultura de la paz.
Algunos historiadores afirman con un tono de ironía que la civilización humana surgió cuando, ante una ofensa proveniente de uno de sus pares, un hombre (o tal vez una mujer), en lugar de responder al agravio con una agresión física, optó por proferir una especie de insulto al iniciador del pleito.
Si bien, desde luego, la violencia verbal es inaceptable y no debemos normalizarla, la ficticia anécdota nos plantea la evolución de los seres humanos para emplear el lenguaje y la comunicación como alternativa a la fuerza bruta del más fuerte sobre el más débil, en contextos de conflicto.
Así, la organización de las sociedades modernas y contemporáneas, dentro de su infinita complejidad, nos ha traído instituciones, estructuras y mecanismos para dirimir diferencias entre personas, por medios pacíficos.
Ahí están las leyes y los procesos de impartición de justicia, la formación educativa, las normas sociales de convivencia, entre otros elementos. Ha habido avances, aunque no podemos dejar de observar las múltiples asignaturas pendientes.
Considero que un área de oportunidad radica en la exploración de modelos innovadores que nazcan de la iniciativa ciudadana, desde la organización democrática en colonias y fraccionamientos.
Las vecinas y vecinos tienen a su alcance el poder de instaurar dinámicas de diálogo, colaboración y resolución de conflictos, en sus propias manzanas o círculos de convivencia.
De este modo, cuando haya una disputa entre personas que cohabitan en una misma calle, por ejemplo, se podría convocar a una mesa de paz, en la que las partes interesadas conversen de manera no violenta y buscando llegar a un acuerdo.
En el mismo orden de ideas, los vecinos y vecinas participarían como agentes de paz, aportando posibles soluciones en beneficio de todos los implicados.
A esto se le llama hacer comunidad, y este tipo de mecanismos tienen un enorme potencial para incidir en las dinámicas de convivencia entre miembros de una sociedad.
Reforzar la cultura de la paz en cualquier entorno tiene amplias repercusiones para disminuir la incidencia de violencia y delincuencia.
Tal como decía el líder indio Mahatma Gandhi: “No hay camino para la paz; la paz es el camino”.— Mérida, Yucatán.
fournier1993@hotmail.com
Licenciado en Derecho, maestro en Administración
