Primero poco a poco y más tarde de una forma acelerada, internet ha transformado la era contemporánea en las últimas tres décadas.

El mundo digital cambió en un sentido radical la interacción humana, incluidos los modos de hacer negocios, socializar, aprender e informarnos.

Así, el futuro nos alcanzó, y aquello que la ciencia ficción ya predecía a mediados del siglo veinte se materializó con una presencia cada vez mayor de supercomputadoras, teléfonos inteligentes, robots sofisticados y programas de algoritmos.

Basta con decir que un celular de media gama actual es muchísimo más potente en tecnología que las computadoras de cálculo empleadas por la agencia espacial de Estados Unidos para llegar a la Luna en 1969.

Pues bien, una presunción básica es que la ciencia debe servir para mejorar la vida de las personas e impulsar las sociedades hacia el desarrollo.

Bajo esta lógica, cabría esperar que la conexión al mundo web, con sus múltiples aplicaciones y ventajas comunicativas, sería un activo para fortalecer las democracias de los países.

Sin duda, es un tema que despierta polémica y debe ser discutido por sus amplios alcances en cuanto a estabilidad política y social, incluso a escala global.

La organización democrática implica que las ciudadanas y ciudadanos de un territorio elijan a sus gobernantes y representantes, con base en su voluntad libre e informada.

Además, la participación de los diversos actores de la sociedad es necesaria para robustecer cualquier democracia, legitimando instituciones públicas y contribuyendo a ejercer derechos y respetar la eminente dignidad de cada integrante de la comunidad.

Entonces, es razonable asumir que, a mayor información disponible, mayor capacidad de las personas para tomar decisiones y escoger a quienes serán sus gobernantes y representantes populares.

Internet, con sus increíbles buscadores, pone un universo casi infinito de contenido informativo a solo un clic de distancia. El problema es que gran parte de esta información es falsa, imprecisa, o no verificable.

El presidente de Estados Unidos John F. Kennedy solía decir que lo opuesto de la verdad no es la mentira, sino el mito. La amenaza del mito es que representa una falsedad disfrazada de verdad, por lo que es más probable que consiga engañar al público.

Las nuevas generaciones ya no necesitan ir a la biblioteca para consultar un libro o visitar la papelería para comprar planillas con datos de Historia. Todo está en la web, cierto, pero hay que saber buscar, discriminando las fuentes confiables de aquellas que no lo son.

Este fenómeno sumamente paradójico en el que las personas y sociedades estamos más saturados de datos e información que nunca, pero mucho más propensos a ser víctimas de los mitos y las llamadas fake news, se exacerba en el terreno político, golpeando los procesos democráticos.

Cuando sujetos malintencionados utilizan las redes sociales digitales para difundir noticias falsas; cuando se arman grupos de bots (perfiles falsos) para injuriar e incitar a la violencia; y cuando se miente descaradamente en internet, haciendo caso omiso a la realidad comprobable: por supuesto, la democracia se ve minada.

También ocurre que, debido a que el algoritmo de las páginas web y las redes sociales se va alimentando de nuestros gustos (likes, compartidos y reproducciones), naturalmente Facebook, Instagram y demás nos presentan contenidos que consideran serán de nuestro interés, con base en predicciones.

Esto lo hacen para que permanezcamos conectados por más tiempo, con lo cual acabemos por consumir más publicidad y estas empresas tecnológicas ganen más dinero por la venta de los anuncios comerciales.

La cuestión es que esto genera un sesgo o visión limitada en los usuarios, quienes tienden a encasillarse en contenidos de un determinado tipo, incluyendo noticias, opiniones y páginas de figuras públicas afines a sus presuntos gustos.

La verdad es que hoy por hoy, las redes sociales e internet, en general, no resultan potenciadores de los valores democráticos ni del diálogo constructivo, por las razones antes descritas, entre otras.

Eso sí, estas plataformas digitales no son ni buenas ni malas en sí, ya que dependen del uso que hagamos de ellas. No obstante, debemos ser claros en que el abuso de dichas tecnologías es latente y extendido alrededor del mundo.

Lejos ha quedado hasta ahora la promesa de una democracia digital auténtica, que rinda frutos para contribuir a consolidar la organización política y el progreso de las civilizaciones.

El primer paso para revertir esta condición actual es emitir un diagnóstico y generar conciencia. A partir de ahí, será posible hacer un cambio de rumbo y avanzar en la construcción de un mundo mejor y más democrático.— Mérida, Yucatán.

fournier1993@hotmail.com

Licenciado en Derecho, maestro en Administración

 

 

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