En las últimas décadas en América Latina se observa un movimiento pendular de derecha a izquierda y de izquierda a derecha en la orientación política de los líderes que acceden al poder.
Los casos más recientes son los de Brasil, Chile, Colombia y Perú, donde la derecha fue derrotada y el gobierno quedó en manos de la izquierda.
Años atrás, el mismo Luiz Inacio Lula da Silva formó parte de aquella “marea rosa” original, con la que llegaron al poder en América Latina líderes como Evo Morales en Bolivia, Michelle Bachelet en Chile, Rafael Correa en Ecuador y Hugo Chávez en Venezuela.
En otro momento el movimiento fue de izquierda a Derecha. Es el caso de Brasil con Michel Temer a Jair Bolsonaro y en Argentina con Cristina Fernández de Kirchner, izquierda, a Mauricio Macri, de derecha.
Con el ascenso al poder de Lula da Silva en Brasil, 86% de la población de América Latina y el Caribe —568 millones de 661 millones de habitantes— queda gobernada por la izquierda. Trece países en total.
A saber: Lula da Silva en Brasil, López Obrador en México, Alberto Fernández en Argentina, Miguel Díaz-Canel en Cuba, Gustavo Petro en Colombia, Nicolás Maduro en Venezuela, Gabriel Boric en Chile, Pedro Castillo en Perú, Luis Arce en Bolivia, Daniel Ortega en Nicaragua, Xiomara Castro en Honduras, y Mohamed Irfaan Ali en Guyana, y el primer ministro de San Vicente y las Granadinas, Ralph Gonsalves.
Una pregunta que surge de inmediato es la siguiente: ¿este escenario constituye una ventaja económica traducible en el bienestar de la población? Creo que no. Pues en vez de ser un continente, la izquierda latinoamericana es un verdadero archipiélago.
El modelo de izquierda de AMLO no se parece a otro. Un buen gobierno, entiende AMLO, es aquel que atiende las carencias de la gente y les brinda ayuda mediante políticas públicas —becas, pensiones, etcétera—. En su discurso la pobreza es inadmisible y se combate con dádivas de su “gobierno honesto” que de oficio persigue la corrupción. AMLO promueve cambios de forma más no de fondo.
La prosperidad económica es un fenómeno raro en América Latina. Lo más común son las crisis que varían en intensidad y duración. En ese marco solamente prosperan las élites económicas y políticas. El grueso de la sociedad vive siempre sembrado en el piso, saliendo de una y entrando en otra crisis.
Lo que hay en el fondo de estos movimientos pendulares en América Latina es el descontento social que crece de manera paralela a como crece la concentración de la riqueza en unas cuantas manos y de esa forma el bienestar social se estanca y en muchos casos retrocede.
Por ejemplo, en el año 2021 el 1% de los mexicanos concentraba el 29% del ingreso. Y si subimos la escala, el 10% concentraba el 59%.
Esto quiere decir, en otras palabras, que el 90% de los mexicanos tenía en sus manos apenas el 41% del ingreso nacional. Esto explica el desempleo, el autoempleo y los bajos salarios. Lo cual, a su vez, explica el descontento social con las condiciones sociales que lo rodean y con el gobierno en turno.
Con las variantes nacionales, en esencia los gobiernos de izquierda lo que vienen haciendo es administrar la democracia para mantenerse en el poder.
De hecho, América Latina está fragmentada y la clase política hasta cierto punto cómoda, debatiendo los pros y contras de las formas de conducir al gobierno. Los partidos políticos han caído en un pragmatismo total con matices autoritarios.
En cambio, los problemas —de fondo— estructurales a causa de la dependencia económica y el subdesarrollo no reciben la misma atención.
Para no repetir la historia ya conocida de fracasos, el binomio capitalismo-democracia de izquierda debe ser repensado para diseñar una nueva utopía latinoamericana que inspire un verdadero golpe de timón. De lo contrario, no se ve por dónde la historia que viene será mejor, aun con ese 86% gobernado por la izquierda.— Mérida, Yucatán.
bramirez@correo.uady.mx
Doctor en Sociología, investigador de la Uady
