El Presidente de la República sigue convencido de estar impulsando los cimientos de una cuarta transformación en la historia de la política mexicana.
No pierde la esperanza de posicionarse a la par de los llamados próceres de la democracia: Miguel Hidalgo y Costilla, Benito Juárez, Francisco I. Madero, y Lázaro Cárdenas.
Por otro lado, la megalomanía le impide constatar los fracasos evidentes dentro de su administración: una economía con tasas de inflación sin precedente en los últimos veinte años; cifras alarmantes en el número de homicidios por cada cien mil habitantes; y una desconexión con la realidad solo comparada con la presidencia populista de Luis Echeverría en los 70s.
“Estamos mal, pero vamos bien”, parece ser el mantra que guía su actuar como primer mandatario, seguro de que su liderazgo moral es suficiente para resolver los problemas que aquejan a la sociedad mexicana.
La oposición al oficialismo y las voces críticas al poder señalan una y otra vez que el Presidente se sirve de mentiras para construir su narrativa épica, según la cual el país avanza por el rumbo correcto, y sus políticas públicas se traducen en bienestar para el pueblo.
Sin embargo, cabría considerar que el propio AMLO, cegado por la soberbia de sentirse ya un benemérito en ascenso, ha fabricado dentro de su mente una realidad alterna, en la que él es infalible y está destinado a la grandeza.
Así, el discurso de los “otros datos” sería solo una expresión de algo más profundo: la distorsión de los hechos, los resultados y las prospectivas de éxito dentro de la psique presidencial, negada a cualquier evaluación para rectificar sus políticas públicas y su plan de gobierno.
Más aún, todo parece indicar que AMLO tiene la convicción auténtica de estar librando una batalla total entre “buenos” y “malos”, siendo que el primer bando se conforma por sus seguidores y aliados, mientras que el segundo grupo se integra por cualquiera que no comparta su visión política (o no se doblegue a su voluntad).
Lo grave de este mesianismo es que, al autodesignarse como líder supremo de la Cuarta Transformación, coloca sobre sí una enorme carga, aparejada de expectativas de dimensiones igualmente mayúsculas.
Ante el choque con la realidad, lejos de reconocer fracasos, el Presidente opta por culpar al pasado, a los intereses obscuros de supuestos enemigos que conspiran en su contra, e incluso a fuerzas extranjeras.
Entonces, las diatribas y ataques a los “conservadores” están plenamente justificados, pues, en su delirio, los medios (por cuestionables que sean) justifican el fin mayor de inscribir su lugar en la historia nacional.
Si para consolidar su proyecto político hace falta debilitar organismos públicos autónomos, extorsionar a actores políticos, o violar la Constitución, adelante. La alteración de la realidad le lleva a pensar que los sacrificios son inevitables cuando se aspira a la gloria.
Pero el peligro es real. En el impulso megalómano de consagrarse como héroe de la patria, es posible que se asuman riesgos irresponsables, se refuercen las agresiones contra adversarios, y se acentúe el talante autoritario.
En un juego de todo o nada, donde la presión y las frustraciones mellen la confianza arrogante del líder, los más perjudicados serían los ciudadanos.
Escenarios como un pleito diplomático de seriedad con Estados Unidos, una campaña feroz para golpear al INE, o la emisión de decretos presidenciales que violen la Constitución, no son descartables.
La mezcla de poder y delirio ha demostrado históricamente tener consecuencias nefastas para las poblaciones de los países.— Mérida, Yucatán.
fournier1993@hotmail.com
Licenciado en Derecho, maestro en Administración
