Dejar de fumar es fácil. Yo ya lo dejé unas cien veces —Mark Twain

La primera vez lo aspiré con fuerza, de inmediato sentí el golpe furioso en mi garganta y, evidentemente, un violento acceso de tos, pero no tan violento como la mano de mi progenitora, que apareció de la nada, estampándose primero en mi boca y luego en mi mano: “Eso no se toca, eres un niño”.

La colilla aún prendida cayó al piso. Pasaron los años; me matriculé en Medicina. Las noches en que me reunía con mis condiscípulos a estudiar, no faltaban los litros de café y la montaña de cigarrillos que se convertían en nubes de humo y cerros de colillas. Nunca pensé que volvería a caer en sus garras.

Se acercaba el curso de Endocrinología. El maestro tenía una lúdica predilección por los gordos… En esa época yo arrastraba la secuela de mi lucha contra la obesidad. El relato de mi vida era justo el argumento de la historia que él contaba del “pequeño obeso”.

Ante tan amenazador panorama, decidí ponerme a dieta; no iba yo a ser el puerquito en turno del maestro. Manos a la obra, tres meses antes logré bajar trece kilos, ¡sí, trece kilos!, pero recurrí a un inusitado aliado para lograr esto: el cigarro.

Era un experto en dar el famoso “golpe”, y terminé como todo un cowboy con mi primer Marlboro, que llegó el mismo día que pisé el aula del hospital para iniciar el curso de Endocrinología, al cual sobreviví sin ni siquiera la más pálida de las indirectas.

Pero ¿qué pasó después?, lo que ocurrió muchas veces más en mi vida: el famoso rebote. Los trece kilos llegaron con dos más y ya fumaba una cajetilla al día… ¡Vaya herencia!

Las falanges distales de los dedos índice y cordial de mi mano derecha habían adquirido un sempiterno color amarillento, una mácula en mi labio superior llegó a mi rostro como una especie de seña particular.

Durante el internado adquirí una habilidad impresionante para escribir a máquina las miles de notas que alimentaban la montaña de expedientes, con un cigarro en la boca, porque a pesar de solo usar el dedo índice de ambas manos, era complicado sujetar el cigarro.

¿Problemas cuando no tenía a mano encendedor o cerillos?: en absoluto; había entrado en la etapa de prender un cigarro con el último suspiro de un cabito.

Fue en el primer año de la residencia de Ortopedia, cuando por una situación personal, a las diez de la noche sentado en las escaleras de la Iglesia de Nuestra Señora de Fátima, hice una serie de promesas a Dios, entre las que destacaba dejar el cigarrillo. Y así fue: el último fue un John Player Special que consumido a la mitad se ahogó en un charco de agua.

Fumé durante cinco años de una a dos cajetillas al día. Hace 35 que lo superé. En estos tiempos me alegro por no convertir en ceniza cerca de $43,800 al año; desde luego soy consciente que, a mis achaques sesenteros, que se limitan por fortuna a ser hipertenso, la repercusión en mi aparato cardiovascular es mínima, pero sé que sobre mi cabeza pende como una auténtica espada de Damocles el antecedente de mi quinquenio de fumador empedernido, suficiente para generar una dosis cancerígena.

Me he puesto a pensar cómo podría reaccionar hoy día como fumador con las presentes restricciones. El acto del prohibicionismo al tabaco evolucionó de una época de absoluta libertad, en donde pasamos del “Venga al mundo Marlboro”, con las imágenes del curtido vaquero preparándose el desayuno, con un café humeante después de lazar vacas, hasta el mutis absoluto no solo en la televisión, también en los medios impresos.

Basta ver las revistas de los setenta u ochenta, repletas de este tipo de anuncios. En aquel mundo de la mercadotecnia, es posible que se pudiera pensar que, así como solo por ver a la “Chiquitibun” anunciando conocida marca de cerveza, uno corriera por su chela…, los comerciales de cigarros tendrían el mismo efecto, pero no en el fumador de cepa y difícilmente en el novato.

Al mismo tiempo había, igual de perjudicial, otra avalancha que nos caía por todos lados: “La chispa de la vida”, “¡A qué no puedes comer solo una!”, “¡Recuérdame…!”

En este mundo de los productos nocivos para la salud, el tabaco recibe las primeras embestidas. Se dejó de fumar en los aviones, hospitales, escuelas, edificios públicos. Más adelante se obliga a las tabacaleras a colocar imágenes grotescas de roedores con tumores o pacientes terminales con cáncer. Los fumadores más susceptibles y contumaces terminaron colocando la cajetilla en elegantes cigarreras y “tan- tan”.

Creo que lo más acertado por el beneficio, sobre todo para los no fumadores, fue restringir el cigarro en sitios cerrados: bares, los famosos antros (cuando menos ya regresaba uno a casa sin el olor a cenicero) y la inversión que valió la pena de muchos restaurantes para adecuar espacios abiertos, con lo cual y, sin temor a equivocarme era suficiente.

Las teorías prohibicionistas no siempre dan buenos resultados. Lo prohibido sigue siendo por naturaleza del ser humano lo más deseado. Tampoco hay que irse al extremo de lo absurdo, al estilo de Fernández Noroña del: “No atenten contra mi derecho a enfermarme”. Pero pensar que esconder o no exhibir las cajetillas de cigarros va a disminuir el consumo: es absurdo.

El fumador va a lo que va; si en eso estamos, sería más beneficioso en las tiendas de conveniencia retirar todas las golosinas cercanas a los cajeros que se encuentran a la altura de los ojos infantiles, para hacerles olvidar, aunque sea por un momento al huevo de chocolate que aloja el juguetito y toda la chatarriza.

Pero creo que lo que me irritaría más, de ser aún fumador, es el impedimento de hacerlo en espacios abiertos: playas, estadios, parques, etc. No lo entiendo. Más que una manera simple de esgrimir que se protege al no fumador, pienso que ya se atenta en cierto sentido contra la libertad del fumador. Lo dice convencido un exfumador.

Todo esto hacia una normatividad prohibicionista, pero nada, absolutamente nada de las campañas de prevención, y sobre todo de aprendizaje: empezar desde muy abajo en la pirámide educativa, en las casas con el ejemplo cuando nadie fuma, campañas permanentes en sector salud y en los medios, del daño del cigarro.

El problema no es el tabaco: es el tabaquismo; eso sí, una de las dependencias más difíciles de manejar. Si nos ponemos en este tenor, sin hablar del alcohol y las drogas, no olvidemos otras de gran repercusión en la salud como la adicción al carbohidrato plenamente documentada, que genera obesidad y diabetes, o qué me dicen de la adicción a los juegos: la ludopatía.

Imaginemos a la entrada de un casino un póster gigante con la foto de una jugadora infartada sobre una de estas maquinitas tragamonedas o a alguien tras las rejas, embargado por no poder pagar deudas de juego con la leyenda: “Jugar en exceso te puede llevar a la quiebra o a la muerte”.

Qué tal si se toma más en serio el tema y se convoca a todos a dar ideas para prevenir y disminuir el impacto de las adicciones y a no tomar medidas unilaterales en un gobierno en el que, por cierto, su líder presume del eslogan: “Prohibido prohibir”.— Mérida, Yucatán.

arredondo61@prodigy.net.mx

Médico y escritor

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