Hace unos días puse gasolina extra a mi coche para recorrer cincuenta kilómetros hasta el pueblo de Seyé. No pude encontrar una alternativa en las redes para pagar el predial de la pequeña propiedad que adquirí en ese lugar.
Quise comunicarme al palacio municipal para obtener información, pero todos mis intentos fueron inútiles. No hubo respuesta.
Llegué un poco antes del mediodía para encontrarme con la sorpresa de que las oficinas estaban cerradas pues solo se trabaja de nueve a once de la mañana.
Después de una sonora rabieta tuve la oportunidad de una hora en la inmovilidad del asiento vehicular, para reflexionar sobre los hechos.
Lo primero que se me vino a la mente fue dar a conocer el acontecimiento. Tal vez, con un poco de suerte, un funcionario público leería este relato, posiblemente tomara cartas en el asunto y al menos otras personas podrían evitar el mismo contratiempo.
Aún me faltaban cuarenta minutos para llegar a Mérida y la loca de la casa continúa su discurso reflexivo. Voy a hacer pública mi queja ¿y luego qué? ¿Se me pasa el coraje y me olvido del problema? ¿Regreso a mi micro mundo con mis micro preocupaciones?
La conciencia ya sin control, arroja más leño a la hoguera al recordarme el fragmento de un poema:
“¿Quién lee diez siglos en la historia y no la cierra al ver las mismas cosas siempre con distinta fecha?” —León Felipe.
¿No han sido nuestros gobiernos y gobernantes el resultado de una sociedad apática que solo se queja pero que no actúa?
Imagino que México seguirá teniendo gobiernos malos, menos malos, regulares, buenos o casi buenos que afectarán los destinos de la gran mayoría de sus habitantes, produciendo personajes públicos que ocupan y ocuparán numerosas hojas en los periódicos y revistas.
Los tenemos en la mira y analizamos con lupa todas sus acciones. Para ese juicio minucioso nuestro país cuenta con analistas, periodistas o críticos profesionales que ocupan gran parte de su tiempo en la denuncia de lo que a su parecer se esconde, malgasta, roba o simplemente transgrede nuestra constitución.
Los demás vociferamos, criticamos y maldecimos cómodamente sentados en nuestras butacas detrás del telón. Me pregunto: Y a esos millones de enjuiciadores protegidos por la penumbra del anonimato ¿quién los juzga?
“Actuar es fácil, pensar es difícil, actuar según se piensa es aún más difícil” —Johann Goethe.
A lo lejos se comienza a divisar la ciudad, calculo que aún tengo veinte minutos para seguir cuestionándome.
Varios siglos de experiencia nos han demostrado que los gobiernos no tienen la capacidad de llenar todas las necesidades que abundan nuestra patria, no han podido reducir los índices de pobreza, de violencia, de injusticia y de deterioro de los recursos naturales.
Analizar, criticar y exigir una buena gestión es nuestro deber, pero al parecer no ha sido suficiente. ¿No será hora que dejemos esa tarea a los expertos y nosotros los mexicanos comunes nos enfoquemos en México?
¿Me han pedido ayuda o invitado a participar en proyectos sociales y no he tenido tiempo?
¿Qué podría hacer para revertir las miles de necesidades del sector salud? ¿Tal vez un voluntariado semanal o quincenal?
¿He averiguado dónde podrían sumar mis habilidades?
¿Participo en las marchas y protestas en defensa de mis convicciones o mis derechos?
¿Registro en mi agenda las fechas en las que debo votar, para evitar que otros planes me impidan ejercer esta obligación cívica?
¿Con la preparación académica que tengo, no podría buscar una forma de transmitir estos conocimientos a jóvenes de sectores vulnerables de la ciudad?
¿O tal vez invertir el tiempo en algún servicio social a la comunidad en lugar de gastarlo en las redes enterándome de los chismes y controversias políticas?
“El que busca, encuentra”, sentencia popular que escuché de una parienta que jamás fue al médico con tal de no enterarse de sus males. Murió a los noventa años atropellada por un motociclista.
Tal vez es hora de buscar aunque no me guste lo que encuentre, dejar de ser simple espectadora y convertirme protagonista anónima junto con otros millones de mexicanos con valores que deseamos un mejor futuro.
He llegado a mi casa, me siento en el escritorio frente a mi computadora y me hago la última pregunta. ¿De qué lado del telón quiero estar?— Mérida, Yucatán.
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