La mejor expresión de la democracia es la que dio Lincoln y es la mejor porque señala con claridad y precisión que el origen, el protagonista y el destinatario de la democracia es el pueblo.

Se desvirtúa el concepto y la práctica de la democracia cuando se pretende fragmentarla, excluyendo del pueblo a determinados sectores, grupos e individuos que tienen una posición diferente al pensamiento oficial que intenta ser absoluto y tener la verdad de forma exclusiva.

La sociedad es un conjunto de personas que poseen capacidad de pensar y libertad para manifestar su pensamiento. Este pluralismo es lo que enriquece la vida social y estimula la participación en un diálogo respetuoso y constructivo.

No basta permitir que los ciudadanos expongan lo que piensan si las autoridades se limitan a oír, pero no hacen caso o, peor aún, si contestan con descalificaciones personales y con ofensas.

No, la democracia no puede reducirse a la fórmula de: “Tú hablas, yo oigo, pero no te hago caso y si lo hago, te respondo injuriosamente”.

Se repite incesantemente que los que tienen una posición crítica son minoría, y no representan a nadie; en cambio, el gobernante ostenta el apoyo de la mayoría, por lo que la voz minoritaria no vale nada. No se admite el diálogo, no se usan argumentos, sino imposiciones.

Se estigmatiza al que se atreve a pensar de manera diferente, de no seguir la corriente, se le condena públicamente por comportarse como una persona que piensa y obra libremente, haciendo uso del derecho que reconoce la ética y el justo derecho y que, además, este derecho está consignado en la casi totalidad de las constituciones del mundo: la libertad de pensamiento y de expresión en forma oral o escrita, a través de periódicos, libros, conferencias, entrevistas, etc.

Etimológicamente, diálogo viene del griego “dia” (por medio de …) y “logos” (pensamiento, palabra) y los diccionarios lo definen como conversación o comunicación entre dos o más personas que buscan un acuerdo o avenencia. Por lo que el diálogo requiere, como toda comunicación, una dirección bilateral, escuchar y responder, alternativamente, para llegar a algo en común y, por tanto, aceptado y compartido.

Si el pueblo es el protagonista de la democracia y si se caracteriza por la pluralidad de personas con razonamiento y voluntad diversos, entonces la tarea de la autoridad es procurar y conservar la unidad.

Concordancia que solo es posible por el ejercicio del diálogo en el que se reconoce el derecho de todos a participar, opinar, fundamentar con argumentos sus puntos de vista, mismos que deberán ser tomados en cuenta si apuntan al bienestar general.

Únicamente con el respeto mutuo, la comprensión recíproca de necesidades y el sincero esfuerzo de buscar siempre el bien común podemos seguir construyendo la vida democrática. Es un dicho muy antiguo y muy cierto que la unidad nos da fortaleza y garantiza la consecución de metas de progreso y desarrollo.

En cambio, la desunión, la división, el enfrentamiento y la polarización pavimentan el camino de la violencia, del odio y de la intolerancia y crean obstáculos que desvían y dificultan el logro de los objetivos del crecimiento y de la paz.

En una verdadera democracia la autoridad celebra y estimula la pluralidad, escucha a los ciudadanos, fomenta la conciliación y promueve la unidad. Jamás se afrenta ni se burla de los opositores, ya que éstos son parte del pueblo y merecen el respeto que exige su dignidad como personas y como ciudadanos.

En la democracia no se da un pensamiento único y absoluto. En la democracia el gobernante no es un iluminado ni un mesías.

En la democracia no se castiga la libre expresión de ideas con denuestos ni vituperios ni mucho menos con adjetivos que agravian a la persona. En la democracia no se impone una sola voluntad excluyente y amenazante.

En la democracia se sirve realmente al pueblo y no se le condiciona ni manipula, sino que se le promueve con un sentido humanista de crecimiento y de justas y sanas aspiraciones de ser mejores personas en la familia, en el trabajo, en las relaciones sociales. En la democracia no se fomenta la dependencia clientelar ni se usa la pobreza como estrategia electoral y como bandera demagógica.

En la democracia el gobernante no atenta contra la propia democracia con el fin de perpetuarse en el poder, ya sea por sí mismo o por diferentes mecanismos de maximatos.

La democracia construye, no destruye; no siente nostalgia por un pasado superado históricamente, sino que avanza innovando sistemas y procesos que propicien una mayor participación de la ciudadanía, alentando las aspiraciones de más bienestar y de mejor sociedad y mejor gobierno.

Sabemos muy bien que cuando un país se va alejando de los valores democráticos, simultáneamente se va acercando al autoritarismo hasta devenir en dictadura. Un ejemplo fue el Fascismo que insistió en un solo partido y un solo líder (il Duce); expresión fiel de este sistema de pensamiento único y vertical era la inscripción que podía leerse en los muros de las ciudades italianas: “Mussolini ha sempre ragione” (Mussolini siempre tiene razón); el líder iluminado, el que nunca se equivoca, el sabio y fuerte conductor del pueblo, el que iba a resucitar la gloria del Imperio Romano, el que no admite crítica alguna ni tolera la oposición.

Otro ejemplo lo encontramos en la llamada “dictadura del proletariado” que mostró su más terrible rostro en la dictadura de un solo hombre, Stalin, que controlaba y dominaba todos los soviets, el que provocó matanzas, el que no tenía ningún escrúpulo de utilizar las “purgas” para deshacerse de sus rivales políticos, el que enviaba a Siberia a los opositores de su régimen autocrático y encerraba en hospitales psiquiátricos a los “loquitos” que no compartían su tiranía para someterlos a terapias de “rehabilitación ideológica”.

Tan obstinada y pertinaz era su crueldad y ánimo de venganza, que persiguió por el mundo al que consideraba su peor enemigo, León Trotski, hasta que uno de sus sicarios lo asesinó en su casa de Coyoacán, en Ciudad de México.

Y todo comienza cuando el gobernante rechaza el diálogo y se siente el factótum de la historia.— Mérida, Yucatán.

Presidente de Laicos Unidos para el Bien Común (LUBIC) y consejero del Organismo Promotor de Instituciones para la Democracia (OPD)

 

 

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