“¡No habrá más de la misma vieja élite política corrupta!”. Tal era la arenga que el personaje lanzaba con todo el estruendo de que su garganta era capaz.

“¡Es momento de que el pueblo recupere el control!”, vociferaba desde su atalaya, ese espacio que, para ser escuchado y visto, lo colocaba por encima de los demás, pero no muy arriba para no verse lejano a ese pueblo atento, expectante, que lo oía con atención.

(Abro un paréntesis aquí para exponer una información que puede resultar de utilidad a todos aquellos nobles y bienintencionados mexicanos y yucatecos que arrancarán campañas electorales en un futuro no muy lejano. Las arengas al pueblo siempre deben lanzarse desde una atalaya que haga visible y escuchable al emisor, pero no lo coloque en un plano lejano. El aspirante debe mostrarse siempre por encima en el plano visual, en una especie de superioridad cercana.

(Es recomendable analizar el mensaje visual trabajado a detalle por los encargados de la primera campaña de Emmanuel Macron a la presidencia de Francia, en 2017. En todas las imágenes promocionales, el hoy presidente aparece en un plano que le confiere superioridad. Las fotos fueron tomadas en un ángulo hacia arriba, de solo 15 ó 20 grados. El video de su cierre de campaña también respetó esa regla. No importa la estatura física o política del personaje. Una imagen captada en ese ángulo le dará siempre un aire casi sacramental.

(Esto, por supuesto, no es nuevo. El ejemplo más acabado de la notoriedad que una imagen así confiere al personaje es la icónica fotografía que en 1960 tomó Korda al Che Guevara en ese ángulo. Cierro paréntesis).

“¡Es momento de la libertad! ¡Libertad para el pueblo!”, insistía en sus proclamas, desde la altura que le daba estar montado en un caballo.

No se trata de un personaje actual, por más de actualidad que sea el contenido de sus alocuciones. Corrupción, élite política, pueblo… son temas manidos que no faltan en las arengas políticas de cualquier época, pues jamás perderán actualidad. Ya se sabe que de ese ente etéreo, material e inmaterial a la vez y manipulable que es pueblo todos sacan raja.

Quien así hablaba al pópulo era Jacopo Pazzi, el enemigo mortal de la familia Medici, quien finalmente —eso creía— había desplazado del poder de Florencia a Lorenzo, El Magnífico. Embriagado de poder y montado en su caballo prometía al pueblo bonanza y acabar con la corrupción. Llegados a este punto, sabemos que Pazzi era cualquier cosa menos un hombre honesto y leal, como muchos que ofrecen al pueblo lo mismo.

Corría la segunda mitad del siglo XV y la familia Medici controlaba Florencia, además de tener una influencia poderosa sobre estados vecinos. Ante la decrepitud de Pedro de Medici, su hijo Lorenzo asume el poder y emprende una campaña negociadora, intentando por todos los medios evitar llegar a las armas.

Un personaje de la política, ese sí de rabiosa actualidad, me hizo en fecha reciente la recomendación de ver “Medici. El Magnífico”, la serie de HBO sobre la ilustre familia que dio brillo a Florencia y por la cual pasó necesariamente el Renacimiento. Se trata de una serie finamente acabada sobre los vaivenes de la política en aquella media centuria, en donde Roma y el papado juegan un papel fundamental no solo religioso sino político también. Fue un momento histórico que, sin dudarlo, trazó el devenir de la política de Occidente y Oriente.

Sin asumir la serie como un documento histórico sino como un entretenimiento basado en acontecimientos reales, el espectador disfruta de los personajes que intervienen en la trama cuyos nombres están grabados en la historia: en el plano artístico, Sandro Boticcelli tiene un papel preponderante, como un personaje cercanísimo a la familia Medici. Su gigantesco pincel se muestra en El nacimiento de Venus y otras obras. También aparecen, de refilón, Leonardo da Vinci y Miguel Angel Buonarroti. En el plano familiar, Pedro de Medici y su familia, y los Orsini, entre otras familias poderosas ligadas a los florentinos.

Pero el plano más atractivo es, por supuesto, el político. A fin de cuentas, de eso trata la serie y, más aún, si sabemos de los Medici es por las obras maestras que financiaron, pero más por lo que de ellos se escribió en materia política.

La relación con los reinos lleva a ubicar a unos y otros: los Sforza de Milán, los Foscari de Venecia, el rey Renato de Nápoles y, por supuesto, el papa, primero Sixto IV, de la poderosa familia Della Rovere, y después Inocencio VIII, Giovanni Batista Cibo, con quienes Lorenzo de Medici tiene fuertes confrontaciones.

Personaje relevante es Bruno Bernardi, la sinuosa figura que susurra al oído de Lorenzo y le da el toque final para convertirlo en un recio animal político. Su historia está intrínsicamente ligada a la del religioso Girolamo Savonarola, que hace ver su suerte a Medici.

A la recomendación recibida para ver la serie debo el hecho de haber exprimido hasta el último minuto de un domingo para disfrutarla de principio a fin en sus dos temporadas disponibles en México. Al parecer hay una tercera, pero no es visible aún en la aplicación. Habrá que esperar.

Si el lector gusta de la política, la serie le apasionará. Si no le atrae esta tarea de origen helénico, es una invitación para echar un vistazo a uno de los momentos más apasionantes de la historia de este oficio diabólico que cautiva a unos y otros por igual.

Un apunte final. Bernardi pone a su servicio a un joven delgado, de cabello largo, a quien le pide ir a los mítines de Savonarola para tomar nota de quiénes acuden a estos encuentros de ese religioso que no deja de causar problemas. El joven hace lo que le piden. Esto da pie a tener dos o tres apariciones fugaces, en la última de las cuales el espectador descubre que ese joven casi imberbe responde al nombre de Nicolás Maquiavelo.

Al concluir la serie, no puede uno menos que lanzarse corriendo al librero y devorar, por enésima vez, El Príncipe.— Mérida, Yucatán.

olegario.moguel@megamedia.com.mx

@olegariomoguel

Director de Medios Tradicionales de Grupo Megamedia

 

Noticias de Mérida, Yucatán, México y el Mundo, además de análisis y artículos editoriales, publicados en la edición impresa de Diario de Yucatán